Cien Palabras ha cumplido 10 años. Gracias a todos.

Parece mentira. Hace diez años empece a escribir estos pequeños cuentos, y cree esta página para darlos a conocer. Al principio la intención era escribir uno cada día, pero al final la cosa se fue espaciando, lo que me remuerde la conciencia, pero que le vamos a hacer...

Os digo de verdad que intentaré ser más constante. Pero la voluntad es débil. Así que, como oí una vez: "No puedo aseguraros que lo intente, pero os aseguro que intentaré intentarlo."

Muchas, muchas gracias a todos. Gracias por leerme y, un poquito, por entenderme.


Jordi Cebrián


Éstos son mis cuentos de Cien Palabras.


Ocupan eso, 100 palabras exactas, sin contar el título.

Leed uno.
Despues otro.
Despacio, sin prisa.
Hay muchos, centenares de ellos.
Para sonreir, para reflexionar, para estremecerse...
Teneis tiempo, volved cuando querais.

30 diciembre, 2001

Rutina diaria

Cuando deja el trabajo compra bombones, o flores, y se acerca a casa de su madre. Desde que su padre murió, prefiere ir a verla un ratito cada día, y ella lo agradece. Luego llega a casa, poco antes que su mujer, que ha ido a buscar a los críos. Cenan juntos, y hablan de las cosas del día. Luego, casi cada noche, sale un rato a pasear, por que le gusta andar un poco antes de ir a dormir. En la calle, mientras camina por las aceras desiertas, saca las llaves del bolsillo y ralla todos los coches aparcados.

28 diciembre, 2001

Escribiendo el mañana

Como cada día, el anciano entra en la biblioteca con el silencio respetuoso de quien pisa lugar sagrado. Accede al segundo pasillo, tras los estantes de zoología, y avanza entre los ensayos de arquitectura etrusca hasta llegar a una escalerita oculta tras un estante cargado de autores finlandeses. Sube despacio, y se acomoda en una pequeña mesita, donde abre un libro lleno de notas manuscritas. Allí escribe lo que le ocurrirá mañana a alguien. Tal vez su vecino encuentre un gato perdido, o alguien en otro país sufra una embolia mientras lee poesía. Pero el anciano no inventa, sólo copia.

27 diciembre, 2001

Parking subterraneo

No recordaba el lugar del parking donde dejó el coche. ¿Cuánto tiempo llevaba ya buscándolo? No podía saberlo, su reloj había dejado de funcionar. Cargado con dos bolsas, andaba apresurado entre filas interminables de vehículos, perdido entre códigos de letras y colores inútiles para él, siguiendo indicaciones que le volvían sobre sus pasos. Le inquietaba no oir nada, ni el sónido de un coche, ni unos pasos. Perdido, se conformaba ya con encontrar una salida. Tiró las bolsas, corrió durante horas por el aparcamiento infínito. Forzó un coche, mas no supo arrancarlo, ni parar su alarma, que retronó para siempre.

24 diciembre, 2001

Tía Virtudes

A mis padres no les gusta que me esconda cuando viene tía Virtudes. Me obligan a salir y saludarla. Debo dejar que me bese, y contener la nausea. Un día, sin querer, entré en su cocina y lo vi. Ella me descubrió y su sonrisa amable me dio miedo. Por eso nunca pruebo sus bombones, y tengo que ingeniármelas para deshacerme de ellos sin que lo note. Mis padres comen sus chocolatinas rellenas, y están cambiando. Ahora mi madre pasa mucho rato en la cocina, preparando pasteles y dulces. Querrá que los pruebe, y ya no podré esconderlos o tirarlos.

22 diciembre, 2001

Sueños de dios

¿Sabeis qué sueña un dios? Sueña briznas de hierba creciendo muy despacio, o el morir de un insecto, o acaso planetas estallando y galaxias naciendo. Sueña el dios en si mismo, y sueña en que se sueña. Y mientras el dios duerme, los hombres imaginan que no hay dios, ni infinito, y empiezan a creer en su inocente independencia. El dios se remueve dormido, mientras los hombres cantan para celebrar su muerte, y traen pronto otros dioses más bellos y más sabios. Sueña que se despierta y nadie le hace caso y ya no habrá más sueños ni más noches.

21 diciembre, 2001

Amor nocturno

Cuando anochezca iré donde ella vive, apartaré de un golpe la copa de vino que me ofrecerá, y mientras el cristal se rompe en cien pedazos, abrazaré su cuerpo deseado, morderé su cuello con labios posesivos y, en el suelo, junto a los vidrios rotos, me hundiré en ella. Luego cenaremos y beberemos de la misma copa y caeremos borrachos en la cama donde de nuevo la amaré. Mientras yo duerma, ella saldrá fuera, y buscará otros hombres. Y antes de amanecer, me despertará con besos aun húmedos de sangre de sus presas, y yo me iré, y ella dormirá.

