Éstos son mis cuentos de Cien Palabras.
Ocupan eso, 100 palabras exactas, sin contar el título.
Leed uno.
Despues otro.
Despacio, sin prisa.
Hay muchos, centenares de ellos.
Para sonreir, para reflexionar, para estremecerse...
Teneis tiempo, volved cuando querais.
A mirar bajo la cama, y que sea verdad, y existan monstruos; a que muera el amor; a que algo obstruya nuestras venas y la sangre no fluya; a que la noche nos sorprenda fuera, sin saber volver; a no importar a nadie; a que el metal desgarre nuestra débil coraza; a perder a los nuestros; a morir de aburrimiento; a que en nuestro interior algo empiece a crecer implacable; a dejar de ser sin darnos cuenta, y que nuestro cerebro se disuelva lentamente, y un día la baba se nos escape, sin saber decir ya que no, que basta.
Entran los veinte en la sala, y en seguida empiezan a hablar, y exponen, y replican, y sugieren, y exigen, y proclaman, y desglosan, y planifican, y listan y validan, y se animan unos a otros. Luego toman un café, van a comer y rien juntos. Y por la tarde, aun un ratito más, vuelven a reunirse, y a exponer, y a replicar, y a decidir, y a animarse. Al final, cuando ya se cansan de desbarrar y apetece irse a casita, se encargan de lo más importante, y eligen, de entre quienes no han venido, al responsable del proyecto.
Compré una preciosa colección de muñecas de porcelana, con sus vestidos exquisitos, sus originales sombreros, sus rostros únicos. Las puse en fila sobre sus soportes en lo alto de una estantería, y al día siguiente vi que una de ellas había caido, destrozándose. Comprobé que las demás permanecieran estables, pero por la mañana otras dos se habían suicidado. Intenté afianzarlas con alambres, pero fue inútil. Ya sólo me quedan dos. Esta tarde, mientras las aseguraba a sus soportes, capté por un instante la mirada fugaz de una de ellas, y supe, con certeza indemostrable, que no se trataba de suicidios.
Al volver de vacaciones mis compañeros de trabajo observaron el collar que llevaba y dijeron que estaban de acuerdo conmigo. Yo lo compré porque era bonito, e ignoraba que tuviera significado alguno, así que sonreí estupidamente y al llegar a casa busqué por internet sin encontrar nada. Pero en la calle muchos se cruzan conmigo sonriendo de manera cómplice. Hoy, en el ascensor, una chica vió mi collar y me besó. "Yo también", me dijo, "yo también", y se fue sonriendo. Por la tarde un vecino bigotudo me hizo lo mismo. Estoy por dejar de llevarlo, pero es tan bonito...
El pasillo se repite desde sí mismo, cada puerta son más puertas, y más pasillos. A veces, en el suelo, pan y una jarra de agua. Suficiente para recobrar fuerzas y proseguir. Entonces la luz desaparece y anda a tientas, más lentamente. Tras un tiempo de deambular desorientado vuelve la luz, y puede percibir el aroma a comida caliente llegando de alguna bifurcación. Sigue el olor, y llega a una sala donde tras unas rejas hay carne asada. Junto a la reja una palanca. Más arriba, fuera de los pasillos y las puertas, el ratón anota tiempos y evalúa reacciones.
Fue al Museo de Cera con sus amigos, charlando y riendo, posando junto a los famosos representados. Tras las salas de políticos, músicos y actores, llegaron por fin a la galería del terror, donde sombras y ruidos enmarcaban figuras siniestras de asesinos y verdugos. Entonces tocó con curiosidad la faz cerulea de una bruja, y percibió que sus amigos le miraban fijamente, y le fotografiaban, y luego se reían, y salían de allí sin él, como si nunca le hubieran conocido. Y cuando quiso seguirles se notó inmovil, mudo, y supo que su rostro expresaba horror, lo expresaría siempre.
Esta mañana tuve un problema en la oficina. Los ordenadores indicaron que la ciudad había perdido más de seiscientas hectáreas desde la última estadística. Descartados los errores informáticos, pues el sistema era muy caro y por tanto infalible, se asumió como bueno el último dato y se imprimieron las cifras bien encolumnadas para que las firmara el alcalde. Por la tarde, salí de la oficina sin dar mayor importancia a la cuestión, seguro de que, una vez firmadas, esas serían ya las mediciones correctas. Tristemente descubrí cuanta razón tenía, al llegar donde antes estaba mi casa, y ahora ya no.
