Las reglas del juego
El juego consiste en averiguar las reglas que lo rigen. Los jugadores vagan en grupo durante días por las calles, hasta que alguien aparece de repente, rodeado de cámaras y micrófonos, y agrede a uno de ellos, y da dinero a otro, y a un tercero le escupe y le dice palabras bonitas. Cuando se han ido los gritos y los focos los jugadores se miran con recelo y buscan una señal que de pistas del orden. El que tiene el dinero empieza a tener miedo, aunque no sabe si las reglas lo permiten. Después, mientras estén durmiendo, algunos morirán.
Éstos son mis cuentos de Cien Palabras.
Ocupan eso, 100 palabras exactas, sin contar el título.
Leed uno.
Despues otro.
Despacio, sin prisa.
Hay muchos, centenares de ellos.
Para sonreir, para reflexionar, para estremecerse...
Teneis tiempo, volved cuando querais.
28 septiembre, 2002
27 septiembre, 2002
Shock
Desperté tumbado en el suelo de la cafetería, bañado en sangre que creía mía pese a no sentir dolor. Luego vi los cuerpos tendidos, los impactos de bala. Me incorporé despacio, confundido, y vi que los clientes y los camareros estaban muertos, y el miedo y el asco se mezclaron con la alegría de pensar que yo me había salvado, echado bajo la mesa, donde me habrían dado por muerto. Absorto en el horror, aturdido, oía las sirenas cada vez más cerca, preguntándome quién podía hacer una cosa así, hasta que me percaté de que aun llevaba colgado el subfusil.
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Jordi Cebrián
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26 septiembre, 2002
Puerta cerrada
Papá siempre nos dice a mi hermana y a mi que podemos jugar por toda la casa, pero que nunca nos acerquemos a la última habitación del pasillo de arriba, y un día se puso furioso, me pegó porque me vio con la oreja pegada a la puerta, pero cuando mi papá duerme recorremos despacio el pasillo y nos agachamos para ver la luz, y esperamos a que se oiga otra vez esa voz rara que susurra, que nos recuerda a la de mamá, pero no puede ser mamá porque papá nos dijo que Dios se la llevó al cielo.
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Jordi Cebrián
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25 septiembre, 2002
Novela perdida
Cuando acabó la novela cometió un error informático y perdió el fichero que la contenía. Desesperado, sin copias de seguridad, intentó recuperar la información rebuscando inútilmente en las entrañas del ordenador. Al darse cuenta de que el daño era irreparable, sintió que le habían robado todo el tiempo que dedicó a crearla. Tardó mucho en sobreponerse, pensaba que nunca volvería a escribir, pero los fantasmas de su novela inexistente le llenaban las noches de sueños turbios, así que finalmente decidió rehacerla. Ahora los personajes eran más amargos, más cínicos y desesperados, y la amante del protagonista no sobrevivía al accidente.
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Jordi Cebrián
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24 septiembre, 2002
Invitación al zoo
Tenía una invitación para un acto en el zoo, donde no iba desde pequeño. Al entrar le indicaron el lugar sobre un plano. Localizó la puerta de acceso y se extrañó de ver el interior tan oscuro. Se trataría, supuso, de algún acuario, o de aves nocturnas. Siguió por el pasillo, abrió la puerta del fondo, y cuando se cerró tras de sí vio por fin las rejas, y la gente al otro lado, riéndose de él y tirándole cacahuetes. No llegó a comprender que era el invitado de excepción del martes, cuando dejan entrar a ver comer al tigre.
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Jordi Cebrián
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20 septiembre, 2002
Virtualidad real
Llevaban algo más de un año casados cuando recibieron una carta del Ayuntamiento en la que se les comunicaba que uno de los dos no era real. Les invitaban a pasarse por el laboratorio municipal de su barrio donde, tras una breve comprobación, les indicarían quién era auténtico y quién una ficción virtual. Dudaron sobre si acudir o dejar que su amor continuara más allá de tecnicismos. Pero, movidos por el civismo y el miedo a la desobediencia, se sometieron a las pruebas. Hoy uno de ellos vive solo, y el otro está cautivo digitalmente en un disco de ordenador.
