Cuadernos de sabiduría
Está solo en la gran sala oscura, un laberinto de estanterías llenas de papeles manuscritos; cajones abarrotados de tarjetas de cartón con tachones y subrayados; altísimos ficheros que parecen vomitar papeles descoloridos. Lleva años viniendo cada día, incluso durante las fiestas solares, que duran semanas, y ya no nota el olor húmedo a moho y orín de rata que enrarece el ambiente. Busca anotaciones antiguas, fechas de batallas que nadie conoce, ascendencias gloriosas o infames. Luego, por la noche, apunta cada descubrimiento en cuadernos amarillos que, cuando ha llenado, guarda y colecciona. Y no deja nunca que nadie los lea.
Éstos son mis cuentos de Cien Palabras.
Ocupan eso, 100 palabras exactas, sin contar el título.
Leed uno.
Despues otro.
Despacio, sin prisa.
Hay muchos, centenares de ellos.
Para sonreir, para reflexionar, para estremecerse...
Teneis tiempo, volved cuando querais.
19 julio, 2002
18 julio, 2002
Vida de pueblo
Nos acogieron bien cuando mi mujer y yo fuimos a vivir allí. La gente de pueblos pequeños de montaña, aunque pueden parecer hoscos y cerrados, saben de la importancia de la hospitalidad. Habíamos comprado la casa hacía poco, cuando el anterior propietario, ya anciano, murió. Yo escribía mi novela, ella su tesis. Cada tarde nos venían a ver, y nos traían pasteles hechos con hierbas de la zona. Por la mañana, encontrábamos ante la puerta leche y miel. Fuimos cambiando sin darnos cuenta. Mi novela ha muerto, ella dejó el doctorado. Ahora preparamos madalenas con hierbas para los nuevos vecinos.
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Jordi Cebrián
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17 julio, 2002
El granjero
Desde que mató a su propio hijo en una discusión, todas las patatas que recoge del huerto donde lo enterró sangran al ser cortadas, y las frutas de los arboles del huerto revientan de rojo al ser mordidas. Desde la granja, por la noche, se oyen venir del huerto ecos de las canciones obscenas que su hijo gritaba cuando volvía borracho por la noche o, a veces, se escuchan tristes sollozos. El granjero no va a rendirse, ni a abandonar su casa, aunque tenga que hacer todo el trabajo solo, sin hijo, sin mujer, los dos juntos bajo el huerto.
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Jordi Cebrián
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16 julio, 2002
El lugar donde vivo
No hay calles, donde vivo. Sólo un bloque de casas, repleto de escaleras y pasillos, y ascensores que llevan a más pasillos y escaleras. Nadie conoce la salida, ni creo que la haya. Hay vecinos que llevan años empeñados en encontrar el portal de la calle. Exploran, hacen mapas, numeran las puertas, y pintan las escaleras por donde han pasado de colores vivos, para no recorrerlas de nuevo por error. Otros, en cambio, incrédulos o indiferentes, se encierran en sus casas a ver películas, y sólo salen para ir de compras o a cenar a las galerías del piso rojo.
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Jordi Cebrián
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15 julio, 2002
Premio literario
Escribí un cuento minúsculo y lo mandé a un concurso. Una semana después me notificaron que había ganado, y que me mandaban por mensajero una piruleta con mi nombre grabado en el palo. Me hizo muchísima ilusión, pues nunca había ganado nada, pero tras dejarme la piruleta en casa, el mensajero tuvo un accidente en la esquina y murió. Quedé afectadísimo por la tragedia: si nunca hubiera tenido la idea absurda de escribir aquella ridiculez, aquel chaval estaría vivo. Mientras le daba vueltas al tema, me comí la piruleta y enmarqué el palo, porque una cosa no quita la otra.
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Jordi Cebrián
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12 julio, 2002
Problemas de memoria
Compré a muy buen precio la expansión de memoria. Había pertenecido a un catedrático de Historia Antigua que, cuando se jubiló, dejó de necesitarla para dar clases, y prefería en cambio algo de dinero en efectivo. Por supuesto, traficar con memorias de segunda mano está muy prohibido. No me importaba. Tras implantármela en el zócalo de la nuca, empecé a recordar listas de reyes antiguos e historias de batallas entre religiones, y apenas me quedaba espacio para mis planes de aprenderme la agenda de teléfonos y todo Shakespeare. Para borrar los recuerdos ajenos, sería necesario formatear de nuevo la memoria.