Su hijo vivía porque la muerte de otro chaval en accidente le proporcionó un corazón. La felicidad de la madre se nubló porque un hombre acechaba a su hijo: el padre del niño muerto. 'Su hijo tiene algo dentro quye no ha de tener', le escuchó decir por teléfono antes de colgarle. Quiso huir, pero alguien la golpeó y ató. Le vio junto a su hijo inconsciente, bisturí en mano. Con un corte preciso extrajo de la cicatriz de su pecho una pequeña placa de marfil con maldiciones inscritas y le curó la herida. 'Ahora su hijo está a salvo'
Cuando los técnicos terminaron de construir el nuevo Dios, vieron que algo había fallado: lo querían vital y alegre, lleno de colores y melodías, pero les salió gris y gruñon, un metomentodo falto de sentido del humor que se tomaba las cosas a la tremenda. A la que le hacían alguna bromita, o le hacían caricaturas, o le contradecían, se ponia furioso y usaba su omnipotencia sin contemplaciones.
Pero a muchos fieles les gustó así, y se volvieron también malhumorados y metomentodos, y pobre del que se acercara a tirar a su Dios de las barbas, aunque fuera de broma.
Las cartas se han echado, y esto es el mundo: un azar tempestuoso de amores, muertes, ímpetus y maldades; cicatrices que nunca curan, deseos de dominio y de ser dominados, confines inciertos donde nuestra realidad se abre en grietas hambrientas; mujeres y hombres amando y matando, haciendo y deshaciendo inútiles senderos donde otros confundirán sus pasos con los suyos; verdades queriendo nacer, mentiras transmutándose en verdad; un caos del que nace un orden que también acabará, arcanos esperando otras lecturas, esperando ser de nuevo barajados e interpretados, y reflejar otros mundos, otros órdenes, otros finales que, como éste, no lo serán.
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En directo a todas las ciudades del Imperio, esos hombres y mujeres que un día dictaron el destino, ahora se sientan encadenados y obedientes ante el tribunal. En el público que una vez les ensalzó, arde ahora un odio visceral como su antigua devoción. No hay pantalla en el imperio que no muestre esos rostros, enfocados de cerca para remarcar arrugas y granos, para que el sudor que antes ocultaban muestre ahora su mísera humanidad. Pero no es el Juicio Final, sino el de siempre, el de quien posee las dagas y las piedras contra el que antes las tenía.
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Ella lo observa todo desde su alejamiento desapasionado, sin poder evitar sentir la armonía callada en esa danza mortal, contemplando las vidas perecederas con emoción estética carente de empatía. Contempla con despego a sus vecinos saliendo a la calle para lanzar flores a los de ahora, a los de antes, a los de siempre. Ella huye de polémicas, y desbroza con quirúrgica precisión las razones de los unos y los otros, orgullosa de su imparcialidad. Cuando golpean su puerta no comprende por qué los soldados la buscan a ella, y la arrastran al camión, a ella, tan apolítica, tan neutra.
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Todo parecía muerto cuando aparecieron las nuevas banderas. Ellos llegaron con sus grandes camiones, y sus carros de guerra, y altavoces con músicas alegres que hacían a los niños salir de sus agujeros. Reunieron en las plazas a las gentes, y les prometieron que las ciudades volverían a nacer, que los campos muertos darían frutos nuevos, más grandes y jugosos esta vez. Mientras se volvía a arar y a construir, ellos llenaron los camiones de antiguos enemigos y se los llevaron Algunos gritaban desesperados su inocencia, pero el pueblo aplaudía, pues ondeaban banderas de esperanza, y los himnos coreaban que el futuro les pertenecía.
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El Sol arde como nunca en las calles sin vida. Algo cambió en la atmósfera cuando la gente enloqueció, alguien abrió las espitas del gas mientras todos dormían, alguien dejó volar ácidos y venenos, y volvió el cielo de ese color denso y rojizo. Ahora los árboles han muerto en la ciudad, y sólo montones de insectos vengativos se esfuerzan en recordar que la vida se resiste a morir. Los ancianos, si no hubieran muerto ya de calor y de pena, dirían que aquello es el final que les anunciaron sus abuelos. Pero hay niños vivos, muchos, los más fuertes.
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Las vasijas contienen un poderoso alucinógeno. La joven deja la ciudad siguiendo el cauce del río, hasta hallar un lugar tranquilo donde sentarse bajo las estrellas cómplices y silentes. Dejó atrás la furia y el horror de las últimas semanas, la muerte de sus padres, de sus amigos. Su acción cambiará el mundo, y el líquido vertido llegará hasta las ciudades del Imperio, y los hombres transmutarán la razón en emociones deslavazadas. En las mentes de los ciudadanos se forjarán imágenes de futuros radiantes, pero en sus sueños habitarán aun los fantasmas del ayer, y cuando todos duerman, cobrarán vida.