18 diciembre, 2001

El apagón

Cuando la ciudad se quedó sin luz, hubo que buscar un culpable. Como nadie veía nada, aquello era difícil, y la busqueda se hacía un poco por tacto y otro poco por intuición. Por circunstancias que no es momento de explicar, dieron en encontrarme culpable del apagón o en hacerme pasar como tal para calmar las iras de la ciudadanía.
- Les aseguro que no he tocado ningún interruptor - dije, intentando mostrarme convincente.
Ni ellos veían mi rostro ni yo el suyo, claro está, pero parecían enojados. Entonces volvió la luz y, al ver quien era yo, se avergonzaron.

Buen plan

Pagué a un matón para que me atracara mientras paseaba con mi novia, para yo poder hacerle huir y quedar como un dios ante ella. Buen plan. Paseábamos por el rompeolas, llegó, y nos pidió el dinero. Pero antes de que yo pudiera reaccionar, mi novia le dio tal ostia que lo mató. Yo estaba desconcertado, pero ella dijo que lo mejor sería tirarlo al mar. Y aunque ella no lo sabía, tampoco yo quería que me relacionaran con él. Desde entonces la autoestima de mi novia ha crecido un montón, pero yo ahora, cuando estoy con ella, tengo miedo.

Comités

El presidente insistía en seguir creando comités. El comité de cultura compraba extrañas esculturas de un vanguardista senegalés que había llegado en patera. El comité de vino y festejos se tiraban borrachos todo el día y se gastaban el presupuesto en putas. El comité de actos insensatos patrocinaba un evento internacional para que guerrilleros de todo el mundo acudieran a hablar de paz y amistad entre los pueblos. El comité del juego proponía, aleatoriamente, hoy una cosa, mañana otra. Los comités se encontraban los jueves en una reunión de coordinación, y el comité de reuniones de coordinación traía los postres.

Oficio peligroso

Las primeras protestas nocturnas fueron pacíficas. Los vecinos, cuando llegaba el camión de la basura y su desconsiderado estruendo chirriante empezaba a oirse, coreaban consignas respecto el derecho al sueño. Pronto pasó que vecinos a quienes la limpieza pública había vuelto insomnes, arrojaban desde los balcones objetos pesados e hirientes, intentando detener inútilmente el avance del ensordecedor vehículo. La violencia devino norma, y ser basurero se convirtió en una profesión de riesgo. Por eso los camiones de la basura son hoy blindados, llevan orugas en vez de ruedas, y están equipados con cañones y ametralladoras: porque queremos la ciudad limpia.

17 diciembre, 2001

Una luz en la noche

Una luz en la noche, ligerísima, apenas percibida. Un hombre sale de su casa. Es tarde. Ya no llueve. Hay sombras que contemplan su caminar furioso, intempestivo. El bosque, enorme, terrorífico, es más oscuro hoy. El sendero no existe. Los arboles devienen vigilantes temibles, barreras de madera insondable.

Un arañazo, un grito.

El suelo se ondula y gira, se estremece y arquea mas allá de las formas previsibles. Al otro lado espera el final de la noche. Cuchillos, monstruos, fieras. Intuiciones horribles al acecho del hombre que camina. Se rompen los minutos, se desvanece el tiempo. Más allá, los leones.

14 diciembre, 2001

Sacrificio final

Habrá que unir al canto de la muerte todo un coro de alturas inmortales que nos aten al hierro, y a la piedra, y a todo lo que es sólido y eterno. Tendré que repensar las condiciones del fin de la partida y las del fin del mundo. Me vestiré de negro, esconderé mis alas, bajando la cabeza haré como que lloro, y abriré con engaños mis brazos a la muerte, entregándome a ella con fingido reposo.
Y cuando el frío final me abrace confiado, le clavaré en la espalda este puñal de luz, y amaré morir salvándote el futuro.

13 diciembre, 2001

En mi sueño

En mi sueño hay un laberinto de canales y puentes, y un silencio duro y opresivo. En mi sueño te persigo por calles innumerables que descubro y reconozco. Cada girar la esquina es tu cabello al viento, y el dédalo de pasajes y callejones me conduce hasta ti, inexorable. En mi sueño no hay agua en los canales, sino un barro seco de donde sobresalen góndolas fosilizadas. Siempre termino encontrándote en la misma plaza, mínima y desierta, donde vuelves a inclinarte en la fuente para beber. En mi sueño te sonrío y me tiendes la mano para ayudarme a despertar.

12 diciembre, 2001

No hay silencio en la noche

En la casa suenan ruidos. Fueron roces suaves al principio, siempre entrada la noche. Luego fueron golpes y brisas y rasgar y morder. Siente no tener a nadie en la cama con quien abrazarse, nadie a quien poder confesarle todo su miedo. Por la mañana, como se olvida un sueño, el terror de la noche queda borrado por el trajín cotidiano, e intenta no pensar en aquellos sonidos de cuchillos y sierras. Cena poco, esa noche, y retarda el momento de irse a la cama. Cansado, se duerme en el sofá y no oye las ásperas voces que le nombran.