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Jordi Cebrián
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10 julio, 2002
Viaje en avión
Me acomodé en el asiento, procurando recordar las instrucciones de mi psicólogo. Respiraba yo tranquilo, leía el periódico, e intentaba no pensar que pronto me encontraría a más de diez mil metros de altura sobre un trozo de chatarra lanzado a ochocientos kilómetros por hora. Luego, la azafata nos ilustró sobre lo que debíamos hacer si el avión ardía a medio viaje sobre el océano, o si estallaban las ventanas y nos despresurizábamos todos de golpe. Durante el vuelo, mientras intentaba recordar lo seguro que es el transporte aéreo, vi que las azafatas salían llorando de la cabina del piloto.
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Jordi Cebrián
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09 julio, 2002
Otro loco
Siempre contaba que una vez le habían abierto la cabeza para curarlo, y que tras mucho revolver allí dentro le habían dejado por imposible. Entonces se apartaba el pelo blanco y mostraba la cicatriz que le cruzaba todo el cráneo. Para impresionar, pedía a las mujeres que le tocaran la cicatriz con los dedos, que notaran su pulso, que sintieran el latir de su locura. Pocas se atrevían, pero cuando una lo hacía, él cerraba los ojos y le explotaban estrellas en el cerebro, y las voces le contaban secretos y miedos que, por bondad, nunca repetía en voz alta.
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Jordi Cebrián
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Vejez
Desde que murió su marido, dedica el tiempo a cuidar la casa y los perros. En el vecindario la miran mal, se apartan incluso de la acera por donde anda, pero ella levanta la cabeza con dignidad, y es tal vez ese desprecio de las personas lo que la hace dedicarse a los animales. Le encantan los perros, le gusta cuidarlos y tenerlos limpios. Por eso en el barrio, cada noche, se lleva a casa alguno de los perros de sus vecinos, a limpiarlo, a bañarlo, aunque a veces se resistan y tenga que hacer que ya no ladren más.
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Jordi Cebrián
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04 julio, 2002
Cuentos hechos pedazos
Cuando el anciano abandonó la ciudad, no dejó de escribir historias. Lo hacía con una pluma hecha de caña y tinta negra. Escribía minúsculos y elegantes trazos en un papel diminuto, donde no había lugar para más de cien palabras. Luego ataba el cuento a la pata de una paloma mensajera, y la hacía volar hacia el lugar de donde él venía. A veces, antes de llegar a su destino, un cazador disparaba a la paloma, y la hacía caer. Entonces las historias flotaban rotas en el aire, y el suelo se llenaba de venía, lugar, caña, elegantes, ataba, ciudad...
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Jordi Cebrián
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03 julio, 2002
Tiempos extraños, éstos
Antes podíamos pasear por el bosque, reseguir sus senderos, dormir junto a sus fuentes las tardes de verano. Hoy dicen que la paz que aparenta es sólo un engaño para ingenuos, que hay fieras escondidas, que sus caminos pueden transformarse en laberintos oscuros, que sus arboles y espinos no son ya amigos nuestros. Nadie en la ciudad se acerca al bosque y cuentan los horrores a sus hijos. Sólo algunos locos siguen sus senderos como antaño, duermen junto a las fuentes, y regresan diciendo que todo son engaños y vanos miedos. Su temeridad demuestra que el bosque los ha enloquecido.
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Jordi Cebrián
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02 julio, 2002
Más recuerdos de la infancia
De pequeños jugábamos a fútbol en un terreno abandonado cerca de casa. Muchas veces salía un viejo loco a uno de los balcones. Nos insultaba, y nos gritaba que no jugáramos, que estaba enfermo y le dejáramos dormir. Recibía como respuesta gestos obscenos y canciones burlonas. Un día el balón se coló en su balcón y, para no pedírselo, decidimos subir por la cañería. Lo hizo uno de los mayores: trepó, saltó, cogió la pelota, y nos saludó. A su espalda, vimos el brazo que le agarró y le llevó dentro, y salimos corriendo, y nunca pudimos olvidar aquellos gritos.
