Cien Palabras ha cumplido 10 años. Gracias a todos.

Parece mentira. Hace diez años empece a escribir estos pequeños cuentos, y cree esta página para darlos a conocer. Al principio la intención era escribir uno cada día, pero al final la cosa se fue espaciando, lo que me remuerde la conciencia, pero que le vamos a hacer...

Os digo de verdad que intentaré ser más constante. Pero la voluntad es débil. Así que, como oí una vez: "No puedo aseguraros que lo intente, pero os aseguro que intentaré intentarlo."

Muchas, muchas gracias a todos. Gracias por leerme y, un poquito, por entenderme.


Jordi Cebrián


Éstos son mis cuentos de Cien Palabras.


Ocupan eso, 100 palabras exactas, sin contar el título.

Leed uno.
Despues otro.
Despacio, sin prisa.
Hay muchos, centenares de ellos.
Para sonreir, para reflexionar, para estremecerse...
Teneis tiempo, volved cuando querais.

30 diciembre, 2001

Rutina diaria

Cuando deja el trabajo compra bombones, o flores, y se acerca a casa de su madre. Desde que su padre murió, prefiere ir a verla un ratito cada día, y ella lo agradece. Luego llega a casa, poco antes que su mujer, que ha ido a buscar a los críos. Cenan juntos, y hablan de las cosas del día. Luego, casi cada noche, sale un rato a pasear, por que le gusta andar un poco antes de ir a dormir. En la calle, mientras camina por las aceras desiertas, saca las llaves del bolsillo y ralla todos los coches aparcados.

28 diciembre, 2001

Escribiendo el mañana

Como cada día, el anciano entra en la biblioteca con el silencio respetuoso de quien pisa lugar sagrado. Accede al segundo pasillo, tras los estantes de zoología, y avanza entre los ensayos de arquitectura etrusca hasta llegar a una escalerita oculta tras un estante cargado de autores finlandeses. Sube despacio, y se acomoda en una pequeña mesita, donde abre un libro lleno de notas manuscritas. Allí escribe lo que le ocurrirá mañana a alguien. Tal vez su vecino encuentre un gato perdido, o alguien en otro país sufra una embolia mientras lee poesía. Pero el anciano no inventa, sólo copia.

27 diciembre, 2001

Parking subterraneo

No recordaba el lugar del parking donde dejó el coche. ¿Cuánto tiempo llevaba ya buscándolo? No podía saberlo, su reloj había dejado de funcionar. Cargado con dos bolsas, andaba apresurado entre filas interminables de vehículos, perdido entre códigos de letras y colores inútiles para él, siguiendo indicaciones que le volvían sobre sus pasos. Le inquietaba no oir nada, ni el sónido de un coche, ni unos pasos. Perdido, se conformaba ya con encontrar una salida. Tiró las bolsas, corrió durante horas por el aparcamiento infínito. Forzó un coche, mas no supo arrancarlo, ni parar su alarma, que retronó para siempre.

24 diciembre, 2001

Tía Virtudes

A mis padres no les gusta que me esconda cuando viene tía Virtudes. Me obligan a salir y saludarla. Debo dejar que me bese, y contener la nausea. Un día, sin querer, entré en su cocina y lo vi. Ella me descubrió y su sonrisa amable me dio miedo. Por eso nunca pruebo sus bombones, y tengo que ingeniármelas para deshacerme de ellos sin que lo note. Mis padres comen sus chocolatinas rellenas, y están cambiando. Ahora mi madre pasa mucho rato en la cocina, preparando pasteles y dulces. Querrá que los pruebe, y ya no podré esconderlos o tirarlos.

22 diciembre, 2001

Sueños de dios

¿Sabeis qué sueña un dios? Sueña briznas de hierba creciendo muy despacio, o el morir de un insecto, o acaso planetas estallando y galaxias naciendo. Sueña el dios en si mismo, y sueña en que se sueña. Y mientras el dios duerme, los hombres imaginan que no hay dios, ni infinito, y empiezan a creer en su inocente independencia. El dios se remueve dormido, mientras los hombres cantan para celebrar su muerte, y traen pronto otros dioses más bellos y más sabios. Sueña que se despierta y nadie le hace caso y ya no habrá más sueños ni más noches.

21 diciembre, 2001

Amor nocturno

Cuando anochezca iré donde ella vive, apartaré de un golpe la copa de vino que me ofrecerá, y mientras el cristal se rompe en cien pedazos, abrazaré su cuerpo deseado, morderé su cuello con labios posesivos y, en el suelo, junto a los vidrios rotos, me hundiré en ella. Luego cenaremos y beberemos de la misma copa y caeremos borrachos en la cama donde de nuevo la amaré. Mientras yo duerma, ella saldrá fuera, y buscará otros hombres. Y antes de amanecer, me despertará con besos aun húmedos de sangre de sus presas, y yo me iré, y ella dormirá.

