Cien Palabras ha cumplido 10 años. Gracias a todos.

Parece mentira. Hace diez años empece a escribir estos pequeños cuentos, y cree esta página para darlos a conocer. Al principio la intención era escribir uno cada día, pero al final la cosa se fue espaciando, lo que me remuerde la conciencia, pero que le vamos a hacer...

Os digo de verdad que intentaré ser más constante. Pero la voluntad es débil. Así que, como oí una vez: "No puedo aseguraros que lo intente, pero os aseguro que intentaré intentarlo."

Muchas, muchas gracias a todos. Gracias por leerme y, un poquito, por entenderme.


Jordi Cebrián


Éstos son mis cuentos de Cien Palabras.


Ocupan eso, 100 palabras exactas, sin contar el título.

Leed uno.
Despues otro.
Despacio, sin prisa.
Hay muchos, centenares de ellos.
Para sonreir, para reflexionar, para estremecerse...
Teneis tiempo, volved cuando querais.

29 enero, 2003

Sopesando riesgos

A veces me pregunto por que amontono tantos trastos en esa habitación. Quisiera comprobar el contenido de unas cajas que hay allí al fondo, pero dudo que pueda jamás acceder a ellas. La posibilidad de morir aplastado por un desplome accidental de algún amontonamiento de libros me disuade de intentarlo. Analizo la situación. Debería mover esos hierros a un lado (¿cuándo los puse aquí?) y apartar el caballete y las pesas, pero el riesgo aun sería demasiado alto y no estoy dispuesto a asumirlo por una malsana curiosidad. Me resignaré a olvidar su contenido e intentaré no pensar que pueden esconder tesoros.

Solos

Llevan varios días andando entre ruinas y cenizas, y ahora están solos en el bosque quemado, solos desde que el mundo terminó. Aprovechan el mínimo cobijo para comer algo y descansar. Hace ya dos semanas que ocurrió, y mientras se miran en silencio, añoran aquel mundo donde aun había luz y cielo, y no ese polvo denso que oscurece el sol. Deciden dormir allí, por turnos. Mañana seguirán andando hasta la siguiente ciudad devastada y buscarán latas de comida y cosas útiles entre los escombros y los cadáveres, rezando porque los monstruos no les encuentren, pues también ellos tienen hambre.

21 enero, 2003

Perdido

Quise cortar camino y me vi metido en un laberinto enrevesado de callejuelas estrechas, perdído de la manera más absurda, cuando ya oscurecía, en una zona de la ciudad que creía conocer perfectamente. No circulaban coches, ni gente, ni quedaban ya portales o ventanas que dieran a los lugares angostos por donde pasaba. Sólo el interminable deambular entre sombras. Intenté volver atrás deshaciendo mis pasos, procurando recordar los lugares por donde ya había pasado y los giros que tomé. No sirvió de mucho. Creo que habían pasado varias horas cuando te encontré y ahora al menos buscamos juntos la salida.

17 enero, 2003

Presencias

Les ve fugazmente moverse a su lado, y cuando gira la cabeza hacia ellos, desaparecen. Sabe que andan por su casa, en instantes reconoce sus presencias afanándose de un lado a otro, paseándose por sus habitaciones, hurgando en papeles que sólo él debería tocar. Intenta comportarse como si no estuvieran allí, como si no les escuchara susurrar por la noche cuando creen que duerme, contándose recuerdos de crímenes antiguos, planeando venganzas contra él. En sus noches repletas de miedos teme quedarse dormido y sueña que no duerme, que les vigila despierto y les ve venir cuando se acercan con cuchillos.

14 enero, 2003

Ficciones en la oficina

En la oficina todo seguía igual, la misma actividad, el mismo inmovilismo. Era tanto el hastío, tanto el aburrimiento, que dedicó la mañana a inventar historias ficticias. Imaginó a sus compañeros y a su jefe en situaciones comprometidas, enfrentados a realidades que les superaban. En una de sus ficciones convirtió los montones de papeles aburridos en tesoros que ocultaban conocimientos arcanos. No eran facturas, ni hojas de control, sino pergaminos que atesoraban ciencias ya desconocidas. El interfono le despertó de sus ficciones. El jefe le pedía una tabla con presupuestos y previsiones. Dudó entre llevársela o retarle a un duelo.