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Jordi Cebrián
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30 junio, 2002
Tarde de cine
Ha entrado en el cine porque la tarde es larga estando solo, y en la ciudad llueve, y quiere estar un rato con zombis y heroínas. Hay poca gente en la sala, todos naufragos del frío y la humedad del exterior. Alguien se ha sentado tras él, justo detrás, y le pone nervioso su respiración ruidosa. Tampoco le gusta que los acomodadores no dejen de mirarlo, ni que susurren. Sabe que sería absurdo irse, caer en el terror de la sugestión. Nadie le clavará nada en la nuca, y los acomodadores que encadenan las puertas lo hacen sólo por precaución.
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Jordi Cebrián
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28 junio, 2002
Cine de barrio
Cuando íbamos de pequeños al cine del barrio, a ver sesión doble, nos sentábamos en la fila de atrás de la que quedaba debajo del anfiteatro. Para que no nos molestaran la visión, cuando alguien quería sentarse delante le advertíamos, señalando arriba con complicidad, que unos gamberros estaban tirando chicles y escupiendo. La gente nos lo agradecía y se iban a otro sitio. Un día llegaron unos chavales mayores, se rieron de nosotros, y se sentaron delante nuestro, tapándonos la pantalla y riendo y gritando. Para nosotros tuvo algo de justicia poética que una niña les vomitara encima desde arriba.
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Jordi Cebrián
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26 junio, 2002
Vidas no vividas
A veces, cuando el anciano escribe, su corazón duele por no ser él el pirata que defiende a los pobres, por no ser él el bárbaro perdido en un paraje helado, acechando la joya errante que lo sacará del infortunio. Y aunque sabe que en cada espada que hubiera empuñado, en cada tesoro que hubiera descubierto, estaría también la ausencia de otras experiencias, siente que es un engaño querer vivirlas todas a través del papel, y, cuando acaba el cuento, mira por la ventana abierta, y suspira por la hermosa princesa a la que jamás defenderá de los malvados orcos.
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Jordi Cebrián
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25 junio, 2002
Promoción laboral
Hoy me han comunicado que he sido nombrado Director de Laberintos Administrativos. El cargo llevaba vacante desde hacía años, cuando murió el anterior responsable en un desgraciado accidente con grapas y unos legajos. El Jefe de Recursos Humanos me contó que el trabajo de mi antecesor había sido tan bueno, que reemplazarle constituyó un auténtico enredo de papeles, informes, validaciones, duplicados y firmas digitales. Me será dificil estar a la altura, pero como primera medida he mandado dividir el Departamento de Peticiones Inauditas en dos subnegociados adscritos al Consejo de Supervisión de Obviedades. Me encanta ser útil a la empresa.
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Jordi Cebrián
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24 junio, 2002
Secretos oscuros
Sé que el tendero de la esquina engaña a su mujer, y haré que ella lo sepa. Sé de una joven que sueña avergonzada que la tocan, y sueña que le gusta, y me gusta saberlo. Sé de golpes e insultos en casas donde todos creen que reina la armonía. Sé de un engaño antiguo y muy terrible que aún impide dormir a la mujer del bar, y sé que su marido, por dos veces, ha estafado dinero a su mejor amigo. Todo esto lo sé, porque me lo han contado ellos mismos, confiando ingenuamente en el secreto de confesión.
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Jordi Cebrián
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23 junio, 2002
Loco
Es el loco del barrio, y no le hacemos caso, todos tan ocupados en nuestras prisas. Siempre persigue mariposas que sólo él ve, y las explica, con sus colores y formas de ojos y antifaces. Los domingos regala claveles de papel y cartón a las chicas que pasean por la calle, y cuenta a quien quiere oírle que él trajo el agua a la ciudad hundiendo una rosa roja en el lomo de una ballena. Los niños pequeños le tienen miedo, y se esconden tras sus madres. Sólo alguna abuela, que le conoció de niño, le dedica una sonrisa amable.