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Jordi Cebrián
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19 septiembre, 2002
Localización por satelite
Me compré un sistema de posicionamiento por satélite, un GPS de andar por casa, para estar constantemente localizable. Mi mujer, conectándose a Internet desde el salón, puede saber si estoy en la cocina, en el balcón, o acercándome por el pasillo. También puede mandarme entonces un mensaje al móvil, con mis coordenadas, para que yo mismo sepa dónde estoy en ese momento. Por la noche ella discute sobre la utilidad de las nuevas tecnologías, y tengo que recordarle aquella vez en que tardó varios días en descubrirme oculto dentro de un armario empotrado, mientras que ahora lo haría en minutos.
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Jordi Cebrián
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18 septiembre, 2002
La estación
Hacía años que por aquellas vías no circulaba el ferrocarril, pero la gente del pueblo seguía acudiendo a la estación, cargados de maletas e ilusiones, esperando en vano durante horas o días, hasta que el hastío y la necesidad les hacían volver a sus casas, avergonzados de sí mismos por su infantil esperanza. Un día la gente del pueblo asumió la realidad, y se armaron de picos y palancas para derribar la estación. Esa noche el pueblo enloqueció, y todos festejaron el derribo sobre los escombros y los raíles retorcidos. Mientras el alcalde leía un discurso oyeron acercarse el tren.
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Jordi Cebrián
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17 septiembre, 2002
Nuestro enemigo el panadero
La reunión de vecinos se convocó de urgencia para mostrarnos que el panadero era nuestro enemigo. Dijeron que su sonrisa afable ocultaba un monstruo; que, si quería, podía envenenar los pasteles de cumpleaños y los bombones que se regalan los enamorados, un horror al que ningún vecino quería arriesgarse. Él no asistió a la reunión, pero quienes intentaron defenderlo o pidieron ver las pruebas tuvieron que salir entre abucheos y algún golpe. Restablecido el consenso, nos describieron crudamente cuanto tarda en morir un niño envenenado, y mientras crecía en nosotros el miedo y la rabia, empezaron a repartir las hoces.
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Jordi Cebrián
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16 septiembre, 2002
Despertar
Se siente descansado, tanto tiempo dormido tras el accidente que recuerda nada más despertar, imágenes de hierro y humo, el golpe y el olvido, tres años desaparecidos respirando por tubos y motores, sin que los médicos pensaran jamás que fuera posible aquella resurrección, nunca pudieron imaginar que tras quitar las máquinas y mostrar líneas planas sus constantes vitales, consiguiera revivir, y por eso certificaron su muerte, por eso él ahora se da un golpe en la cabeza al incorporarse, y entiende que todo esté tan oscuro y el aire sea denso, comprende que ha despertado tarde, tan hondo, tan abajo.
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Jordi Cebrián
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12 septiembre, 2002
La planta
Compró la planta porque le gustó su tronco grueso y retorcido, sus flores negras, y porque nunca había visto una igual. La puso en el salón. Esa misma noche, mientras dormía, empezaron a salir los gusanos, pequeños e incontables, por las grietas del tallo. Por la mañana, al levantarse, no percibió nada extraño, pues estaban ocultos bajo armarios o en las rendijas que quedan entre los muebles. Mientras estaba en la oficina, fueron muriendo por todos los rincones de la casa, semillas ahora de otras plantas o insectos o seres aun sin nombre donde crecerían más gusanos, pequeños e incontables.
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Jordi Cebrián
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11 septiembre, 2002
Consejos paranormales
Una vidente me aseguró, tras examinarme el aura, que en mi casa habitaban monstruos. Sin darme más detalles, me quiso vender unas velas para ahuyentarlos, hechas con cera y alas de mosca. Obviamente hice caso omiso de sus consejos, y volví a casa dispuesto a descubrir por mi mismo a los presuntos monstruos. Yo no creo en presencias espectrales, y en mi piso, lo comprobé bien, no había nadie más. Así que aquella bruja debía referirse a las cucarachas que, aunque de considerable tamaño y movilidad, viven conmigo en tranquila armonía, y así seguirá siendo pese a la magia negra.
