Cien Palabras ha cumplido 10 años. Gracias a todos.

Parece mentira. Hace diez años empece a escribir estos pequeños cuentos, y cree esta página para darlos a conocer. Al principio la intención era escribir uno cada día, pero al final la cosa se fue espaciando, lo que me remuerde la conciencia, pero que le vamos a hacer...

Os digo de verdad que intentaré ser más constante. Pero la voluntad es débil. Así que, como oí una vez: "No puedo aseguraros que lo intente, pero os aseguro que intentaré intentarlo."

Muchas, muchas gracias a todos. Gracias por leerme y, un poquito, por entenderme.


Jordi Cebrián


Éstos son mis cuentos de Cien Palabras.


Ocupan eso, 100 palabras exactas, sin contar el título.

Leed uno.
Despues otro.
Despacio, sin prisa.
Hay muchos, centenares de ellos.
Para sonreir, para reflexionar, para estremecerse...
Teneis tiempo, volved cuando querais.

26 febrero, 2004

Ciudad amurallada

La doctrina oficial dicta que tras la muralla nada existe. Toda la ciudad está rodeada por la desproporcionada e impresionante pared, que cerca la ciudad sin fisuras, sin puertas, ni túneles, ni escaleras. Sólo algunos jóvenes intentan en ocasiones escalar sus altas paredes, sus muros que se alzan hasta las nubes. A veces se les pierde de vista mientras siguen subiendo, pero no tardan en encontrarse sus cuerpos muertos al pie de la muralla. Hay leyendas de algunos que salieron, y cuentan que más allá hay vida, y más historias, y gente que vive sin miedo en ciudades sin muros.

23 febrero, 2004

Ni uno más

Lleva ya nueve meses sin fumar, desde que pagó y firmó el contrato. El método era tan eficaz como duro y carísimo. Nunca podía reunir voluntad suficiente para dejarlo, así que probó el sistema. “Ni uno más”, le habían dicho, “ni uno, nunca más”. Le explicaron los términos del acuerdo, y le convencieron de que iban en serio, pero hoy, seguro de que tras tanto tiempo ya no le vigilaban, quiso darse el gusto de un último cigarrillo, que fumó temeroso en un portal. Por la noche ha encontrado la puerta de su casa abierta, y su familia no respondía.

17 febrero, 2004

Jugar a muñecas

No le importaba que su hijo jugara con muñecas, era un padre sin demasiados prejuicios. Pero le costaba aceptar el modo en que jugaba: les clavaba largas agujas, las rellenaba con hierbas extrañas recogidas del campo, o les arrancaba las cabezas y las colgaba en ristra del techo de su habitación. En una ocasión su hijo puso en círculo a sus muñecas mientras, en el centro, dirigía una especie de aquelarre infantil. El padre ya no lo soportó más. Enfadado, le recordó que una cosa era jugar con muñecas y otra lo que hacía él: eso eran cosas de niñas.

11 febrero, 2004

Peligros de la ciudad (6)

Le agobiaban las aglomeraciones. En el metro, no podía evitar pensar que algún loco podría estar andando detrás suyo, por el mismo pasillo interminable, y clavarle algo en la nuca, y huir chillando. El hecho de que hubiera mucha gente, lejos de tranquilizarle, le hacía pensar que era más probable que alguien quisiera su sangre. Tanto temor sentía, que se encerró durante semanas en su casa. Esos días habló mucho con dios, y él le dio fuerzas para vencer sus miedos. Ahora anda tranquilo por el metro y, por si ve algún movimiento sospechoso, lleva un cuchillo en el bolsillo.

06 febrero, 2004

Que lo sepas

Para protegerte, accederemos a los bancos de datos de tus ordenadores, y comprobaremos tu solvencia, y nos aseguraremos de que no guardas pornografía en tu disco duro, ni programas piratas, ni caricaturas burlescas de nuestros mandatarios, ni nada que pudiera hacer pensar a alguien que eres un terrorista, o cómplice de uno de sus cómplices. Te prohibiremos almacenar información en ordenadores no registrados a tu nombre, y si las mafias se ofrecen para ocultarte tus datos a cambio de dinero, di que no, pues el castigo sería tremendo y ejemplar, pero justo y necesario, pues lo hacemos por tu bien.

05 febrero, 2004

Niños bajo tierra

Los túneles de la ciudad están llenos de niños. Llegaron escondidos en barcos y camiones, y pronto desaparecieron bajo tierra, y ocuparon colectores y estaciones donde ya no pasan trenes, donde ya sólo hay hierros retorcidos y humedad. Tras un tiempo en el subsuelo su piel enblanquecerá, sus ojos se habrán adaptado de tal modo a la oscuridad que la luz del sol les cegaría para siempre. De entre sus muchas lenguas nacerán palabras nuevas, extrañas y monstruosas. Los de arriba seguiremos trabajando y amando como si no existieran, como si bajo nuestros pies no oyeramos bullir su humanidad condenada.

01 febrero, 2004

Flotando

Al levantarme descubrí que flotaba a un par de centímetros del suelo. Fuí al doctor. Tras examinarme me aseguró que aquello era psicológico, que yo somatizaba mis preocupaciones. Quise hacerle ver que, aunque fuera por los nervios, yo estaba flotando, pero él ya me había recetado unos calmantes y hecho pasar al siguiente paciente. Un físico cuántico se interesó por mi caso, pero era un chiflado que pretendía dominar el mundo usando mis poderes. Tampoco en la Iglesia encontré solución: el párroco, salpicándome, blandía una cruz y gritaba al demonio que saliera de mí, mientras la piel mojada me ardía.