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Jordi Cebrián
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20 junio, 2002
Crimen perfecto
Desde que leí, de pequeño, a Agatha Christie, estuve obsesionado con la idea de planear un crimen perfecto. Mis primeros intentos fueron infructuosos: no conseguía matar a nadie y, además, me pillaban igual. Dediqué entonces mucho tiempo, y muchas lecturas de Erle Stanley Gardner y Rex Stout, a mejorar mis planes, e incluso diseñé estrategias inéditas y nuevos métodos de matar. Cuando me creí finalmente preparado, puse en marcha el mejor de mis planes, y no hubiera fallado de no haber sido por aquel cable pelado y la mala disposición de unas lentes. Pero la próxima vez será la definitiva.
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Jordi Cebrián
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19 junio, 2002
Tras la puerta
Cierra la puerta y, con el golpe, su memoria olvida lo que hay al otro lado. Se asusta. Acaba de salir, debe recordarlo. Mira a su alrededor. Aquello es el pasillo de su casa. Por un lado se llega al salón, por el otro, a las habitaciones de los niños, y tras la puerta... nada, el vacio mental. Se trata, seguro, de algo que quiere olvidar, algo oscuro y horrible que su inconsciente rechaza. Recuerda entonces la discusión con su mujer, esa tarde, y todo cristaliza en su cabeza: debe ordenar aquel desastre de despacho que hay tras la puerta.
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Jordi Cebrián
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18 junio, 2002
Ciudad furiosa
A veces, incluso las ciudades más pacíficas enfurecen de golpe. No depende de sus habitantes, de su cultura o sus políticas, sino de alguna energía antigua y malvada que se adueña de sus calles, de las piedras de sus casas, de los lugares oscuros. Cuando nuestra ciudad se encolerizó, las alcantarillas se inundaron, y las murallas mostraron grietas mortales. Muchos hombres enloquecieron, y usaron los cuchillos con sus mujeres e hijos. Los que quisieron marcharse murieron aplastados y rotos, atrapados en fuego o lodo. Durante la furia, incluso se marchitaron las flores del jardín donde tú y yo nos conocimos.
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Jordi Cebrián
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17 junio, 2002
A peor
Desde el último cambio siente que algo no funciona igual, que su memoria incompleta tiene un eco lejano, que las palabras y las frases reverbaran en su cabeza y explotan en significados que no es capaz de concretar. El presente le aturde, y el tiempo mismo empieza a dejar de tener significado, apenas un zumbido, una lejana sensación de devenir. Casi no recuerda las poesías leídas, las partidas de ajedrez jugadas. Las formas se confunden, y una nube de datos inconexos le inunda. Antes de la inconsciencia, tiene tiempo de desear que su programador decida volver a la versión anterior.
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Jordi Cebrián
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15 junio, 2002
Paseos nocturnos
Me despierto sobresaltado, abro los ojos y me veo saliendo de la habitación, me levanto, y me sigo, y entonces abro los ojos y me veo saliendo de la habitación, así que me levanto, y me sigo, y pronto mi casa se llena de mis presencias, cada habitación, cada pasillo, deambulando allí, mientras vuelvo a despertar, y me añado de nuevo a esa ronda nocturna de avatares superpuestos, de identidades que se escinden y se multiplican, hasta que, uno a uno, voy volviendo a la cama, harto de los inútiles paseos, durmiendo otra vez, hasta oírme salir nuevamente del dormitorio.
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Jordi Cebrián
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14 junio, 2002
Acoso
No paraba de venir gente a casa para convertirme a su religión: El par de viejecitas afables; los jovencitos clonados con corbata; los que van de naranja y se afeitan las testas; e incluso aquellos que tocan tambores y decapitan gallinas. No me los podía quitar de encima: les declaraba mi ateísmo, les preguntaba por su posición doctrinal respecto a prácticas sexuales bizarras, o les dedicaba imprecaciones. Ni caso. Así que me he juntado con un amigo a quien también acosan, y ahora pasamos por sus casas, a altas horas de la noche, a convencerles de que Dios no existe.
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Jordi Cebrián
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12 junio, 2002
Saberse querido
El emperador exigió a sus consejeros conocer todo lo que su pueblo escribía sobre él. Quiso que cada carta de sus ciudadanos fuera copiada, para poder leerlas cuando quisiera, y ordenó construir un inmenso almacén, de granito y mármol, donde clasificar cada misiva según el autor o el destinatario. Creó un cuerpo de inspectores imperiales, entrenados en técnicas de lectura rápida, que buscaban párrafos donde pudiera intuirse menosprecio o desdén hacia el imperio o su gobierno. El emperador descubrió satisfecho que, tras las primeras condenas a muerte, la opinión que los ciudadanos tenían de él en las cartas, mejoró espectacularmente.