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Jordi Cebrián
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10 septiembre, 2002
Cuento cifrado
Este cuento contiene un mensaje cifrado, aunque en apariencia repite la eterna historia de guerras, viajes y búsquedas. Un soldado huye de su ciudad cuando está a punto de caer en manos enemigas. Desde la segura lejanía, ve arder la ciudad, y oye gritos de mujeres que no han podido irse. Se da cuenta entonces de que esos gritos y esas llamas lo perseguirán siempre. Para olvidarlas, busca en las tabernas vinos fuertes y mujeres fáciles. Un día encuentra a un anciano al que no reconoce, aunque es él mismo. El viejo le da este cuento para que lo descifre.
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Jordi Cebrián
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07 septiembre, 2002
Mal negocio
Vendió su alma al diablo a cambio de cuatro baratijas, y cuando se dio cuenta del mal negocio que había hecho fue a reclamarla, pues le habían asegurado que tenía 15 días de plazo si no quedaba satisfecho con la transacción. En las oficinas le pidieron el recibo, y él tuvo que explicarles que se trataba de un contrato oral, sin papeles de por medio. Sin recibo, le dijeron tras escucharle, no hay devolución. Desanimado, nunca mejor dicho, pidió la hoja de reclamaciones y se despachó a gusto. Al salir a la calle, sintió el impulso de matar a alguien.
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Jordi Cebrián
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06 septiembre, 2002
Niebla
Es la ciudad más contaminada. La gente sale a la calle con lamparillas, para no chocar unos con otros entre la densa oscuridad. Ya no hay escaparates en las tiendas, pues nadie puede verlos. Los coches vagan perdidos, proclamando su desolación a bocinazos, motores fantasmales en un laberinto de asfalto y hierro, oculto entre la niebla de carbón y alquitrán. Muchos se pierden en el humo espeso, y se cuenta que vagan eternamente por calles lóbregas. Los niños, sin embargo, se mueven entre las tinieblas con naturalidad, juegan en los parques, y por las risas saben donde están los demás.
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Jordi Cebrián
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04 septiembre, 2002
Máquina de bebidas
Desde que han instalado la nueva máquina de bebidas, la gente de mi oficina está muy contenta. Era una reivindicación antigua, tener un espacio donde poder sacar un café o un té mientras uno se toma un pequeño receso del trabajo. Sin embargo, creo que tanta alegría no es normal: han dejado de criticar las decisiones de los jefes, hacen horas extras sin que se las paguen, y asumen los objetivos estratégicos de la empresa con entusiasmo, aun cuando éstos sean disparates irrealizables. Por si acaso, he decidido no usar la máquina, e intentaré descubrir qué le añaden al café.
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Jordi Cebrián
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03 septiembre, 2002
Juegos infantiles
Encontró a las niñas cuando ya llevaba rato perdido. Un atajo mal elegido y un pinchazo inoportuno le habían dejado desorientado y confuso en medio de una carretera medio abandonada. Tiempo atrás habían circulado por allí camiones que conducían a la antigua mina de carbón. La vegetación era densa y oscura a causa del polvo y del hollín. Se extraño de que las niñas jugaran solas en el bosque, y a esa hora. Les preguntó amablemente por un teléfono desde donde llamar, pero ellas prefirieron quedarse jugando con él, a atarlo, a pincharlo, a esconderlo para que nadie lo encontrara.
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Jordi Cebrián
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01 septiembre, 2002
Muerte en el balcón
Una paloma fue a morir a su balcón. La descubrió de noche, y aunque sabía que no había motivo para el miedo, la presencia de la muerte en su terraza le producía un desasosiego del que no podía liberarse. Intentó ahuyentarla, pero no se movía del rincón, agitando apenas la cabeza ante sus vanos esfuerzos por asustarla. Cerró entonces el balcón, y echó las cortinas. Mañana recogería su cuerpo inerte para echarlo a la basura, eso era todo, podía ir a dormir tranquilo. Apartó las cortinas una vez más. La paloma, con los ojos cerrados, aun temblaba. Dentro, él también.
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Jordi Cebrián
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30 agosto, 2002
Cinco minutos
Cinco minutos antes de tu muerte tan sólo te quedarán cinco minutos de vida. Tal vez lo ignores y creas que verás el partido entero, o que llegarás sano y salvo a tu destino. O puede que los apures, que sepas su valor y su misterio, que la cuenta atrás no te sea ajena, aunque la temas, o la desees, o tal vez esperes que alguien llegue a tiempo de contarte que todo era una broma, que no hay tiempos fijados, ni reglas, ni guiones escritos. Y si has creído en hadas, las sentirás bailar alrededor. Cinco minutos, tanto tiempo.
