Cien Palabras ha cumplido 10 años. Gracias a todos.

Parece mentira. Hace diez años empece a escribir estos pequeños cuentos, y cree esta página para darlos a conocer. Al principio la intención era escribir uno cada día, pero al final la cosa se fue espaciando, lo que me remuerde la conciencia, pero que le vamos a hacer...

Os digo de verdad que intentaré ser más constante. Pero la voluntad es débil. Así que, como oí una vez: "No puedo aseguraros que lo intente, pero os aseguro que intentaré intentarlo."

Muchas, muchas gracias a todos. Gracias por leerme y, un poquito, por entenderme.


Jordi Cebrián


Éstos son mis cuentos de Cien Palabras.


Ocupan eso, 100 palabras exactas, sin contar el título.

Leed uno.
Despues otro.
Despacio, sin prisa.
Hay muchos, centenares de ellos.
Para sonreir, para reflexionar, para estremecerse...
Teneis tiempo, volved cuando querais.

29 enero, 2006

El Mundo (XXI)



Las cartas se han echado, y esto es el mundo: un azar tempestuoso de amores, muertes, ímpetus y maldades; cicatrices que nunca curan, deseos de dominio y de ser dominados, confines inciertos donde nuestra realidad se abre en grietas hambrientas; mujeres y hombres amando y matando, haciendo y deshaciendo inútiles senderos donde otros confundirán sus pasos con los suyos; verdades queriendo nacer, mentiras transmutándose en verdad; un caos del que nace un orden que también acabará, arcanos esperando otras lecturas, esperando ser de nuevo barajados e interpretados, y reflejar otros mundos, otros órdenes, otros finales que, como éste, no lo serán.



El Juicio Final (XX)


En directo a todas las ciudades del Imperio, esos hombres y mujeres que un día dictaron el destino, ahora se sientan encadenados y obedientes ante el tribunal. En el público que una vez les ensalzó, arde ahora un odio visceral como su antigua devoción. No hay pantalla en el imperio que no muestre esos rostros, enfocados de cerca para remarcar arrugas y granos, para que el sudor que antes ocultaban muestre ahora su mísera humanidad. Pero no es el Juicio Final, sino el de siempre, el de quien posee las dagas y las piedras contra el que antes las tenía.



La Templanza (XIV)



Ella lo observa todo desde su alejamiento desapasionado, sin poder evitar sentir la armonía callada en esa danza mortal, contemplando las vidas perecederas con emoción estética carente de empatía. Contempla con despego a sus vecinos saliendo a la calle para lanzar flores a los de ahora, a los de antes, a los de siempre. Ella huye de polémicas, y desbroza con quirúrgica precisión las razones de los unos y los otros, orgullosa de su imparcialidad. Cuando golpean su puerta no comprende por qué los soldados la buscan a ella, y la arrastran al camión, a ella, tan apolítica, tan neutra.



La Fuerza (XI)



Todo parecía muerto cuando aparecieron las nuevas banderas. Ellos llegaron con sus grandes camiones, y sus carros de guerra, y altavoces con músicas alegres que hacían a los niños salir de sus agujeros. Reunieron en las plazas a las gentes, y les prometieron que las ciudades volverían a nacer, que los campos muertos darían frutos nuevos, más grandes y jugosos esta vez. Mientras se volvía a arar y a construir, ellos llenaron los camiones de antiguos enemigos y se los llevaron Algunos gritaban desesperados su inocencia, pero el pueblo aplaudía, pues ondeaban banderas de esperanza, y los himnos coreaban que el futuro les pertenecía.



El Sol (XIX)




El Sol arde como nunca en las calles sin vida. Algo cambió en la atmósfera cuando la gente enloqueció, alguien abrió las espitas del gas mientras todos dormían, alguien dejó volar ácidos y venenos, y volvió el cielo de ese color denso y rojizo. Ahora los árboles han muerto en la ciudad, y sólo montones de insectos vengativos se esfuerzan en recordar que la vida se resiste a morir. Los ancianos, si no hubieran muerto ya de calor y de pena, dirían que aquello es el final que les anunciaron sus abuelos. Pero hay niños vivos, muchos, los más fuertes.


27 enero, 2006

La Estrella (XVII)



Las vasijas contienen un poderoso alucinógeno. La joven deja la ciudad siguiendo el cauce del río, hasta hallar un lugar tranquilo donde sentarse bajo las estrellas cómplices y silentes. Dejó atrás la furia y el horror de las últimas semanas, la muerte de sus padres, de sus amigos. Su acción cambiará el mundo, y el líquido vertido llegará hasta las ciudades del Imperio, y los hombres transmutarán la razón en emociones deslavazadas. En las mentes de los ciudadanos se forjarán imágenes de futuros radiantes, pero en sus sueños habitarán aun los fantasmas del ayer, y cuando todos duerman, cobrarán vida.



26 enero, 2006

La Torre (XVI)




Todo se hunde. Desde la seguridad del despacho más alto de la más alta torre del Imperio, los perros guardianes emiten sus consignas a traves de inmensos altavoces, anunciando el apocalipsis, la división y el miedo. Los fuegos llevan días sin arder, y personas como hormigas prosiguen sus paseos, sus compras, sus amores, ajenos al terror ladrado desde arriba. Los niños lanzan piedras inútiles a los altavoces chirriantes, y algunos exaltados intentan forzar las puertas de la torre, ya sin defensas desde que el Emperador huyó y el Sumo Pontifice abrazó el ateismo. Si consiguen entrar, los altavoces serán suyos.