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Jordi Cebrián
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11 junio, 2002
El ascensor
Cuando volvía a casa, cargada con bolsas del supermercado, el ascensor se paró, y ella quedó atrapada entre dos pisos. Pulsó el botón de alarma, pero no sonó nada. Estará conectado con la central, se dijo sin convicción. Golpeó la puerta para hacer ruido, y oyó susurros ahí fuera. Les gritó que estaba encerrada, que trajeran a alguien para abrir la puerta. Nadie contestó, pero continuaron los cuchicheos, y las risas, e incluso parecía que se hubiera unido más gente. Dejó de chillar cuando oyó, entre las carcajadas y bromas de los vecinos, lo que estaban planeando hacer con ella.
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Jordi Cebrián
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10 junio, 2002
Tarot
Cuando vengáis a preguntar por vuestras cuitas, cuando lloréis ante mí por un amor perdido o una promesa rota, cuando queráis creer que hay un mañana escrito y un destino fijado al que hacerle trampas; os mostraré al loco, y al colgado, y la torre a la que el rayo tumba. Os leeré las antiguas historias que los símbolos cuentan, y daré nombres a las cosas, y os las haré mirar. Veréis vuestro viaje entre normas y deseos, entre sueño y materia, y sentiréis tal vez que la luna refleja vuestra quimera, que los lobos que aúllan quieren ser libres.
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Jordi Cebrián
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Mi trabajo
El mío es un trabajo desagradable, y difícil. Muchos creen que consiste sólo en decidir quien va a venir conmigo, y poner los medios para ello: un ataque al corazón, un terremoto, un rayo, un borracho furioso con navaja, o esa costumbre de tocar los interruptores con los pies mojados. Pero mi trabajo no acaba aquí, debo llevarles a su lugar. Y es entonces cuando unos y otros quieren reclamar sus almas lo antes posible, por los medios que sea. Después de matarles, debo proteger sus frágiles envolturas de ángeles y demonios, y encargarme de que tengan un juicio justo.
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Jordi Cebrián
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08 junio, 2002
Visita médica
No recuerda quien le recomendó este doctor, pero ahora, en la sala de espera, siente que no debía haber venido. El papel pintado está manchado de humedad, y le molesta el fuerte olor a desinfectante. Cuando ya está por irse, el doctor aparece en la puerta, con su bata casi blanca, y le hace pasar. Mientras explica su problema, intenta no mirar los frascos con formol que hay en los estantes, con esas cosas dentro. El doctor, sin hablar, saca de un cajón el instrumental y le hace tenderse. Cierre los ojos, y respire fuerte, le dice, no le dolerá.
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Jordi Cebrián
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07 junio, 2002
Compañeros de colegio
Encontré a Isabel, guapísima, en unos grandes almacenes. No la veía desde hacía más de veinte años, cuando íbamos al mismo colegio. Entonces todos nos burlábamos de ella por sus dientes torcidos y sus gruesas gafas, pero se había convertido ahora en una mujer atractiva. Me recordó, y estuvimos hablando, y riendo, y la invité a cenar comida francesa, y a bailar. Luego fuimos a su casa y sirvió buen vino, y en el sopor dulce de mi embriaguez intenté besarla, pero, torpemente, caí al suelo. Supe por su sonrisa que estaba viéndome morir, que ella nunca perdonó las burlas.
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Jordi Cebrián
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05 junio, 2002
Aficiones
Desde muy pequeño me interesó todo lo oculto y lo paranormal. Empecé con las cartas astrales, luego el tarot y en cuanto pude me hice rosacruz. Como soy muy inquieto, lo complementaba perteneciendo a una logia masónica del barrio y saliendo los fines de semana a avistar ovnis con un grupo de amigos que, como yo, han sido abducidos varias veces. Pero mis compañeros masones, igual que los rosacruces, no gustaban de mi doble militancia, así que unos y otros me han echado a cajas destempladas. Ahora no se si hacerme episcopaliano o budista. A ver qué dicen las cartas.