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Jordi Cebrián
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27 agosto, 2002
Reflejos
No me atrevo a comentarlo con mi mujer, pero cada vez que en casa paso por delante de un espejo, veo allí reflejadas personas que corren a esconderse cuando las miro. Primero eran presencias fugaces, a las que pillaba desprevenidas, pero lo suficientemente nítidas como para hacerme dudar de mi cordura. Ahora sé que existen, que son reales, que habitan nuestra casa invertida, usan nuestras cosas reflejadas y leen libros escritos del revés. Son tímidos, pero de un tiempo a esta parte me han cogido confianza y cada mañana rodean mi imagen en el espejo para ver cómo me afeito.
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Jordi Cebrián
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26 agosto, 2002
Extraño encuentro
La niña tuvo que acostumbrar sus ojos a la oscuridad antes de verle sentado a la mesa, agitándose inquieto en la silla, jugando compulsivamente con un tenedor. Ella avanzó despacio y tomó asiento también, temiendo que aquel hombre oliera su miedo, oyera los latidos descontrolados de su pequeño corazón. En el suelo, entre restos de comida y desperdicios, una pequeña jaula con una liebre dentro, removiéndose desesperada en aquel pequeño espacio. El hombre, que llevaba un sombrero verde estrafalario, reía absurdamente, se murmuraba cosas a si mismo, y agitaba con furia los cubiertos. Alicia, aterrada, empezó a servir el té.
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Jordi Cebrián
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24 agosto, 2002
Amor
En la mirada que la recorre hay amor, y cuando con los dedos acaricia su cabello rubio desearía congelar ese instante sintiéndola tan cerca, atrapar cada curva de su silueta, cada matiz de su piel suavísima. Acerca sus labios a los de ella, y quiere demorar el momento del beso mirando ese rostro sereno que le aviva el deseo y la abraza y la hace suya, queriéndola más allá del frío de su piel y del olor inevitable, siempre igual, imposible mantenerlas así, tan calladas, y deberá trabajar en el jardín y volver a la ciudad buscando a su amor.
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Jordi Cebrián
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23 agosto, 2002
Prisionero en cuerpo ajeno
Estaba encerrado en un cuerpo que no era el suyo, en una persona gris a la que no le gustaba la comida picante, ni el riesgo, alguien que se ocultaba en casa cuando llovía y que nunca exploraba la ciudad de noche. Se sentía prisionero de ese vivir apático, de ese hombre temeroso tan distinto de él. Soñaba con que un día alguien rompería aquella magia negra y se vería libre para ser él mismo. Con el tiempo descubrió que no había prisión ni encantamiento, pero ya era demasiado tarde: tenía un trabajo estable y ya había pedido una hipoteca.
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Jordi Cebrián
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22 agosto, 2002
El vientre de la ciudad
Viven monstruos terribles en los túneles de la ciudad, seres sin luz ni corazón que se alimentan de ratas, gatos y mendigos. Para cazar a estas bestias, una virgen armada con una daga corta entra sola de noche en las alcantarillas, mientras la ciudad reza por ella. Tras recorrer colectores y escalas, se hace un corte en la palma y deja que su sangre caiga al agua. Cierra los ojos, hasta que siente un aliento húmedo en la nuca y algo como una garra acariciando su muslo. Entonces sus manos aferran el cuchillo, y hace lo que tiene que hacer.
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Jordi Cebrián
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Dios a votación
El pueblo se reunió en asamblea para encargar un dios hecho a medida. Se votaron los atributos teológicos principales. Hubo amplio acuerdo respecto a la omnipotencia, indispensable para que su nuevo dios pudiera hablar de tú a tú con dioses de pueblos vecinos. Algunos sugirieron que fuera una característica desactivable, para evitar que las previsibles iras divinas tuvieran consecuencias funestas. La omnisciencia despertó menos apoyos, pues el pueblo era muy celoso de sus secretos e intimidades, así que se restringió estableciendo garantías jurídicas. El don de la ubicuidad fue descartado: se le asignó a Dios un despachito en la sacristía.