10 diciembre, 2001

De libros y demonios

También los demonios leen libros. Libros que hablan de astucias y maldades, pues a los demonios no les gusta andar perdiendo el tiempo con tonterías, con cosas que no sean de provecho. Como nosotros, los demonios tienen libros prohibidos, claro, pues también entre ellos nada es más peligroso que las palabras, a excepción, quizás, de las armas de fuego. No pueden leer libros que hablen de flores ni de estrellas; ni libros que canten; ni, por alguna razón que ningún demonio recuerda, libros de un tal Krishnamurti. Y cuando un demonio pierde un libro, se compra otro, y en paz.

Campo de batalla

Bella y desnuda, se pasea como flotando en la noche helada, entre cuerpos muertos de soldados y armas semienterradas en el barro y las raíces. Entre la tenue niebla, escudos abollados, espadas rotas, esqueletos tendidos de caballos y hombres. A veces se acerca a uno de los cadáveres, alguien a quien hace años un hacha le tumbó, o una lanza le atravesó el pecho. Se agacha y acerca sus labios a la sucia calavera, y con un beso absorbe lo poco que aún queda de su alma: algún amor antiguo, una traición pendiente, o el nombre impronunciable de su dios.

Señales del destino

Dejadme que os hable de los signos que el destino nos escribe en el lenguaje oculto de las nubes y las casualidades. Dejadme que os cuente la historia de quien leyó en el vuelo rasante de una gaviota una muerte en su hogar, y queriendo arrebatar al futuro lo suyo, ocultó a su mujer y a sus hijos en el bosque y a todos los devoró una bestia. O la de quien ignoró las cartas más nefastas y enloqueció solo. Yo no erraré. He oído al amanecer el quejido último de un gato, así que, repito, vended todas las acciones.

07 diciembre, 2001

Despedida

Si lees esta nota, me habré ido. Siento tener que decírtelo así, fríamente, con unas letras garabateadas. Me hubiera gustado estar aquí cuando llegaras, pero después de lo que hemos hablado por teléfono creo que es mejor así. No se donde voy a ir, ni cuanto tardaré en volver. No me esperes y haz lo que tengas que hacer. Cuídate, y cuida a nuestro hijo, aun no nacido. Quiero, sin embargo, que sepas una cosa, hoy salgo a buscarte tu mousse de limón y kiwi, pero en adelante, intenta que tus antojos sean más normales, cariño. Muchos besos. Hasta ahora.

05 diciembre, 2001

Buscando el ayer

He estado en los lugares de antaño, amor, y ahí no queda nada... Las casas junto al lago tragadas por las aguas; nuestros campos de flores son ahora yermos áridos. Tus amigos seguían en el bar de siempre, es verdad, pero eran sólo cuerpos errantes que persistían buscando en el alcohol el alma que perdieron meses atrás. No queda nada, no queda nadie. Y si no me crees, espérame aquí fuera con tus cosas, e iremos juntos a buscar tu memoria. Sentados de nuevo en el banco de piedra donde solíamos hablar, verás que el mar ya no está allí.

04 diciembre, 2001

Como en otra ciudad

Los vehículos empezaron a llegar a media tarde. Sus altavoces, con músicas infantiles, atraían a los niños, que danzaban alrededor ajenos a lo que sucedería. Cuando empezaron a subirles a los camiones, la gente que lo miraba entendió que era un juego, y hasta aplaudieron y vitorearon. Cuando uno de ellos arrancaba, una procesión improvisada de adultos y otros niños les seguía corriendo, cantando y haciendo sonar cacerolas. Luego, lentamente, los camiones se fueron marchando, sus canciones dejaron de sonar. Sólo entonces se comprendió algo tan sencillo como que los niños se habían ido, y que la ciudad había muerto.

Esclava

Durante el día es esclava, forzada a pasear semidesnuda por el palacio, su cuerpo expuesto a las miradas de los nobles, a sus comentarios, a sus deseos.

Un día el rey la ve. Esa noche juega con su cabello rubio, con su cuerpo. Bebe licores fuertes de sus senos pequeños, y entre gemidos de amor le jura su imperio. Cada noche, mientras el rey duerme, ella se convierte en lechuza y salta por la ventana, ansiosa de caza, sabiendo que ha de volver antes que salga el sol. Y algunas mañanas el rey, bajo la almohada, encuentra un ratón muerto.