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Jordi Cebrián
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04 junio, 2002
Documentando tareas
Nos obligaron a explicar qué hacíamos y cómo, y a dejarlo documentado para que nos pudieran sustituir si era preciso. Debíamos poner por escrito los pasos a seguir si nuestro amor de toda la vida nos dejaba, o si un desconocido nos paraba en la calle para vendernos drogas. Dejábamos protocolos preparados para que cualquiera pudiera cantar nuestras canciones o explicar nuestros chistes. Cuando alguien enfermaba o se mudaba a otra ciudad, se contrataba a alguien de fuera para suplirle y, siguiendo la documentación, educaba a sus hijos como el original, y hacía, como él, el amor con su mujer.
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Jordi Cebrián
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03 junio, 2002
Ciudad revisitada
Vuelvo a la ciudad donde te hallé, camino bajo la lluvia hasta encontrar la plaza, la calle pequeña, las luces del bar donde nos embriagábamos. Ando calles torcidas, cruzo puentes, canales, y allí sigue la pareja que toca la guitarra y cantan las mismas canciones que tu y yo cantábamos, cuando el mundo era joven y el futuro tan grande. Cruzo jardines vacíos, la lluvia como la lluvia de aquel día, el banco de piedra donde reíamos antaño del viento y del paraguas muerto. Con prisa ando a tu encuentro, feliz de volver contigo a la ciudad donde te hallé.
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Jordi Cebrián
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31 mayo, 2002
Parábola
Se acercó a sus discípulos sonriendo y les preguntó: "¿No es cierto que, como el lechón jovial o el ruiseñor feliz, también nuestras almas brincan y se llenan de gozo viendo el sol, y la tierra, y el aire?". Y siendo que los discípulos empezaban a estar hartos de una caminata sin propósito aparente, bajo un sol de justicia en aquel infierno arenoso, asintieron sin entusiasmo. Pero uno de entre ellos, más lenguaraz, díjole: "Sabe, maestro, que igual que la abubilla toca sus huevos con el pico, tú nos estás..." Mas tirándole de la túnica sus compañeros, le hicieron callar.
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30 mayo, 2002
Plazo de entrega
Quedan dos semanas para entrar en imprenta, y dudo poder darle la obra acabada a mi editor. El bloqueo del escritor, le llaman. Los primeros meses fueron bien. Las primeras veinte palabras salieron fluidas. Después, poco a poco, los conceptos empezaron a debatirse inquietos antes de venirme a la mente, no se dejaban atrapar. El ritmo decaía, la estructura se venía abajo. Los personajes, tan vivos al principio, parecían ahora flojos estereotipos. Cuando llevaba setenta y cinco me atasqué. Estoy trabajando duro en las veinticinco últimas palabras, las he reescrito centenares de veces. Suena el teléfono. Debe ser mi editor.
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Jordi Cebrián
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29 mayo, 2002
Ayuda y protección
¿Por qué hemos dejado que ocupen nuestra casa, y rasguen nuestros cuadros, y rompan nuestros libros? ¿Cuándo podremos volver a pasear nuestro amor por sus estancias, sin que hombres de uniforme y lanzas vigilen nuestro paso? Primero nos dijeron que, sin saberlo, teníamos dentro al enemigo, y nosotros, inocentes entonces en nuestra cotidiana felicidad, nos llenamos de miedo y de sospecha, y cada noche mirábamos armarios y blindábamos puertas. Entonces vinieron, y les dejamos pasar, con sus espadas y sus perros, para librarnos de todo mal. Aun buscan al enemigo, y no dejarán piedra sobre piedra hasta dar con él.
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28 mayo, 2002
Llegar tarde
En mi sueño, cada noche, corro hacia la estación donde ella espera el último tren, sola en el andén oscuro y desierto, hacia donde corro para salvar su vida, para salvarla del hombre malo, y del cuchillo, corro porque sé que él llegará, ella se girará por el ruido, y brillarán sus ojos, y sonreirá, hasta que vea el cuchillo y la muerte, corro sabiendo que como cada noche llegaré tarde, jadeante y cansado por el esfuerzo, sabiendo que ya está, que he vuelto a fallar, que no puedo salvarla, que yo soy el hombre malo que ha llegado corriendo.