10 enero, 2003

Lugares susurrados<

Cuando ya no había otros bares ni otras luces en la calle, aun podía entrarse allí, una caverna oscura decorada con velas y seda roja, cojines en el suelo, miradas penetrantes desde las tinieblas de algún rincón. La música: vibraciones de cuerdas, algún metal profundo, un latir rítmico y cautivador. Algunas mujeres se atrevían a entrar solas, seducidas por misterios que la ciudad susurra. Se sentaban inquietas, excitadas, temerosas, y bebían un licor peculiar, un destilado fuerte, acre. No tardaban en tener compañía, en sentir ese placer prohibido de palabras seductoras, de una boca en el cuello vaciándote de sangre.

08 enero, 2003

Conspiración oculta

Su conspiración para dominar el mundo pasaba desapercibida, pues la desarrollaba y dirigía desde una carnicería del barrio antiguo. Desde allí aprovechaba su trato con las clientas para ir introduciendo de manera subrepticia consignas e insinuaciones, encaminadas todas a tejer la trama del nuevo orden. Con el tiempo fue modelando el mundo a su antojo, y cuando por fin decidió que las condiciones eran las idóneas para darse a conocer, fue a un programa de televisión y contó que, desde aquel momento, mandaba él. Cuando le cortaron la palabra para dejar paso a los anuncios, hizo que despidieran al presentador.

07 enero, 2003

Jugando con el tiempo

Haciendo experimentos en casa con un juego de química y electrónica que trajeron los reyes a los niños, encontré la manera de manipular el tiempo a voluntad. Tras hacer algunas pruebas y confirmar mis hipótesis, fui entusiasmado a contárselo a mi mujer. Ella, levantando la vista del libro con condescendencia, me dijo que eso ya se lo había dicho antes, y siguió leyendo. Desconcertado por su reacción y sin querer molestarla, fui a la cocina a picar algo, y me di cuenta definitivamente de que algo iba mal cuando me vi a mi mismo de espaldas rebuscando en la nevera.

03 enero, 2003

Mentiras

Me quieren convencer de que vivo en una tiranía, tan sólo porque nuestro líder viste ropa de campaña. Quieren hacerme creer que me falta libertad, sólo por tener que dar cuenta a la administración de mis movimientos y por tener que pedir permiso para expresar opiniones extrañas. Me quieren convencer de que vivo esclavo, sólo porque son cadenas lo que llevo colgado de las manos y los pies. Quieren que me crea que lo que cuentan por la tele no es verdad, que no avanzamos, que los que mueren de hambre no lo hacen solamente para dañar a su patria.

Nuevas necesidades

En mi barrio abrieron una tienda nueva. Desde fuera no podía saberse que vendían, y a través de los escaparates sólo se atisbaban algunas cajas puestas en los estantes, sin etiquetas ni indicaciones. Un día vi a un vecino salir cargado con un par de cajas grandes. ¿Que venden aquí?, le pregunté. Si no lo sabes es que no lo necesitas, me dijo, y se fue. Así que entré en la tienda y le aseguré al dependiente, señalando una caja, que necesitaba ésa, la más grande. Me miró sorprendido, pero nada comentó. Ahora, en casa, no me atrevo a abrirla.

01 enero, 2003

Letargo invernal

Ese invierno el anciano quedó atrapado dentro de un iglú, sin posibilidad de mandar sus cuentos de cien palabras en botellas o en palomas mensajeras para que llegaran al mundo, más allá de aquellos glaciares inacabables y aquellas focas hurañas. Y así, día a día, sin poder salir, los cuentos iban quedando congelados apenas nacían de su imaginación, hasta que la imaginación misma se congeló y todo fue letargo y la tentación de un bienestar eterno. Luego volvió el calor, el iglú se fundió, y los ínfimos cuentos volvieron a la vida, igual que la hierba nueva bajo el hielo.