02 diciembre, 2001

Más o menos, como siempre

Aquello hacía algo con los neurotransmisores, pegado a la piel, como una tirita. Recibía señales del sistema nervioso, las procesaba, y las devolvía modificadas a gusto del usuario. Todo dirigido por un control remoto, que la gente llevaba en el bolsillo. Quienes callaban se atrevían a hablar. El miedo se iba, retornaba el sueño. Pronto, la pena y el dolor fueron exquisitez de minorías. Algunos se construyeron como querían ser, más valientes y nobles, más sensibles. Otros enloquecieron, bloquearon sus mandos y quedaron absortos ante las pantallas, o fueron esclavos, o poetas suicidas, o héroes involuntarios de castillos en llamas.

30 noviembre, 2001

Los últimos

Perdimos pronto la inocencia prometida, pero tardó en llegar para nosotros aquel momento impensado en que nuestros deseos devinieron actos y ofrendas y certezas terribles e insólitas. Pronto fuimos legión y bajo nuestros pies corrieron ríos helados y universos vacíos. Ya entonces nuestro juego era el juego de los padres primeros, el juego de la ira ciega y el abandono. El último amanecer estuvo preñado de turbias señales. La locura empezó a deshacer los hilos del pasado. Nuestra obra impía se perdió entre las olas y nuestros cuerpos desgajados quedaron como petreo legado de un futuro que no nos merecimos.

29 noviembre, 2001

El proyecto

El proyecto parecía simple, pero con los meses fue adquiriendo una inercia propia, y se necesitaron centenares de reuniones para asumir la velocidad con que cambiaba, la dinámica que iba tomando. Más allá de voluntades particulares, crecieron sus dimensiones, e hicieron falta miles de comisiones para absorber las descomunales tareas que de él se desprendían. Con los años, todo lo demás iba siendo abandonado o engullido por el canibalismo insaciable del Proyecto, ahora en mayúsculas. Cuando quienes lo iniciaron ya habían muerto, como sus hijos, y los hijos de sus hijos, de repente, sin previo aviso, el Proyecto fue cancelado.

28 noviembre, 2001

Como en toda ficción

Toda ficción es la del sueño en el sueño, la del guerrero ante el abismo perdido en la noche helada, entre lobos, donde dormido cree andar hacia el trabajo por la mañana, cada mañana, y tras una mesa hablar y hablar, hasta que el fuego le despierta y se ve rodeado de soldados que le atan y le llevan y le encierran y al dormir es de nuevo alguien que vuelve de la oficina, sus niños, su mujer y mientras come y habla el corazón se para y su muerte en el sueño es su muerte en el campamento enemigo.

Transgresión

Todos necesitamos una transgresión. Cruzar los límites, adormecer la conciencia, penetrar en un mundo amoral para recuperar el goce primigenio de la irresponsabilidad. Yo quería disfrutar ese momento, tentándome a mí mismo, preguntándome si sería capaz de ejercer ese acto de crueldad total con quien había compartido mi infancia conmigo. Destruirlo me haría sentirme, de algún modo vergonzoso y terrible, capaz de cualquier cosa. Pero no pude, mis manos perdieron su tensión, se relajaron mis nudillos y el gesto brutal se convirtió de nuevo en el abrazo infantil, de nuevo el abrazo con mi osito, al que jamás podré romper.

26 noviembre, 2001

Amor total

Cuando ella me pidió lo más oscuro, descendí hasta el centro mismo del infierno por hacerla feliz. Cuando ella susurró en mis oídos palabras de sangre, tendí mis manos más allá de los límites para teñir de rojo su felicidad. Cuando ella me abrasó como un fuego y me pidió la vida de mis seres queridos, llorando se la di para saciar su sed. Hoy al amanecer, dormida junto a mí, vi en sus sueños mi muerte y quise huir. La calle estaba fría. Volví para tenderme de nuevo junto a ella, y velar su sueño, abrazándola hasta su despertar.

El devenir de la guerra

El rey quería conocer el devenir de la guerra. Astrólogos insignes se reunieron durante diez días y diez noches. Observaron estrellas y planetas; calcularon conjunciones, oposiciones y alineaciones. Cuando el rey oyó su predicción les mandó matar, y busco a brujos que supieran leer de las entrañas de animales la verdad que quería. Sacrificaron un buey y veinte palomas, y sus vientres abiertos corroboraron la verdad de las estrellas. Mataron a los brujos.

Pero, a la mañana siguiente, al frente de sus ejércitos, el rey sabía que la victoría sería de su pueblo, y que él no llegaría a verla.

23 noviembre, 2001

La fórmula

Los científicos observaron los resultados que había proporcionado el ordenador. Repasaron los cálculos y, tras asegurarse que todo estaba bien, volvieron los ojos a la fórmula obtenida. Se miraron en silencio, hasta que uno se atrevió a hablar.

- Así que éste es el secreto de la mente humana; la fórmula que encierra todos los misterios del cerebro del hombre: su comportamiento, sus dichas, sus pesares...

No pudo acabar la frase. Avergonzado, empezó a llorar, apartando la vista de los otros.