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Todo se hunde. Desde la seguridad del despacho más alto de la más alta torre del Imperio, los perros guardianes emiten sus consignas a traves de inmensos altavoces, anunciando el apocalipsis, la división y el miedo. Los fuegos llevan días sin arder, y personas como hormigas prosiguen sus paseos, sus compras, sus amores, ajenos al terror ladrado desde arriba. Los niños lanzan piedras inútiles a los altavoces chirriantes, y algunos exaltados intentan forzar las puertas de la torre, ya sin defensas desde que el Emperador huyó y el Sumo Pontifice abrazó el ateismo. Si consiguen entrar, los altavoces serán suyos.
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Tras desayunar una ración doble, viene un cura a hablarle de paraísos, culpas, pecados y perdones. Cuando le pregunta si quiere confesarse le golpea con la bandeja, y sigue hasta que los guardias se le echan encima y le inmovilizan. El cura huye, pero sigue oyendo las blasfemias del preso, y no entiende como un corazón puede encerrar tanto odio. Eso explica las burlas al emperador, al orden, a Dios. Un pobre diablo, pero la sociedad debe protegerse. Mientras tanto los guardias conducen al reo amordazado hasta el patíbulo, donde la multitud jubilosa e impaciente pueda insultarle antes de morir.
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Han hecho el amor por primera vez, y no habrá más: a él lo habrán degollado antes de dos horas, y ella nunca acabará de recuperarse de aquella pesadilla. Pero ahora no lo saben, y descansan bajo las estrellas. Huyen de sus padres, pues ellos piensan que él debe cumplir su deber con el Imperio. Ahora han de verse con un escultor excéntrico que les hará papeles nuevos. Andan por la carretera, y piensan en el futuro. Un coche se detiene para llevarles. El conductor les sonríe. Semanas más tarde será ahorcado, junto al subversivo al que buscaban los enamorados.
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Siempre había trabajado para mejorar las escuelas del Imperio, pero algo no iba bien: revueltas continuas, subversión, niños asesinos... Dirigió nuevas directrices a los colegios, les pidió que separaran en aulas especiales a los más conflictivos, y que sustituyeran sus profesores por detectores automáticos de presencia. Los padres pedían que hicieran más horas de estudio, que comieran allí, que durmieran allí, ya vendrían a verles los fines de semana. El sistema se fue perfeccionando, y para que los chavales no intentaran faltar a clase, se les rodeó de rejas y de perros guardianes. Y cada dos meses, hacían un examen.
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Cuando los niños empezaron a matar a sus padres, se explicó primero por las influencias negativas de la televisión, y por lo mal que se enseña en las escuelas. Muchos progenitores se organizaron para defenderse, y expulsaban pronto a sus hijos de casa, montando turnos de vigilancia por las noches. Las calles se llenaron de chavales furiosos, y cuando quienes les veían volvían a casa, miraban a sus hijos con recelo, creyendo reconocer en sus ojos aquellas miradas temibles. Dormían cerrando sus habitaciones por dentro, y no aceptaban sus regalos. Y cada noche recordaban que no podían postergarlo mucho más.
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Sólo la luz plateada de la luna compite con los fuegos distantes para iluminar la noche. Arden las ciudades, y desde esta distancia podemos olvidar que entre las llamas hay gente y gritos y tragedias. Si miramos fijamente las hogueras lejanas, podremos ver como el fuego adopta formas y chisporrotea alegre. Si levantamos entonces los ojos a la luna, notaremos su poder, podremos oír a la bestia que reside en nuestro interior, y buscaremos estacas con clavos, y machetes, y gasolina, y nos dirigiremos gozosos hacia la ciudad, cargados de justa ira, para que crezcan el fuego y los gritos.
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Todo el imperio seguía las revueltas por televisión, y cuando el Emperador anunció la Lotería Solidaria, los corazones se encogieron. La tradición era antigua, invocada en tiempos de insurrecciones, y servía para mostrar que si se ataca al poder, nadie es inocente. Por no vigilar, por no denunciar, por no condenar. Cincuenta elegidos al azar, cuyos códigos de identificación aparecerían en pantalla. Las madres abrazaban a los hijos, y aunque sabían que era difícil que les tocara, temían lo peor, que le tocara a su hijo, que tras aparecer su código en pantalla irrumpieran las tropas para llevarlo al sacrificio.
