Cien Palabras ha cumplido 10 años. Gracias a todos.

Parece mentira. Hace diez años empece a escribir estos pequeños cuentos, y cree esta página para darlos a conocer. Al principio la intención era escribir uno cada día, pero al final la cosa se fue espaciando, lo que me remuerde la conciencia, pero que le vamos a hacer...

Os digo de verdad que intentaré ser más constante. Pero la voluntad es débil. Así que, como oí una vez: "No puedo aseguraros que lo intente, pero os aseguro que intentaré intentarlo."

Muchas, muchas gracias a todos. Gracias por leerme y, un poquito, por entenderme.


Jordi Cebrián


Éstos son mis cuentos de Cien Palabras.


Ocupan eso, 100 palabras exactas, sin contar el título.

Leed uno.
Despues otro.
Despacio, sin prisa.
Hay muchos, centenares de ellos.
Para sonreir, para reflexionar, para estremecerse...
Teneis tiempo, volved cuando querais.

23 noviembre, 2004

Todos los trámites, el trámite

Allí, formando una cola ordenada, con los papeles en la mano, y un funcionario que se toma su tiempo y tal vez tengamos que volver mañana, como ya pasó ayer, pues nos dicen que las instalaciones no dan para tanto, aunque esta vez parece que la fila avanza más rápido, el funcionario comprueba los papeles, despacio, a veces se para a fumar un cigarro, y nos mira sin prisa, con desprecio, comprueba la numeración del documento y la compara con la del brazo, le permite pasar y el siguiente se acerca, mientras todos en cola, allí, desnudos, esperando la ducha.

17 noviembre, 2004

La ciudad al caer el sol

(Este cuento lo publiqué originalmente el 28/04/04. Me permito volverlo a publicar, por motivos evidentes.)

De cada puerta, y cada esquina, y cada tejado, se lanzarán piedras contra el que rompa las puertas de la ciudad. Y habrá llantos, y gritos, y entre los niños miedo y coraje. Y entre las calles antiguas morderá el hierro, y la lluvia de azufre caerá de noche con ira y con venganza, pues nuestro dios es justo y poderoso, y tiene aviación, y es mil veces más justo y poderoso que ese dios de mentira al que ellos cantan. Y la ciudad caerá, y cuando todo acabe el fuego y el hedor serán señores de las casas muertas.

16 noviembre, 2004

No es un idioma

He descubierto que el chino no es un idioma. Siempre me lo había temido: esos signos extraños, sospechosos de entrada. El problema, sin embargo, es que ellos hacen ver que los entienden, y les gusta pasearse por el metro con esos libros y diarios escritos en signos que nada significan. Pero sus trazos son sólo para hacer bonito. Lo llevan haciendo así desde hace siglos, y al que quiere aprender a descifrar los ideogramas, le cuentan que es muy difícil, y le tienen años mareado para que nunca se de cuenta de que no son más que garabatos sin sentido.

12 noviembre, 2004

Entrevista con Dios

Tenía algunas dudas existenciales, así que solicité una entrevista a Dios. Su secretario personal, un ángel enorme y justiciero, me puso en lista de espera y me dijo que ya me llamarían. Pasaron días y meses sin noticias de Dios y yo seguía con más dudas y miedos. Finalmente recibí una llamada: Dios no podría atenderme pues le habían salido unos líos en África que se le juntaban con un follón que unos irresponsables le habían montado en la antigua Mesopotamia. Me dijo el ángel que tal vez él podría atender mis cuitas, pero me enfadé y abracé el ateísmo.

03 noviembre, 2004

Congreso de trabajo

Asistí al congreso por obligaciones de trabajo, así que me resigné a pasar un día aburrido entre ponentes absurdos y espectadores aletargados. Me sorprendió, sin embargo, el entusiasmo del público, nada habitual en este tipo de eventos. Me inquietó comprobar que los ponentes eran interrumpidos por vehementes ovaciones apenas balbuceaban cualquier sandez. Señores encorbatados y chicas de diseño tomaban notas con fervor digno de mejor causa. En los descansos, la gente comentaba, con admiración no fingida, las bondades del acontecimiento. Yo, por si acaso, no tomé nada de lo que ofrecían allí, ni café, ni pastas, porque vete a saber.

02 noviembre, 2004

Intimidad

Mi hija adolescente no quiere que entre en su habitación. Yo pensaba que era para que no le encontrara cartas de amor, o drogas, o armas de fuego, cosas de la edad. Pero pronto empecé a oír extraños ruidos tras la puerta cerrada de su habitación, cuando ella aun no había vuelto a casa. Por no perturbar su intimidad, no quise desvelar el misterio, pero cada vez los sonidos son más extraños, como ladridos, o relinchos, gruñidos que no me atrevo a calificar. De pequeña siempre quiso tener un perro, ponys, y algunos tigres. Pero no, no creo.