- ¿Qué te ocurre? - le preguntaron

Él miró a sus compañeros y a la fórmula:

- No lo sé - sollozó.

22 noviembre, 2001

Destino

Seguí el rastro de la mujer vieja. Me adentré por rincones donde niños borrachos de olvido jugaban a morir. La vi entrar en la última puerta de la ultima casa. Gris, gastada, triste. Pintada de años vacíos. Pintada de adiós.

No entré. Me senté en un portal al otro lado de la calle. Al matarla, de algún modo, yo también moriría. Pero cuando tras muchas horas la puerta se abrió, fui tras ella de nuevo. Llegué a estar a un palmo de su espalda. Habíamos dejado la ciudad. Se giró y me miro con ojos muy cansados.

- ¿Ya? - preguntó.
- Si.

21 noviembre, 2001

El jhais

En las orillas del río Hastir habita un animal pequeño e improbable, el jhais, cruce de ratón y tortuga, al que todos los habitantes de allí respetan y jamás osarían perturbar. Los jhais entran en las aldeas y se comen el grano; entran en las escuelas y roen los libros y los mapas; entran en los templos y anidan tras las imágenes. A veces un hombre enloquece, arremete contra ellos y mata alguno. Inevitablemente, el hombre es desterrado y muere alejado de su pueblo y de los suyos, sintiéndose culpable por su arrebato y sabiendo que se reencarnará en jhais.

20 noviembre, 2001

La tienda del señor Guillermo

La tienda es pequeña y se encuentra en un callejón estrecho de la parte vieja de la ciudad. Puedes pasar por delante y no verla: una puerta de madera oscura, unos cristales que el tiempo ha vuelto opacos. Si entras te atenderá el señor Guillermo, divertido y jovial. Te pedirá algunos hilos rojos, o el olor de una tarde de tu infancia, o tu sueño de anteayer. Si llegáis a un acuerdo, mantén tu palabra. Él te dejará buscar por la tienda, y llevarte lo que quieras; la sonrisa del hijo que perdiste, el beso de quien no te amo.

18 noviembre, 2001

Bajo el suelo

Estaban hartos de vivir escondidos, de tener que huir siempre, vivir bajo la tierra, en túneles oscuros y húmedos, donde realizaban sus ceremonias y bebían sangre y tomaban vino hasta emborracharse. No podían salir a la luz, pues los de fuera les temían. Temían su fuerza, su vitalidad y sus ritos que podían convertirles en uno de ellos. Y, pese a todo, cada vez eran más. El número de los que llevaban esa vida subterránea crecía, y algún día dejarían los túneles y saldrían fuera, abandonarían para siempre las catacumbas y practicarían bajo el sol de Roma sus ritos cristianos.

Soledad

Él guarda las fronteras del imperio, solo en la nieve, sobre su caballo. Al cinto lleva una espada antigua, con inscripciones que ya nadie sabe leer. Todo lo que su vista divisa es el desierto blanco. A cientos de kilómetros, detrás suyo, sus ciudades bullen de actividad, las mujeres cantan, los niños juegan, los hombres comercian, mienten, roban. Saben que él está allí, velando sus sueños, sus anhelos diarios, sus vidas.

El vigilante levanta la vista. Cerca del horizonte ve crecer hileras de soldados, con antorchas, lanzas, carros cargados de metal y piedras. Y, por primera vez, se siente solo.

16 noviembre, 2001

Problemas de agenda

Mi mujer me dijo que cómo se iba a acabar el mundo ese fin de semana si ya habíamos quedado con sus padres para comer, así que cancelé el Apocalipsis y pensé que con la de millones de años que llevaba todo en marcha no vendría de una semana. Al otro miércoles mi madre me llamó: "Pobre de ti que se acabe el mundo el fin de semana, con la de tiempo que hace que no nos vemos". ¿Iba a decirle que no a mi madre? Ahora bien, hoy es viernes y, por fin, tengo el fin de semana libre.

15 noviembre, 2001

Qué hacer si uno se muere de repente

Si uno se muere de repente, si cae muerto, fulminado, antes de haber tenido tiempo de reaccionar, lo primero es no lamentarse. Ya está. Ya pasó. No tiene ya sentido (ni viabilidad práctica) echarse las manos a la cabeza, o intentar cambiar las cosas. Paciencia. En segundo lugar, tampoco debería uno pensar en moverse o en realizar acciones de otro tipo que tengan un gran componente de interacción con nuestro entorno físico. Estas ideas están, irremediablemente, condenadas al fracaso, olvidémonos de ellas. No. En estos casos, lo mejor es mantener la serenidad y tener en todo momento muy presente que

En el lugar de trabajo

No es este el mejor lugar donde he trabajado, pero tiene algo en común con los demás. Mi mesa parece un vertedero. Lápices, memosticks, tarjetas y papeles se amontonan como pueden. Cuando dentro de un tiempo revuelva los documentos, aparecerá debajo algún tesoro oculto, o algo que debía hacerse, y no se hizo, y no pasó nada. Ocurre mucho en este trabajo. En mis primeras tareas para la Corporación ya aprendí que no hay que hacer caso a lo que te pide la gente; no demasiado. Con que justifiques un par de ejecuciones a la semana, nadie te dice nada.