18 diciembre, 2001

El apagón

Cuando la ciudad se quedó sin luz, hubo que buscar un culpable. Como nadie veía nada, aquello era difícil, y la busqueda se hacía un poco por tacto y otro poco por intuición. Por circunstancias que no es momento de explicar, dieron en encontrarme culpable del apagón o en hacerme pasar como tal para calmar las iras de la ciudadanía.
- Les aseguro que no he tocado ningún interruptor - dije, intentando mostrarme convincente.
Ni ellos veían mi rostro ni yo el suyo, claro está, pero parecían enojados. Entonces volvió la luz y, al ver quien era yo, se avergonzaron.

Buen plan

Pagué a un matón para que me atracara mientras paseaba con mi novia, para yo poder hacerle huir y quedar como un dios ante ella. Buen plan. Paseábamos por el rompeolas, llegó, y nos pidió el dinero. Pero antes de que yo pudiera reaccionar, mi novia le dio tal ostia que lo mató. Yo estaba desconcertado, pero ella dijo que lo mejor sería tirarlo al mar. Y aunque ella no lo sabía, tampoco yo quería que me relacionaran con él. Desde entonces la autoestima de mi novia ha crecido un montón, pero yo ahora, cuando estoy con ella, tengo miedo.

Comités

El presidente insistía en seguir creando comités. El comité de cultura compraba extrañas esculturas de un vanguardista senegalés que había llegado en patera. El comité de vino y festejos se tiraban borrachos todo el día y se gastaban el presupuesto en putas. El comité de actos insensatos patrocinaba un evento internacional para que guerrilleros de todo el mundo acudieran a hablar de paz y amistad entre los pueblos. El comité del juego proponía, aleatoriamente, hoy una cosa, mañana otra. Los comités se encontraban los jueves en una reunión de coordinación, y el comité de reuniones de coordinación traía los postres.

Oficio peligroso

Las primeras protestas nocturnas fueron pacíficas. Los vecinos, cuando llegaba el camión de la basura y su desconsiderado estruendo chirriante empezaba a oirse, coreaban consignas respecto el derecho al sueño. Pronto pasó que vecinos a quienes la limpieza pública había vuelto insomnes, arrojaban desde los balcones objetos pesados e hirientes, intentando detener inútilmente el avance del ensordecedor vehículo. La violencia devino norma, y ser basurero se convirtió en una profesión de riesgo. Por eso los camiones de la basura son hoy blindados, llevan orugas en vez de ruedas, y están equipados con cañones y ametralladoras: porque queremos la ciudad limpia.

17 diciembre, 2001

Una luz en la noche

Una luz en la noche, ligerísima, apenas percibida. Un hombre sale de su casa. Es tarde. Ya no llueve. Hay sombras que contemplan su caminar furioso, intempestivo. El bosque, enorme, terrorífico, es más oscuro hoy. El sendero no existe. Los arboles devienen vigilantes temibles, barreras de madera insondable.

Un arañazo, un grito.

El suelo se ondula y gira, se estremece y arquea mas allá de las formas previsibles. Al otro lado espera el final de la noche. Cuchillos, monstruos, fieras. Intuiciones horribles al acecho del hombre que camina. Se rompen los minutos, se desvanece el tiempo. Más allá, los leones.

14 diciembre, 2001

Sacrificio final

Habrá que unir al canto de la muerte todo un coro de alturas inmortales que nos aten al hierro, y a la piedra, y a todo lo que es sólido y eterno. Tendré que repensar las condiciones del fin de la partida y las del fin del mundo. Me vestiré de negro, esconderé mis alas, bajando la cabeza haré como que lloro, y abriré con engaños mis brazos a la muerte, entregándome a ella con fingido reposo.
Y cuando el frío final me abrace confiado, le clavaré en la espalda este puñal de luz, y amaré morir salvándote el futuro.

13 diciembre, 2001

En mi sueño

En mi sueño hay un laberinto de canales y puentes, y un silencio duro y opresivo. En mi sueño te persigo por calles innumerables que descubro y reconozco. Cada girar la esquina es tu cabello al viento, y el dédalo de pasajes y callejones me conduce hasta ti, inexorable. En mi sueño no hay agua en los canales, sino un barro seco de donde sobresalen góndolas fosilizadas. Siempre termino encontrándote en la misma plaza, mínima y desierta, donde vuelves a inclinarte en la fuente para beber. En mi sueño te sonrío y me tiendes la mano para ayudarme a despertar.

12 diciembre, 2001

No hay silencio en la noche

En la casa suenan ruidos. Fueron roces suaves al principio, siempre entrada la noche. Luego fueron golpes y brisas y rasgar y morder. Siente no tener a nadie en la cama con quien abrazarse, nadie a quien poder confesarle todo su miedo. Por la mañana, como se olvida un sueño, el terror de la noche queda borrado por el trajín cotidiano, e intenta no pensar en aquellos sonidos de cuchillos y sierras. Cena poco, esa noche, y retarda el momento de irse a la cama. Cansado, se duerme en el sofá y no oye las ásperas voces que le nombran.