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Jordi Cebrián
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21 agosto, 2002
Nominación
El presidente de la escalera me comunicó que había sido nominado para el Premio al Peor Vecino, en dura competencia con el del ático, que siempre baja basuras putrefactas en el ascensor y lo deja apestoso, y con la pareja de moldavos del tercero a quienes algunos envidiosos reprochan un exceso de decibelios en sus expansiones amorosas a horas avanzadas. Me ilusionó mucho la nominación, pero luego me invadió la convicción intima de que ni mis insultos desde el balcón a los transeúntes, ni mis frecuentes bromas en la escalera con pieles de plátano, serían considerados méritos suficientes para ganar.
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Jordi Cebrián
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20 agosto, 2002
Fantasmas de biblioteca
Los espíritus se manifiestan en las casas con signos sutiles y ominosos, manchas de sangre en las alfombras o puertas rechinando de noche. Luego se animan y empiezan a mover muebles y tirar jarrones. En ocasiones incluso llegan a las manos, ectoplásmicamente hablando, con los moradores. Pero en mi casa los fantasmas sólo actúan en los libros de mi biblioteca: cambian los finales, hacen comportarse a los personajes de las novelas de modo insospechado, o trastocan nombres, adjetivos y adverbios para ponerlo todo patas arriba. Yo ya no uso mis libros de recetas desde que un día casi me enveneno.
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Jordi Cebrián
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19 agosto, 2002
Relevo en la investigación
Al inspector Guzmán no le ha gustado que le apartaran del caso. Durante seis años ha estado coordinando la investigación, clasificando cada pista, cada hipótesis, cada detalle de cada una de las once muertes de chicas altas y rubias. Pero tras los últimos crímenes sus superiores necesitan resultados, y ahora, presionados por la prensa, van a sustituirle por algún chavalillo de academia con métodos modernos y asesorado por expertos extranjeros. Es por todo esto que Guzmán pasea triste, y aunque sabe que a partir de ahora será más difícil, se decide a seguir a una chica rubia que anda sola.
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Jordi Cebrián
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18 agosto, 2002
Consejos
La gente siempre busca mis consejos para temas de amor, trabajo, familia y dudas existenciales en general. Yo sólo digo disparates y majaderías, pero parecen no darse cuenta, y siempre acaban muy reconfortados y convencidos sobre lo que tienen que hacer. Aunque casi ni escucho sus rollos sobre sentimientos y angustias, cuando noto por el tono de su voz que buscan aprobación o rechazo, suelto lo primero que se me ocurre, con tono reflexivo, irónico, indignado o misterioso, según cómo me dé. Y si acaban pidiendo concreciones concretas, pues se las doy, y si no les gusta que no vuelvan.
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Jordi Cebrián
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16 agosto, 2002
Payasos
Antes no me gustaban los payasos, me angustiaban sus muecas, su andar torpe, ese maquillaje pavoroso en los ojos y las bocas sobre un blanco mortecino. Nunca lo conté por no parecer cobarde, y para mi décimo cumpleaños me llevaron al circo en primera fila. Pronto los payasos rodearon la pista tirando agua al público. Antes de que me diera cuenta un horrible círculo de caras gritonas y narices rojas me rodeaba, me agarraba. Lo último que vi fue a mis padres riendo, antes de que me llevaran dentro, me pintaran la cara, y me convirtieran en uno de ellos.
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Jordi Cebrián
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13 agosto, 2002
Atasco
Pensaron al principio que se trataría de algún accidente algunos kilómetros más adelante, la única explicación de una retención en la autopista que duraba ya más de dos horas. Quienes tenían aire acondicionado en sus coches se refugiaban allí e intentaban relajarse y pasar el tiempo escuchando música. Otros habían salido y hablaban en corrillos con los ocupantes de los otros vehículos. Cuando se oyó llegar a los helicópteros todos pensaron que se trataba de una actuación para solucionar el atasco, así que los disparos y las explosiones les cogieron desprevenidos y tardaron en comprender que ellos eran el objetivo.