13 noviembre, 2001

Camiones

El hombre avanzó despacio. A su lado, largas colas de personas, caminando disciplinadamente por la carretera soleada. Las consignas se oían cada vez con más fuerza, provenientes de los grandes altavoces que habían instalado en los camiones. La gente se apretujaba para entrar. El camión, con gente aun subiendo, arrancaba para irse y otro, vacio, le sustituía. El hombre se sentó en el suelo. No sabía a donde iban los camiones, pero ya había perdido el interés por montar en ellos. Veía a la gente empujarse cuando les faltaba poco para llegar y los camiones llenos desaparecer en la lejanía.

Carta en el buzón

Apreciado vecino:

Desde que hace dos meses me mudé a este apartamento, he observado que su actitud hacia mí podría calificarse, cuando menos, de desconsiderada. Como usted ya debe intuir a estas alturas de la carta, me refiero a su constante ir y venir, su arrastrar muebles y su reiterada música a un más que excesivo volumen. Por todo esto, y dados mis reiterados e infructuosos intentos de llegar a una solución civilizada con usted, he matado a su perro y se lo he dado de comer a mis gatos.

Deseando que entienda mi proceder, se despide atentamente,

Su vecino.


12 noviembre, 2001

Labor pastoral

¿Qué se cuenta de mí por el pueblo?, dime. ¿Te han contado que la iglesia se llenaba cada domingo para oír mis sermones? Luego empecé a dedicar más tiempo al estudio y descuidé un poco mi labor pastoral, pero los temerosos, los inseguros, los pobres de espíritu, venían a mí, y yo les devolvía la fuerza de la que Dios les había desposeído. Al final eran muchos, ¿sabes?, y eso hizo que la gente del pueblo empezara asustarse y a portarse mal con nosotros. Nos quisieron quemar vivos allí dentro, ¿te lo han contado?. Pero hemos vuelto, ¿les oyes acercarse?

10 noviembre, 2001

Escribiendo un cuento

Cuando le quitaron las vendas de los ojos parecía un buen principio para un cuento, con frases como y la humedad del suelo y el serrín sucio y recrear el ambiente y angustiar al lector, usar las heridas apenas le dolían, pero el hambre le retorcía el estómago, y una pausa, un vaso de bourbon, cerrar los ojos y seguir escribiendo sin saber donde estaba, que eran esas manchas en las paredes intentando no forzar el ambiente, una nueva pausa, otro cerrar los ojos de nuevo y seguir escribiendo y no poder, ahí, con las manos atadas a la espalda.

08 noviembre, 2001

Perdido

Ha salido a jugar, pero se ha perdido, está oscuro y cree que sabrá volver, pero no sabe, no hay caminos en el bosque de noche, sólo ruidos, ramas rotas, cada sombra una garra, cada sonido una amenaza, y por eso corre y tropieza y se cae y sigue corriendo y, entonces, no una sombra, sino una luz que le congela en el sitio, le hace arder el rostro y ve dos formas de seres que no reconoce, y la silueta de una nave antes de desmayarse, antes de que los astronautas se lo lleven como esclavo a la Tierra.

Propuesta cruel

Aquel viejo, millonario y engreído, me ofrecía 300 millones si estrangulaba al cachorro de dálmata con mis manos. ¿El motivo? Jugar con mi alma, corromperla. ¿Mi dignidad? Perdida en los casinos. Me dio el perrito, me lo hizo tener en brazos. Me miró y no pude sostener la mirada de aquellos ojos puros. Pero, 300 millones. La solución a mis problemas, mi futuro. Ahora me arrepiento de haberlo hecho, pues en mis sueños, cada noche, siento unas manos cerrándose en mi garganta, cortándome la respiración, rompiéndome la traquea como yo lo hice aquel día, loco de rabia, con el viejo.

06 noviembre, 2001

Hurto

En el súper no me creyeron cuando les dije que yo no había robado nada. Entre dos seguratas, me llevaron al calabozo del hipermercado, donde estuve atado un par de horas, sin que me hubieran leído mis derechos ni invitado a zumo. Llegaron luego quienes habían de juzgarme y, sin demora, pero con los debidos formalismos, me condenaron a estarme allí diez años como reponedor.

He pasado tres años en este infierno, y aunque conozco el trágico destino de quienes lo intentaron antes, esta tarde probaré de huir, escondido entre las bolsas de comida, en el carro de alguna viejecita.