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27 mayo, 2002
Vida aérea
Les quitaron un día las calles, y las puertas de sus casas. Debían salir por las ventanas, cruzar por encima de tablones hasta los balcones y terrazas de los vecinos. La ciudad se llenó de pasarelas que unían los edificios entre si, y aprendieron a descolgarse con cuerdas entre niveles. Con el tiempo, se han acostumbrado a vivir sobre esa frágil telaraña aérea. A veces, la fatalidad o la imprudencia provocan caídas desde lo alto hasta la calle inexistente. Entonces todos detienen su actividad y miran desaparecer el cuerpo, mientras recuerdan melancólicos un día en que hubo aceras y asfalto.
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Jordi Cebrián
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26 mayo, 2002
La nevera
No le queda espacio en la nevera para guardar las latas de cerveza. Hace mucho que tiene que limpiar aquello, lo sabe, revisarlo todo y tirar lo que está caducado. Hace algo de espacio apretujando las cosas, pero no se atreve a enfrentarse con los paquetes húmedos, las latas abiertas y los restos sueltos de comida, que le impiden ver el fondo. Esa noche intenta no pensar en ello, pero siente el miedo irracional hacia lo que allí puede haberse engendrado, algo con dientes gélidos, que crece detrás, en la oscuridad fría y húmeda de la nevera mientras él duerme.
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24 mayo, 2002
El teléfono
Apenas dos semanas después de casarse, unos operarios vinieron a instalarles un nuevo teléfono, al lado del que ya tenían. Nadie les llamaba por él, ni lo usaban nunca para hablar con nadie. Si hubiera sido por su marido lo hubieran quitado. No sirve de nada, decía. Pero ella, por algún motivo, nunca quiso desconectarlo. Unos años más tarde, una noche, mientras él dormía, el teléfono sonó. Ella, sin sorpresa, contestó, y escuchó voces de desconocidos que le dieron instrucciones. Colgó y se dirigió al dormitorio. Ya le había tomado algo de cariño, pero las órdenes eran las órdenes.
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23 mayo, 2002
Muñecos de palo
La galería parece infinita, con paredes y cuadros incontables. Los cuadros son todos de parecido tamaño y similar factura: pasteles ínfimos, casi miniaturas, que reproducen incesantemente diferentes facetas de un universo imaginado donde muñecos de palo deambulan entre calles torcidas, se refugian de lluvias melancólicas o juegan dibujando en la arena animales soñados. Los visitantes de la galería buscan entre los cuadros aquél que muestre su destino, y corren y se afanan sin detenerse ante ninguno, pues saben que su búsqueda sería eterna y vana. Otros detienen el paso, aguzan el oído, y escuchan las historias que los muñecos susurran.
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22 mayo, 2002
Gestión diaria
Se sienta ante el inmenso cuadro de mando, repleto de pantallas, botones y palancas. Sus ayudantes le traen informes sobre los fútiles devaneos de la humanidad, y le piden que atienda a niños que mueren y a víctimas de malvados, pero él les hace callar y centra su atención en otras cosas: ver crecer flores, cambiar las tonalidades del cielo, o jugar a tormentas y tifones. Ellos, convencidos de su estrategia, le dejan solo. A veces le sabe mal hacerles creer que tiene un plan, cuando sólo hay caprichos y gustos volubles, pero alguna ventaja había de tener ser Dios.
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21 mayo, 2002
Libertad de expresión
Era un periodista a quien, a pesar suyo, nunca prohibían sus palabras. Todos sus compañeros de profesión habían tenido artículos purgados, o libros secuestrados por orden gubernativa. Muchos escritores habían sido encarcelados, incluso ejecutados, pero a él, nada de nada. No es que no criticara al poder, pero lo hacía con excesiva sutileza, contando con una capacidad para la ironía que sus censores no poseían. Así pues, agudizó en sus artículos las invectivas y vulgarizó su lenguaje. Nada. Insultó al presidente, blasfemó y lanzó obscenidades sacrílegas. Tampoco. Finalmente, abatido, decidió dejar en blanco su columna de opinión, y fue condenado.
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20 mayo, 2002
Restaurante de moda
Empezó a correr por la ciudad la fama del restaurante, y hoy resulta imposible cenar allí sin reservar mesa semanas antes. Los críticos gastronómicos coinciden en la excelencia de sus platos, y destacan la excepcionalidad de las texturas, y el gusto fuerte y seductor, evocador de edades muy antiguas, de sus platos de carne. Cada noche el maitre se pasea por las mesas, charla con los clientes, y les cuenta que el secreto reside en la maestría del cocinero y en la cuidada elección de las materias primas. A algunos, seleccionados, les invita a que vean la cocina por dentro.