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Jordi Cebrián
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Videoclub de barrio
Siempre me dejaba aconsejar por el dueño del videoclub, que cada vez me recomendaba películas más raras: cosas checas experimentales, ficciones documentales sobre el subdesarrollo urbano, o extrañas narraciones visuales donde no pasaba nada durante minutos hasta que de repente irrumpía en pantalla un gallo desplumado, cosas muy extrañas, ya digo. Me sabía mal no hacerle caso, pero llegó un momento en que aquello se hizo aborrecible, así que un día le insinué que, por una vez, escogería una película de polis, con mucha acción, tiros y explosiones. No me dijo nada, pero vi cómo anotaba algo en mi ficha.
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Jordi Cebrián
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12 agosto, 2002
Casa de muñecas
Le regalé a mi mujer una casa de muñecas, su sueño de siempre. Era una casa victoriana de tres pisos más buhardilla, además de galería y terraza. Mi mujer la decoró con esmero, y dotó de nombre y de pasado a los muñecos: Don Cosme, Dorothy, los niños... Jugábamos juntos a inventarnos historias, locamente repletas de amores, riñas y traiciones. Pero un día malhadado le regalé un muñeco fantasma para la casa, una ocurrencia que parecía divertida. Desde entonces Don Cosme ha empeorado del corazón, y dice oir gemidos y cadenas, aunque el resto de la familia no le cree.
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Jordi Cebrián
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09 agosto, 2002
Miniatura gigantesca
Aquélla era una miniatura gigantesca. Seis metros de largo por dos de alto, repleta de detalles minúsculos, cada centímetro cuadrado mostraba paisajes o caras o detalles de cocinas rurales a la luz de la tarde. Había castillos, ríos, guerras, multitudes donde cada rostro era mostrado con precisa minuciosidad. Pero, como en las paradojas geométricas, cada figura o forma mutaba y era también lo más opuesto, según cómo se mirase. La gente examinaba aquella inmensidad inabarcable, aquel aleph densísimo, buscando su propio rostro o el de un ser querido. Y si lo hallaban nunca más podían volver a dar con él.
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Jordi Cebrián
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08 agosto, 2002
Plagio
Descubrí que hay alguien en Internet que copia mis cuentos. En cuanto publico uno nuevo, mi imitador crea una réplica del mismo en su propia página web. Pero, para mi vergüenza, cada uno de sus cuentos es cien veces mejor que los míos. Donde yo apenas tengo el germen de una idea, él la presenta desarrollada con una inteligencia y un talento que yo sólo puedo envidiar. Plagia mis cuentos, es verdad, pero no me atrevo a denunciarle, ni siquiera a ponerme en contacto con él, pues temo descubrir que su vida sea también una versión mejorada de la mía.
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Jordi Cebrián
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04 agosto, 2002
Inquietud
Era una pensión de mala muerte, lo único que pude conseguir en la ciudad. La habitación estaba en un piso alto, y mi cama daba a un ventanal sin protecciones al que me dio vértigo asomarme. Estaba cansado, pero no podía dejar de pensar en que, si me dormía, tal vez me acercara sonámbulo a la ventana y acabara muerto allá abajo, sin darme cuenta. Aunque hacía calor, intenté cerrarlo, pero las juntas no encajaban bien y sólo pude entornarlo. El sueño me venció, y no pude volver a despertar, aunque sentía el ventanal abierto, arriba, y el suelo acercarse.
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02 agosto, 2002
Historias de carretera (1)
Tardó en asimilar lo que había visto mientras adelantaba al camión de ganado: manos humanas aferradas a los pequeños barrotes, brazos entre brazos agitándose para buscar aire o pedir auxilio. Y, lo más terrible, ojos tristes y temerosos brillando en la oscuridad entre las rendijas de los tablones de madera. Cuando el camión tomó un camino lateral, dio la vuelta y le siguió sin ser visto, hasta una mina abandonada. Estaba seguro de que se trataría de inmigrantes ilegales, mano de obra barata, hasta que oyó los cánticos del círculo de personas que esperaban ritualmente alrededor de un gran pozo.