Escribir cansa

Aquella noche se le hacía duro ponerse a escribir. Ya no sentía la necesidad imperiosa de antaño. Cuando al fin se animó, fue llenando metódicamente hoja tras hoja. Tras un par de horas, se sintió cansado y pensó en dejarlo. Nunca se acostaba dejando lo escrito sin terminar, pero desde que tomaba la medicación se sentía menos compulsivo, menos obsesivo. Se estiró en la cama y, por primera vez en mucho tiempo, se durmió sin angustias, pese a no haber acabado de escribir su protección ritual. Más tarde, su habitación se llenó de garras y dientes y gritos y sangre.

04 noviembre, 2001

Intervención rutinaria

Llegaron de noche. Su compañero de habitación, que había ingresado ayer por una hernia inguinal, estaba durmiendo. Los enfermeros fueron muy amables, y le dijeron que se había adelantado la operación. Le sedaron, le pusieron en la camilla y le aseguraron que antes de que se diera cuenta su apéndice ya no le molestaría más. Le bajaron al sótano, por un pasillo donde sólo distinguió la luz que salía del quirófano del fondo. Al entrar, aunque estaba ya durmiéndose, creyó ver a su mujer con el doctor, besándose. "Estate tranquila. Sólo será un momento", le decía el doctor.

Objetivo militar

Cuando me dijeron los vecinos de escalera que Bush había salido por la tele diciendo que quería bombardear mi piso no me lo creí. Pero la del tercero, una chica muy maja, me aseguro haberlo oído ella misma, así que fui al Ministerio del Interior.

- Mire usted, nuestro país mantiene buenas relaciones con Estados Unidos, así que el problema es entre usted y ellos.

Cuando volví a casa, ya habían hecho una primera ofensiva. De una de las habitaciones que daba a la calle no quedaba nada. Llamé a Bush, pero no se ponía. Entonces oí que volvían los aviones.

03 noviembre, 2001

Noticia reciente

- Señores telespectadores, nos vemos obligados a dar una trágica noticia, recién llegada a redacción. Hace pocos minutos ha sido descubierto el cadáver de nuestra compañera, Clara Rius. Con éste ya son tres los casos que...

Ella prosiguió con los detalles. Al acabar, Jaime se le acercó.

- ¿Estás bien? ...teníamos que dar la noticia.

- He de salir. Me ahogo aquí dentro.

- Te acompaño.

Dudó, pero no tenia miedo a Jaime.

- Si, por favor, con todo esto prefiero no andar sola. - dijo y sus dedos, en el bolsillo, acariciaron un mechón del cabello de Clara, recien arrancado. Esa chica nunca le gustó.

01 noviembre, 2001

BST-Serie 600

Los modelos anteriores BST no habían funcionado. Uno estalló por el camino, mucho antes de llegar a la Tierra, sin haber entrado en el Sistema Solar. Los técnicos realizaron modificaciones y revisaron cálculos. Tras el fallo de los modelos 664 y 665, los especialistas umnitas habían remapeado los circuitos neurales para evitar más contratiempos.

- No podemos esperar más. Desde el gobierno nos presionan para que enviemos otro de inmediato, y esta vez sin fallos

El lanzamiento fue perfecto. Los umnitas rezaron porque llegara bien a su objetivo. Esta vez no hubo errores. El modelo BST-666 destruyó el planeta Tierra.

30 octubre, 2001

Quirófano

Todo había ido bien. Tras implantar el bypass surgieron problemas con la coagulación, y estuvieron a punto de perder al paciente, pero pudo regularlo con Prepiracina y Ematol al 12%. Ahora limpiaba, y se preparaba para cerrar. Era este uno de esos casos en que, sin intervención, la persona habría muerto. En cambio ahora, si todo iba bien, viviría tranquilamente 20 años más. Un éxito. El doctor sacó del bolsillo de la bata, discretamente, la pequeña estatuilla, no mayor que un dedo. Envuelto en gasa, introdujo el pequeño ídolo entre las costillas y el pulmón. Así, el paciente sería suyo.

Sin temor

La noche. El calor del fuego. Alrededor de la hoguera, sus hijos, su mujer, y él. Claudia no había querido salir al campo con la tienda, pero él convenció a los críos y ellos a ella. Por la tarde pescaron, jugaron sobre la hierba y cenaron. Ahora, junto al fuego, él se sentía inquieto. Sin motivo, claro, nada tenía porque ir mal. La noche, el silencio, o los simples caprichos del miedo, le hicieron murmurar una oración. Por su mujer. Por sus hijos. Tras ellos, a su alrededor, se oyeron crujidos y surgieron ojos rojos. Habían llegado. Todo iría bien.

