Cien Palabras ha cumplido 10 años. Gracias a todos.

Parece mentira. Hace diez años empece a escribir estos pequeños cuentos, y cree esta página para darlos a conocer. Al principio la intención era escribir uno cada día, pero al final la cosa se fue espaciando, lo que me remuerde la conciencia, pero que le vamos a hacer...

Os digo de verdad que intentaré ser más constante. Pero la voluntad es débil. Así que, como oí una vez: "No puedo aseguraros que lo intente, pero os aseguro que intentaré intentarlo."

Muchas, muchas gracias a todos. Gracias por leerme y, un poquito, por entenderme.


Jordi Cebrián


Éstos son mis cuentos de Cien Palabras.


Ocupan eso, 100 palabras exactas, sin contar el título.

Leed uno.
Despues otro.
Despacio, sin prisa.
Hay muchos, centenares de ellos.
Para sonreir, para reflexionar, para estremecerse...
Teneis tiempo, volved cuando querais.

28 abril, 2003

Nuestro doble

Cada persona tiene en algún lugar su reflejo invertido, alguien que se comporta en todo al reves, cuyos gustos son exactamente los opuestos, y cuyas emociones funcionan de forma contraria a la del original. Nuestro doble invertido jamás hubiera abandonado a esa mujer con la que no te atreviste a salir, ni hubiera aguantado tanto tiempo en el trabajo ínfimo y mezquino donde no te encuentras a gusto. Es probable que ella esté ahora con él, diciéndole al oido las cosas que por vergüenza o miedo jamás le confesaste, y mientras te consumes de envidia y desesperanza, él es feliz.

15 abril, 2003

El bien y el mal

Los hombres malos explicaron a los buenos los buenos resultados de obrar mal. Muchos hombres buenos sabían que era malo confundir bien y mal, pero algunas buenas personas vieron entonces que el mal podía ser bueno contra males mayores, y admitieron que los malos hicieran cosas malas si era por hacer el bien. Los malos, mientras tanto, seguían con sus maldades, justificadas por buenos fines, y lo malo es que, en ocasiones, haciendo el mal conseguían cosas buenas. Entonces los buenos dejaban de sentirse mal y se ponían contentos, y los malos jugaban a ser buenos, pero lo hacían mal.

Bajar al sótano

El jefe me hace bajar a veces al sótano a por papel de fotocopias. Se que no hay nada allí, que las fantasías de presencias oscuras y viscosas tienen poco que ver con la realidad y mucho con las películas de miedo que debiera evitar. Pero eso no quita que cuando alargo la mano hacia el interruptor para bajar las escaleras, tema sentir unos dedos muertos agarrando mi muñeca y tirando de mí hasta su oscuridad. Por eso hace días que vengo a trabajar con el cuchillo, por si el jefe me pide que baje, que no lo pida más.

Distorsiones temporales

En mi casa el tiempo sufre distorsiones muy extrañas: puedes entrar en una habitación, consultar tu reloj, y darte cuenta al salir de que es más pronto que cuando entraste. Estas distorsiones provocan, por ejemplo, que se me queme la comida antes de haberla puesto al fuego, o que aparezca aun sucia la ropa que puse en la lavadora. Mi mujer me asegura que eso no es posible, y sospecha que son excusas mías para justificar mis despistes. Yo no quiero contradecirla, pero la prueba de que estoy en lo cierto es que eso mismo ya me lo dijo ayer.

En tan pocas palabras

Se le habían encallado las palabras en algún pliegue extraño del cerebro. Quisiera hacer fluir historias en las que poder dotar de pasado y familia a cada personaje creado, y construir su personalidad ficticia en cientos de páginas perfectas donde las vidas, las mentiras y los deseos se cruzasen y entrecruzasen. Pero no se sentía capaz de asomarse a ese vértigo, y por eso escribía unos cuentecillos ínfimos y aun así notaba que las ideas tardaban en llegar, como si no quisieran ser encerradas en tan pocas palabras, igual que los pájaros que mueren de pena en jaulas tan pequeñas.

Trámites

Estuvo llamando toda la mañana, pero en los juzgados le aseguraban que nadie sabía nada de su caso, así que se fue hacia allí en persona, indignado por un trámite judicial que le habían comunicado, que no entendía, y que nadie parecía poder explicarle. Cuando mostró el papel en recepción, la señorita hizo que un par de guardias se lo llevaran. Con buenas palabras y sin dejar de sonreír, le cachearon, desnudaron y desinsectaron. Sus intentos de resistirse fueron inútiles: eran amables, pero grandes y fuertes. Ahora, solo en la celda, comprende amargamente que hubiera sido mejor tramitarlo por Internet.

02 abril, 2003

El presidente

(Este microcuento lo publiqué originalmente el 2 de enero de 2002. Siento enormente que parezca actual.)

El presidente lo sabe todo. Sus consejeros bullen a su alrededor, aportándole datos, argumentos, estrategias. El cerebro del presidente organiza, clasifica, disecciona y decide. Entonces los teléfonos se ponen en marcha y se gritan ordenes. Muy lejos alguien explota en pedazos, pero lo hace en silencio, dignamente, procurando no molestar. El presidente, sin embargo, tampoco estaba ya escuchando, pues de un vistazo necesita interpretar y asimilar los nuevos datos. Otra reflexión, otra orden, otra muerte. Sus consejeros admiran su coraje, su resistencia, su decisión. Al presidente, esa noche, mientras da de comer ratas a sus serpientes, le sangrará la nariz.

Objetivo militar

(Este microcuento lo publiqué originalmente el 14 de setiembre de 2001. Siento enormente que parezca actual.)

Cuando me dijeron los vecinos de escalera que Bush había salido por la tele diciendo que quería bombardear mi piso no me lo creí. Pero la del tercero, una chica muy maja, me aseguro haberlo oído ella misma, así que fui al Ministerio del Interior.

- Mire usted, nuestro país mantiene buenas relaciones con Estados Unidos, así que el problema es entre usted y ellos.

Cuando volví a casa, ya habían hecho una primera ofensiva. De una de las habitaciones que daba a la calle no quedaba nada. Llamé a Bush, pero no se ponía. Entonces oí que volvían los aviones.