10 diciembre, 2001

De libros y demonios

También los demonios leen libros. Libros que hablan de astucias y maldades, pues a los demonios no les gusta andar perdiendo el tiempo con tonterías, con cosas que no sean de provecho. Como nosotros, los demonios tienen libros prohibidos, claro, pues también entre ellos nada es más peligroso que las palabras, a excepción, quizás, de las armas de fuego. No pueden leer libros que hablen de flores ni de estrellas; ni libros que canten; ni, por alguna razón que ningún demonio recuerda, libros de un tal Krishnamurti. Y cuando un demonio pierde un libro, se compra otro, y en paz.

Campo de batalla

Bella y desnuda, se pasea como flotando en la noche helada, entre cuerpos muertos de soldados y armas semienterradas en el barro y las raíces. Entre la tenue niebla, escudos abollados, espadas rotas, esqueletos tendidos de caballos y hombres. A veces se acerca a uno de los cadáveres, alguien a quien hace años un hacha le tumbó, o una lanza le atravesó el pecho. Se agacha y acerca sus labios a la sucia calavera, y con un beso absorbe lo poco que aún queda de su alma: algún amor antiguo, una traición pendiente, o el nombre impronunciable de su dios.

Señales del destino

Dejadme que os hable de los signos que el destino nos escribe en el lenguaje oculto de las nubes y las casualidades. Dejadme que os cuente la historia de quien leyó en el vuelo rasante de una gaviota una muerte en su hogar, y queriendo arrebatar al futuro lo suyo, ocultó a su mujer y a sus hijos en el bosque y a todos los devoró una bestia. O la de quien ignoró las cartas más nefastas y enloqueció solo. Yo no erraré. He oído al amanecer el quejido último de un gato, así que, repito, vended todas las acciones.

07 diciembre, 2001

Despedida

Si lees esta nota, me habré ido. Siento tener que decírtelo así, fríamente, con unas letras garabateadas. Me hubiera gustado estar aquí cuando llegaras, pero después de lo que hemos hablado por teléfono creo que es mejor así. No se donde voy a ir, ni cuanto tardaré en volver. No me esperes y haz lo que tengas que hacer. Cuídate, y cuida a nuestro hijo, aun no nacido. Quiero, sin embargo, que sepas una cosa, hoy salgo a buscarte tu mousse de limón y kiwi, pero en adelante, intenta que tus antojos sean más normales, cariño. Muchos besos. Hasta ahora.

05 diciembre, 2001

Buscando el ayer

He estado en los lugares de antaño, amor, y ahí no queda nada... Las casas junto al lago tragadas por las aguas; nuestros campos de flores son ahora yermos áridos. Tus amigos seguían en el bar de siempre, es verdad, pero eran sólo cuerpos errantes que persistían buscando en el alcohol el alma que perdieron meses atrás. No queda nada, no queda nadie. Y si no me crees, espérame aquí fuera con tus cosas, e iremos juntos a buscar tu memoria. Sentados de nuevo en el banco de piedra donde solíamos hablar, verás que el mar ya no está allí.

04 diciembre, 2001

Como en otra ciudad

Los vehículos empezaron a llegar a media tarde. Sus altavoces, con músicas infantiles, atraían a los niños, que danzaban alrededor ajenos a lo que sucedería. Cuando empezaron a subirles a los camiones, la gente que lo miraba entendió que era un juego, y hasta aplaudieron y vitorearon. Cuando uno de ellos arrancaba, una procesión improvisada de adultos y otros niños les seguía corriendo, cantando y haciendo sonar cacerolas. Luego, lentamente, los camiones se fueron marchando, sus canciones dejaron de sonar. Sólo entonces se comprendió algo tan sencillo como que los niños se habían ido, y que la ciudad había muerto.

Esclava

Durante el día es esclava, forzada a pasear semidesnuda por el palacio, su cuerpo expuesto a las miradas de los nobles, a sus comentarios, a sus deseos.

Un día el rey la ve. Esa noche juega con su cabello rubio, con su cuerpo. Bebe licores fuertes de sus senos pequeños, y entre gemidos de amor le jura su imperio. Cada noche, mientras el rey duerme, ella se convierte en lechuza y salta por la ventana, ansiosa de caza, sabiendo que ha de volver antes que salga el sol. Y algunas mañanas el rey, bajo la almohada, encuentra un ratón muerto.

02 diciembre, 2001

Más o menos, como siempre

Aquello hacía algo con los neurotransmisores, pegado a la piel, como una tirita. Recibía señales del sistema nervioso, las procesaba, y las devolvía modificadas a gusto del usuario. Todo dirigido por un control remoto, que la gente llevaba en el bolsillo. Quienes callaban se atrevían a hablar. El miedo se iba, retornaba el sueño. Pronto, la pena y el dolor fueron exquisitez de minorías. Algunos se construyeron como querían ser, más valientes y nobles, más sensibles. Otros enloquecieron, bloquearon sus mandos y quedaron absortos ante las pantallas, o fueron esclavos, o poetas suicidas, o héroes involuntarios de castillos en llamas.