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Jordi Cebrián
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19 julio, 2002
Cuadernos de sabiduría
Está solo en la gran sala oscura, un laberinto de estanterías llenas de papeles manuscritos; cajones abarrotados de tarjetas de cartón con tachones y subrayados; altísimos ficheros que parecen vomitar papeles descoloridos. Lleva años viniendo cada día, incluso durante las fiestas solares, que duran semanas, y ya no nota el olor húmedo a moho y orín de rata que enrarece el ambiente. Busca anotaciones antiguas, fechas de batallas que nadie conoce, ascendencias gloriosas o infames. Luego, por la noche, apunta cada descubrimiento en cuadernos amarillos que, cuando ha llenado, guarda y colecciona. Y no deja nunca que nadie los lea.
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18 julio, 2002
Vida de pueblo
Nos acogieron bien cuando mi mujer y yo fuimos a vivir allí. La gente de pueblos pequeños de montaña, aunque pueden parecer hoscos y cerrados, saben de la importancia de la hospitalidad. Habíamos comprado la casa hacía poco, cuando el anterior propietario, ya anciano, murió. Yo escribía mi novela, ella su tesis. Cada tarde nos venían a ver, y nos traían pasteles hechos con hierbas de la zona. Por la mañana, encontrábamos ante la puerta leche y miel. Fuimos cambiando sin darnos cuenta. Mi novela ha muerto, ella dejó el doctorado. Ahora preparamos madalenas con hierbas para los nuevos vecinos.
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17 julio, 2002
El granjero
Desde que mató a su propio hijo en una discusión, todas las patatas que recoge del huerto donde lo enterró sangran al ser cortadas, y las frutas de los arboles del huerto revientan de rojo al ser mordidas. Desde la granja, por la noche, se oyen venir del huerto ecos de las canciones obscenas que su hijo gritaba cuando volvía borracho por la noche o, a veces, se escuchan tristes sollozos. El granjero no va a rendirse, ni a abandonar su casa, aunque tenga que hacer todo el trabajo solo, sin hijo, sin mujer, los dos juntos bajo el huerto.
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16 julio, 2002
El lugar donde vivo
No hay calles, donde vivo. Sólo un bloque de casas, repleto de escaleras y pasillos, y ascensores que llevan a más pasillos y escaleras. Nadie conoce la salida, ni creo que la haya. Hay vecinos que llevan años empeñados en encontrar el portal de la calle. Exploran, hacen mapas, numeran las puertas, y pintan las escaleras por donde han pasado de colores vivos, para no recorrerlas de nuevo por error. Otros, en cambio, incrédulos o indiferentes, se encierran en sus casas a ver películas, y sólo salen para ir de compras o a cenar a las galerías del piso rojo.
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15 julio, 2002
Premio literario
Escribí un cuento minúsculo y lo mandé a un concurso. Una semana después me notificaron que había ganado, y que me mandaban por mensajero una piruleta con mi nombre grabado en el palo. Me hizo muchísima ilusión, pues nunca había ganado nada, pero tras dejarme la piruleta en casa, el mensajero tuvo un accidente en la esquina y murió. Quedé afectadísimo por la tragedia: si nunca hubiera tenido la idea absurda de escribir aquella ridiculez, aquel chaval estaría vivo. Mientras le daba vueltas al tema, me comí la piruleta y enmarqué el palo, porque una cosa no quita la otra.
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12 julio, 2002
Problemas de memoria
Compré a muy buen precio la expansión de memoria. Había pertenecido a un catedrático de Historia Antigua que, cuando se jubiló, dejó de necesitarla para dar clases, y prefería en cambio algo de dinero en efectivo. Por supuesto, traficar con memorias de segunda mano está muy prohibido. No me importaba. Tras implantármela en el zócalo de la nuca, empecé a recordar listas de reyes antiguos e historias de batallas entre religiones, y apenas me quedaba espacio para mis planes de aprenderme la agenda de teléfonos y todo Shakespeare. Para borrar los recuerdos ajenos, sería necesario formatear de nuevo la memoria.
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10 julio, 2002
Viaje en avión
Me acomodé en el asiento, procurando recordar las instrucciones de mi psicólogo. Respiraba yo tranquilo, leía el periódico, e intentaba no pensar que pronto me encontraría a más de diez mil metros de altura sobre un trozo de chatarra lanzado a ochocientos kilómetros por hora. Luego, la azafata nos ilustró sobre lo que debíamos hacer si el avión ardía a medio viaje sobre el océano, o si estallaban las ventanas y nos despresurizábamos todos de golpe. Durante el vuelo, mientras intentaba recordar lo seguro que es el transporte aéreo, vi que las azafatas salían llorando de la cabina del piloto.
