Cien Palabras ha cumplido 10 años. Gracias a todos.

Parece mentira. Hace diez años empece a escribir estos pequeños cuentos, y cree esta página para darlos a conocer. Al principio la intención era escribir uno cada día, pero al final la cosa se fue espaciando, lo que me remuerde la conciencia, pero que le vamos a hacer...

Os digo de verdad que intentaré ser más constante. Pero la voluntad es débil. Así que, como oí una vez: "No puedo aseguraros que lo intente, pero os aseguro que intentaré intentarlo."

Muchas, muchas gracias a todos. Gracias por leerme y, un poquito, por entenderme.


Jordi Cebrián


Éstos son mis cuentos de Cien Palabras.


Ocupan eso, 100 palabras exactas, sin contar el título.

Leed uno.
Despues otro.
Despacio, sin prisa.
Hay muchos, centenares de ellos.
Para sonreir, para reflexionar, para estremecerse...
Teneis tiempo, volved cuando querais.

31 julio, 2003

Monarquía y burocracia

Revolviendo antiguos papeles familiares, descubrió que le correspondía por estirpe el título de rey. Fue al ministerio para informar de la situación y allí, tras comprobar los papeles y cobrarle las tasas de verificación registral, le dieron la razón y le acompañaron hasta el palacio real, donde desalojaron al monarca que, ilegítimamente, reinaba aun. No se lo tomó muy bien, e intentó usar su cetro con contundencia para impedir el desalojo, pero acabaron echándole a patadas. Tras firmar la aceptación de las cláusulas estándar, el nuevo rey se sentó en el trono y ordenó decapitar al anterior. Viva el rey.

30 julio, 2003

Depósito municipal

Se me llevó el coche la grúa por estar mal aparcado. Tardé dos días en ir a retirarlo del depósito municipal, y ya había una familia viviendo dentro. Me explicaron que el ayuntamiento utiliza los coches como albergues provisionales para refugiados de distintos países, acogidos en el nuestro. Mientras pagaba la tasa de la grúa, la multa y diez arbitrios, vi que en el asiento de detrás de mi coche dormían un niño y una niña. También su padre dormía, en el asiento del conductor. La mujer, despierta, me miraba con ojos tristes a través del cristal. Volví en taxi.

29 julio, 2003

Sinceridad

Llevan más de cuarenta años casados, una relación que les ha hecho felices, que ha sobrevivido con amor y comprensión. Pero hoy él está inquieto. Va a contarle a su mujer un secreto que durante todo este tiempo ha ido llevando, como una herida mal cerrada, a la que se acostumbró, pero que nunca ha dejado de quemar y doler. Una semana después de casados, por única vez, engañó a su mujer. Fue con una amiga común de entonces, una locura que duró tres días, y que hoy no comprende. Probablemente hoy se lo contará, o mañana, como cada ayer.

24 julio, 2003

Manchas

Cuando bajo la escalera para ir a trabajar, me entretengo observando los dibujos que forma el mármol de los peldaños. Distingo a veces tortugas, o palomas, o siluetas femeninas. Hoy me he fijado por primera vez en un rostro, dibujado por el azar con maestría de trazo. Era mi rostro el allí dibujado por las formas caprichosas de las manchas del mármol, perfectamente distinguible si sabías mirar. Volví a casa e hice bajar a mi mujer hasta la mitad de la escalera para que lo viera, pero no supe encontrar de nuevo el dibujo, y mi mujer no me cree.

17 julio, 2003

Contrainformación

Me hice policía para que mi patria fuera más segura, y enseguida me pidieron de infiltrarme en un grupo subversivo para investigar sus actividades. Tras meses con ellos, me convencieron de que su causa era justa, y yo empecé a pasar información erronea a mis jefes. Desgraciadamente me descubrieron, y bajo la amenaza de ser fusilado, me pidieron que hiciera creer a los subversivos que seguía con ellos, pero les traicionara informándoles falsamente acerca de las mentiras que contaba a mis jefes referentes a las falsedades que ellos me confiaban. Acabé hecho un lío, sin saber ya para quien trabajo.

15 julio, 2003

Libros letales

Me leyeron el futuro, y me informaron de cual iba a ser el último libro que leería antes de morir. Se trataba de una obra menor de Joyce, quien nunca me había interesado. Pese a todo, me hice el firme propósito de no leer jamás, por si acaso, nada de ese autor.

Han pasado muchos años. Conocí a una mujer excepcional, de la que me enamoré. Es doctorada en literatura, especializada en Joyce, e insiste en que debo conocer toda su obra. Me avergoncé de contarle mis miedos, y, por amor, arriesgo la vida leyendo los libros que me recomienda.

14 julio, 2003

Arma de fuego

Se compró un arma porque le gustaba imaginar, aunque nunca lo haría, que disparaba a la gente desde la ventana y les veía caer y retorcerse sobre una creciente flor roja. Siempre que apuntaba a alguien desde su ático se aseguraba de que el cargador estuviera vacío. Tras unos días de juego morboso quiso probarse a si mismo que, aun con el rifle cargado, sería incapaz de dañar a nadie. Ahora está emboscado en su balcón, el dedo tenso en el gatillo, frío en el estómago, el rostro de una mujer en el punto de mira. No, probablemente no disparará.

05 julio, 2003

Costumbres de días de lluvia

Nunca le explicaba a su mujer porqué salía de casa cuando llovía, y ella lo atribuía a una de sus tantas manías, como la de no soportar las colas o dormir, incluso en los meses fríos, con las ventanas abiertas.

Él salía a la calle, y empapado miraba arriba, dejaba que su boca se llenara de agua y desbordara. Entonces buscaba alguna tapa de alcantarilla que no costara levantar, y se perdía durante horas en aquellos laberintos inundados, cazando sólo. Cuando volvía a casa se duchaba durante largo rato y, si su mujer ya dormía, la besaba en la mejilla.