Cien Palabras ha cumplido 10 años. Gracias a todos.

Parece mentira. Hace diez años empece a escribir estos pequeños cuentos, y cree esta página para darlos a conocer. Al principio la intención era escribir uno cada día, pero al final la cosa se fue espaciando, lo que me remuerde la conciencia, pero que le vamos a hacer...

Os digo de verdad que intentaré ser más constante. Pero la voluntad es débil. Así que, como oí una vez: "No puedo aseguraros que lo intente, pero os aseguro que intentaré intentarlo."

Muchas, muchas gracias a todos. Gracias por leerme y, un poquito, por entenderme.


Jordi Cebrián


Éstos son mis cuentos de Cien Palabras.


Ocupan eso, 100 palabras exactas, sin contar el título.

Leed uno.
Despues otro.
Despacio, sin prisa.
Hay muchos, centenares de ellos.
Para sonreir, para reflexionar, para estremecerse...
Teneis tiempo, volved cuando querais.

30 octubre, 2001

Quirófano

Todo había ido bien. Tras implantar el bypass surgieron problemas con la coagulación, y estuvieron a punto de perder al paciente, pero pudo regularlo con Prepiracina y Ematol al 12%. Ahora limpiaba, y se preparaba para cerrar. Era este uno de esos casos en que, sin intervención, la persona habría muerto. En cambio ahora, si todo iba bien, viviría tranquilamente 20 años más. Un éxito. El doctor sacó del bolsillo de la bata, discretamente, la pequeña estatuilla, no mayor que un dedo. Envuelto en gasa, introdujo el pequeño ídolo entre las costillas y el pulmón. Así, el paciente sería suyo.

Sin temor

La noche. El calor del fuego. Alrededor de la hoguera, sus hijos, su mujer, y él. Claudia no había querido salir al campo con la tienda, pero él convenció a los críos y ellos a ella. Por la tarde pescaron, jugaron sobre la hierba y cenaron. Ahora, junto al fuego, él se sentía inquieto. Sin motivo, claro, nada tenía porque ir mal. La noche, el silencio, o los simples caprichos del miedo, le hicieron murmurar una oración. Por su mujer. Por sus hijos. Tras ellos, a su alrededor, se oyeron crujidos y surgieron ojos rojos. Habían llegado. Todo iría bien.

29 octubre, 2001

Paranoia

Las miradas de la gente a sus espaldas, como agujas de desprecio y asco. ¿Nunca dejarían de perseguirle, de acosarle? Se enteró hacía un par de semanas, cuando oyó que en el autobús hablaban de él. No contaban con su fino oído, y pudo desenmascarar el plan. Desde entonces su fría calma conseguía neutralizarles. En las tiendas, en la calle, en la oficina, detectaba cada traza de sus planes, cada intento de destruirle. Ellos disimulaban, como si nada pasara: su familia, sus amigos. Mas él les oía conspirar, y se avanzaría a sus maquinaciones. Pero no pudo, le atraparon antes.

28 octubre, 2001

Hierba mítica

¿Cuánto tiempo llevaba buscando aquella hierba mítica? Shekka-Thai. Contaban que fue en T'ong-Shao, en el 37. El clima especial de aquel año, un proceso de secado y curado milagrosos, y una variedad genética que la guerra convirtió en irrepetible, crearon el puente más sólido tendido entre el hombre y la eternidad. Pues bien, aquel santo grial existía, aquel pequeño cogollo, cristalino, único, estaba en mi bolsillo, y en la paz imperturbable de mi hogar sería encendido e inhalado. ¿Entiende, señor juez, la desmedida reacción cuando los dos agentes del orden, me detuvieron, me cachearon, me lo quitaron y me multaron?

26 octubre, 2001

Tras morir

Cuando se murió, sus amigos y familiares hicieron como que no se daban cuenta, y seguían invitándole a comer o a salir de farra o al cine. Él nunca había sido persona de llevar la contraria, y ahora que estaba muerto menos aun, así que les dejaba hacer, y se lo tomaba como una de esas bromas donde todos se ponen de acuerdo para hacerte volver loco.

-No tienes buena cara – le decían para hacerle rabiar.

Al final, de tanto seguir la broma, sus amigos llegaron a dudar de que estuviera muerto realmente. Pero lo estaba, si, igual que ellos.

Cacería

Nunca hubiera tenido que coger ese camino, ahora lo veía claro. Estaba perdido, la noche era oscura, y la garra fría del miedo le atenazaba el estómago. No tardó en sentirse perseguido, así que corrió, intentando alejarse del camino, cruzando a través del bosque. No debería tener miedo, sabía que ese era el peor peligro. Le seguían de cerca y llevaban armas. El primer disparó le reventó un pulmón. Con el segundo, justo en la cabeza, cayó al suelo, recuperó su forma humana, y dirigió una última mirada al enorme ojo blanco de la luna. El lobo ya había muerto.

Cruce de miradas

Esa mañana ella había llegado pronto a la oficina. Mientras tomaba un café, mirando por la ventana, le vió acercarse. No le esperaba allí, a esa hora, y por eso su expresión fue de sorpresa y de miedo. Sus ojos buscaron los de él, y por un momento sus miradas se cruzaron, y un doloroso relámpago de comprensión saltó entre ellos, como si el futuro que iban a compartir les abrazara. Así, ese instante fugaz se congeló y se hizo eterno. Entonces ambos cerraron los ojos a un tiempo, y el avión que él pilotaba se estrelló contra la torre.

25 octubre, 2001

Sueño recurrente

Ya lo había soñado, pero nunca había sentido, de modo tan real, aquellas patas peludas subiendo por su espalda, escalando hacía su cuello, hasta la nuca, donde clavaría de nuevo la picadura mortal que iba a despertarle. Se relajó intentando no sufrir, sabiendo que era inútil, que no despertaría hasta notar aquel dolor rojo ardiente de cada noche, de cada sueño. Notó el roce aspero de aquellos pelos recios sobre sus vertebras. Y sintió el dolor de cada sueño, más rojo, más ardiente. No despertó, claro, pues ya lo había hecho antes, cuando la araña sólo era un sueño premonitorio.

Cien palabras

Erase un vez un hombre dedicado a escribir cuentos cortos. Tan cortos que sólo podían ocupar 100 palabras, pues ni valían los de 99 ni los de 101. Cien era el número, y no otro número era. Contando las palabras, solía descontarse. Y lo que es peor, le costaba sacrificar o añadir palabras a lo que ya tenía escrito. Por eso, sus cuentos de cien palabras tenían 53, 102, 614 o 24.623 palabras, pues nada podía quitarse, nada podía añadirse. Un día le salió un cuento exacto, de cien palabras justas. Se lo miró y lo rompió. No era bueno.

Solo en la noche

En esos días, en la ciudad, desaparecían niños. Por eso nadie les dejaba salir sólos de noche. Por eso me extrañó ver al niño, vagando a esas horas, por la calle. Vi entonces al hombre que se acercaba a él, que le ponía la mano en el hombro y le decía algo. Tenía miedo, pero ¿debía intervenir?. Me acerqué por detrás, en silencio, mientras el extraño hablaba aun con el niño asustado. Le golpeé en la base del craneo con un palo, y cayó redondo. El chaval me miró y me sonrió. "Ven", le dije, "ya verás cuantos juguetes tengo."