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09 julio, 2002
Otro loco
Siempre contaba que una vez le habían abierto la cabeza para curarlo, y que tras mucho revolver allí dentro le habían dejado por imposible. Entonces se apartaba el pelo blanco y mostraba la cicatriz que le cruzaba todo el cráneo. Para impresionar, pedía a las mujeres que le tocaran la cicatriz con los dedos, que notaran su pulso, que sintieran el latir de su locura. Pocas se atrevían, pero cuando una lo hacía, él cerraba los ojos y le explotaban estrellas en el cerebro, y las voces le contaban secretos y miedos que, por bondad, nunca repetía en voz alta.
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Vejez
Desde que murió su marido, dedica el tiempo a cuidar la casa y los perros. En el vecindario la miran mal, se apartan incluso de la acera por donde anda, pero ella levanta la cabeza con dignidad, y es tal vez ese desprecio de las personas lo que la hace dedicarse a los animales. Le encantan los perros, le gusta cuidarlos y tenerlos limpios. Por eso en el barrio, cada noche, se lleva a casa alguno de los perros de sus vecinos, a limpiarlo, a bañarlo, aunque a veces se resistan y tenga que hacer que ya no ladren más.
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04 julio, 2002
Cuentos hechos pedazos
Cuando el anciano abandonó la ciudad, no dejó de escribir historias. Lo hacía con una pluma hecha de caña y tinta negra. Escribía minúsculos y elegantes trazos en un papel diminuto, donde no había lugar para más de cien palabras. Luego ataba el cuento a la pata de una paloma mensajera, y la hacía volar hacia el lugar de donde él venía. A veces, antes de llegar a su destino, un cazador disparaba a la paloma, y la hacía caer. Entonces las historias flotaban rotas en el aire, y el suelo se llenaba de venía, lugar, caña, elegantes, ataba, ciudad...
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Jordi Cebrián
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03 julio, 2002
Tiempos extraños, éstos
Antes podíamos pasear por el bosque, reseguir sus senderos, dormir junto a sus fuentes las tardes de verano. Hoy dicen que la paz que aparenta es sólo un engaño para ingenuos, que hay fieras escondidas, que sus caminos pueden transformarse en laberintos oscuros, que sus arboles y espinos no son ya amigos nuestros. Nadie en la ciudad se acerca al bosque y cuentan los horrores a sus hijos. Sólo algunos locos siguen sus senderos como antaño, duermen junto a las fuentes, y regresan diciendo que todo son engaños y vanos miedos. Su temeridad demuestra que el bosque los ha enloquecido.
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Jordi Cebrián
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02 julio, 2002
Más recuerdos de la infancia
De pequeños jugábamos a fútbol en un terreno abandonado cerca de casa. Muchas veces salía un viejo loco a uno de los balcones. Nos insultaba, y nos gritaba que no jugáramos, que estaba enfermo y le dejáramos dormir. Recibía como respuesta gestos obscenos y canciones burlonas. Un día el balón se coló en su balcón y, para no pedírselo, decidimos subir por la cañería. Lo hizo uno de los mayores: trepó, saltó, cogió la pelota, y nos saludó. A su espalda, vimos el brazo que le agarró y le llevó dentro, y salimos corriendo, y nunca pudimos olvidar aquellos gritos.
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Jordi Cebrián
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30 junio, 2002
Tarde de cine
Ha entrado en el cine porque la tarde es larga estando solo, y en la ciudad llueve, y quiere estar un rato con zombis y heroínas. Hay poca gente en la sala, todos naufragos del frío y la humedad del exterior. Alguien se ha sentado tras él, justo detrás, y le pone nervioso su respiración ruidosa. Tampoco le gusta que los acomodadores no dejen de mirarlo, ni que susurren. Sabe que sería absurdo irse, caer en el terror de la sugestión. Nadie le clavará nada en la nuca, y los acomodadores que encadenan las puertas lo hacen sólo por precaución.
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Jordi Cebrián
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