29 octubre, 2001

Paranoia

Las miradas de la gente a sus espaldas, como agujas de desprecio y asco. ¿Nunca dejarían de perseguirle, de acosarle? Se enteró hacía un par de semanas, cuando oyó que en el autobús hablaban de él. No contaban con su fino oído, y pudo desenmascarar el plan. Desde entonces su fría calma conseguía neutralizarles. En las tiendas, en la calle, en la oficina, detectaba cada traza de sus planes, cada intento de destruirle. Ellos disimulaban, como si nada pasara: su familia, sus amigos. Mas él les oía conspirar, y se avanzaría a sus maquinaciones. Pero no pudo, le atraparon antes.

28 octubre, 2001

Hierba mítica

¿Cuánto tiempo llevaba buscando aquella hierba mítica? Shekka-Thai. Contaban que fue en T'ong-Shao, en el 37. El clima especial de aquel año, un proceso de secado y curado milagrosos, y una variedad genética que la guerra convirtió en irrepetible, crearon el puente más sólido tendido entre el hombre y la eternidad. Pues bien, aquel santo grial existía, aquel pequeño cogollo, cristalino, único, estaba en mi bolsillo, y en la paz imperturbable de mi hogar sería encendido e inhalado. ¿Entiende, señor juez, la desmedida reacción cuando los dos agentes del orden, me detuvieron, me cachearon, me lo quitaron y me multaron?

26 octubre, 2001

Tras morir

Cuando se murió, sus amigos y familiares hicieron como que no se daban cuenta, y seguían invitándole a comer o a salir de farra o al cine. Él nunca había sido persona de llevar la contraria, y ahora que estaba muerto menos aun, así que les dejaba hacer, y se lo tomaba como una de esas bromas donde todos se ponen de acuerdo para hacerte volver loco.

-No tienes buena cara – le decían para hacerle rabiar.

Al final, de tanto seguir la broma, sus amigos llegaron a dudar de que estuviera muerto realmente. Pero lo estaba, si, igual que ellos.

Cacería

Nunca hubiera tenido que coger ese camino, ahora lo veía claro. Estaba perdido, la noche era oscura, y la garra fría del miedo le atenazaba el estómago. No tardó en sentirse perseguido, así que corrió, intentando alejarse del camino, cruzando a través del bosque. No debería tener miedo, sabía que ese era el peor peligro. Le seguían de cerca y llevaban armas. El primer disparó le reventó un pulmón. Con el segundo, justo en la cabeza, cayó al suelo, recuperó su forma humana, y dirigió una última mirada al enorme ojo blanco de la luna. El lobo ya había muerto.

Cruce de miradas

Esa mañana ella había llegado pronto a la oficina. Mientras tomaba un café, mirando por la ventana, le vió acercarse. No le esperaba allí, a esa hora, y por eso su expresión fue de sorpresa y de miedo. Sus ojos buscaron los de él, y por un momento sus miradas se cruzaron, y un doloroso relámpago de comprensión saltó entre ellos, como si el futuro que iban a compartir les abrazara. Así, ese instante fugaz se congeló y se hizo eterno. Entonces ambos cerraron los ojos a un tiempo, y el avión que él pilotaba se estrelló contra la torre.

25 octubre, 2001

Sueño recurrente

Ya lo había soñado, pero nunca había sentido, de modo tan real, aquellas patas peludas subiendo por su espalda, escalando hacía su cuello, hasta la nuca, donde clavaría de nuevo la picadura mortal que iba a despertarle. Se relajó intentando no sufrir, sabiendo que era inútil, que no despertaría hasta notar aquel dolor rojo ardiente de cada noche, de cada sueño. Notó el roce aspero de aquellos pelos recios sobre sus vertebras. Y sintió el dolor de cada sueño, más rojo, más ardiente. No despertó, claro, pues ya lo había hecho antes, cuando la araña sólo era un sueño premonitorio.

Cien palabras

Erase un vez un hombre dedicado a escribir cuentos cortos. Tan cortos que sólo podían ocupar 100 palabras, pues ni valían los de 99 ni los de 101. Cien era el número, y no otro número era. Contando las palabras, solía descontarse. Y lo que es peor, le costaba sacrificar o añadir palabras a lo que ya tenía escrito. Por eso, sus cuentos de cien palabras tenían 53, 102, 614 o 24.623 palabras, pues nada podía quitarse, nada podía añadirse. Un día le salió un cuento exacto, de cien palabras justas. Se lo miró y lo rompió. No era bueno.

Solo en la noche

En esos días, en la ciudad, desaparecían niños. Por eso nadie les dejaba salir sólos de noche. Por eso me extrañó ver al niño, vagando a esas horas, por la calle. Vi entonces al hombre que se acercaba a él, que le ponía la mano en el hombro y le decía algo. Tenía miedo, pero ¿debía intervenir?. Me acerqué por detrás, en silencio, mientras el extraño hablaba aun con el niño asustado. Le golpeé en la base del craneo con un palo, y cayó redondo. El chaval me miró y me sonrió. "Ven", le dije, "ya verás cuantos juguetes tengo."