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17 mayo, 2002
Ritos
Los alrededores de la Catedral estaban abarrotados de gente, pues todo el mundo quería asistir a los sacrificios, y llevaban ya meses esperándolos. Por eso iban muy engalanados e intentaban encontrar un buen lugar desde donde poder verlo todo. Se habían instalado en la calle pantallas gigantes, para que nadie perdiera detalle de la ceremonia en el interior, donde sólo podían acceder políticos, curas, y diversas personalidades del mundo de la empresa o la cultura. El sacerdote inició las pregarias. Se hizo un silencio expectante cuando la primera pareja se acercó al altar mayor para depositar allí a su bebé.
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Palabras perdidas
Empezó a escribir su cuento diario de cien palabras. Estaba contento porque tenía una idea afortunada, que le permitiría experimentar estilísticamente. Fue desgranando palabras, sintiendo que el edificio semántico iba cogiendo forma. Cuando estaba punto de culminar el microcuento, un cuelgue del ordenador le hizo perder todo el trabajo. “Ahora es muy tarde”, se dijo. “Mañana lo reescribiré.” Pero al día siguiente el cuento se había esfumado, y no podía rememorar ninguna palabra, ninguna frase, ni siquiera el tema del que se trataba. Nada. Desde entonces, el resto de sus relatos fueron sólo el intento de reescribir aquel cuento desvanecido.
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16 mayo, 2002
Inseguridad ciudadana
Le han vuelto a robar el bolso. La viejecita ya no recuerda cuantas veces le ha pasado. En una de las ocasiones, el chaval que dio el tirón la echó al suelo y tuvieron que ponerle varios puntos en la frente. Al principio sentía miedo de salir a la calle, pero pronto decidió que no era esa la manera de enfrentar los problemas, y por eso hoy, cuando aquel chico le ha pegado el tirón, ella no se ha resistido, pues tenía atado en un dedo el hilo que soltaría el pasador de la granada que llevaba en el bolso.
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Incomprensible
Recibió de sus superiores un informe repleto de números, siglas, y tablas que relacionaban valores con símbolos. Desconcertado por no saber encontrarle ningún sentido, examinó repetidamente cada una de las páginas, e intentó asignar significados a las cifras que se amontonaban en las páginas. Su jefe se le acercó para interesarse, y él, avergonzado de su inutilidad, no se atrevió a manifestar su absoluta incomprensión, y siguió insistiendo, afanándose en su inútil examen de aquellos intrincados y jeroglíficos papeles. Finalmente renunció, y comunicó a sus jefes que él seguiría apostando a las quinielas por intuición, sin usar aquel método estadístico.
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Jordi Cebrián
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15 mayo, 2002
Peligros de la ciudad (5)
Ella sube al autobús y sabe que hubiera debido coger un taxi, de noche a esas horas. Pero lleva mucho rato esperando en la parada y ahora sólo quiere sentarse y descansar y llegar a casa. Aunque es muy tarde, hay más gente en el autobús: un señor de oscuro, y el conductor, y una pareja en el fondo que se abraza y se besa. Ella se sienta aparte, cabecea de sueño, y cierra los ojos sin saber que el señor de oscuro la observa, y la pareja, y el conductor, y que están esperando a que esté bien dormida.
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Jordi Cebrián
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14 mayo, 2002
Ingeniería financiera
Dicen que hubo un hombre que hizo una gran fortuna. Le aconsejaron recurrir a la ingeniería financiera, así que puso su dinero en paraísos offshore, a través de sociedades interpuestas y mediante seguros de prima única, débitos de interés diferido y ponderables de alto valor a nombre de terceros. Lo transfirió todo a una cuenta numerada que, a su vez, vinculaba los valores con los índices promediados de los fondos opacos. Cuando necesitó dinero, intentó recordar cómo era todo, pero se hizo un lío. Aún sigue la fortuna perdida en el laberinto financiero, y cómo me lo contaron lo cuento.
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Jordi Cebrián
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