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Se sentía invencible conduciendo ese carro de combate, sin muros ni obstáculos que pudieran detenerle. Recuerda la academia, las carreras con otros blindados, la euforia de sentirse tan vivo y fuerte. Pero nunca le enseñaron qué había que sentir cuando se tiene en frente, como ahora, a un hombre con sólo dos bolsas de plástico en las manos y un lazo azul en la solapa, al que se le unen en silencio otros hombres, y mujeres, y niños. No quiere mirar los rostros, por no reconocer a nadie. Recibe por radio la orden que no quería oír, y debe obedecer.
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El Ermitaño (IX)
El anciano baraja de nuevo los arcanos mayores, y compone con ellos la cruz céltica. No quisiera ver repetidas las lecturas anteriores, pero las cartas no mienten, aun cuando el orden nunca se repita. Ve de nuevo confirmado que aquella historia tiene un discurrir inevitable, ya escrito, y que tras cada cuento, tras cada carta, ira dejando algo de si mismo. Pero no hay opción, pues los personajes corren ya libres y piden ser contados. Así, el anciano repasa de nuevo los arcanos y lee sus cíclicas historias, y se limita luego a transcribirlas, una tras otra, en cien palabras.
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Imparte la bendición a la multitud congregada en la plaza, y advierte muchos lazos azules entre la concurrencia como protesta contra la muerte de un pobre infeliz al que el emperador ha hecho colgar por disidente. No ha querido condenar la ejecución, pues sabe que eso provocaría revueltas y no está bien. Además, mientras muchos se niegan a aceptar ese silencio, otros piden una defensa cerrada del emperador. Mientras les habla en latín, un idioma que no entienden, los más fieles entre los fieles imponen el orden, arrancan lazos azules, ordenan rezos y ofrecen en holocausto a los malos creyentes.
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Los verdugos no les gustamos, lo sé, pero odio cuando esos señoritos trajeados me preguntan eso. Quieren orden y seguridad pero desprecian a quienes hacemos el trabajo necesario. Nos encuentran útiles pero estéticamente desagradables. ¿Saben qué hizo este tipo al que acabo de ahorcar? Destripaba gente, sus últimas víctimas sobrevivieron, pero el chico sigue en coma y con ella jugó tanto que tardará en sanar. Mañana ahorcaré a otro, si, un escultor subversivo, creo. Por eso odio esta pregunta: ¿Que si disfruto con mi trabajo? ¿Por quién me han tomado? ¿Acaso no soy humano? Claro que disfruto, ¿quién no disfrutaría?
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La noche es asquerosamente fría. Conduce despacio por la comarcal, y ve a la pareja de tortolitos haciendo autostop. Ella es un bomboncito, sí señor. El frío se anula por un fuego interior que lleva tiempo sin quemarle. Para el coche, finge amabilidad, suben. No paran de contarle sus historias absurdas: unos padres intolerantes, una bruja que les había sugerido ir a ver a no sé que idiota. Pero están cansados, y se duermen abrazados en el asiento trasero. Sonríe, y se alegra de llevar en el maletero, como siempre, su bolsa con los libros de anatomía y los bisturíes.
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Acaba de atender a una pareja joven a quienes sus padres quieren ver separados. Les ha dado un par de velas de colores y un buen consejo, y se han ido felices y confiados. Ahora los ha olvidado ya, y estudia los dibujos trazados en la arena, y los completa con un círculo y un par de lineas cruzadas. Siente que algo está cambiando, que la estabilidad del imperio puede ser sólo una apariencia, así que persevera en sus lecturas y sus invocaciones. Siempre ha sabido mantener el secreto, pero llegan tiempos interesantes, y la verdad habrá de abrirse paso.
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Su despacho está en lo alto de una torre de cristal. Desde sus ventanales contempla su imperio, habla por teléfono, dicta directrices, toma decisiones. Apenas se discuten sus mandatos, pero circulan por la ciudad esculturas burlescas que fabrica un vagabundo y que le faltan al respeto. Se ocupará de ello, pero ahora sólo piensa en la visita anterior, un extraño personaje que no estaba en su agenda y que le ha mostrado papeles, y le ha hecho observar unas figuras en su ordenador. Finalmente se han dado la mano, y siente de repente que le duele tanto poder, tanta responsabilidad.
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Llega cuando no se le espera, a veces rodeado de niños a los que divierte con trucos, otras veces solo y huraño. Desde las ventanas se le observa con respeto y temor: su presencia aporta sabiduría pero también es presagio de cambios e incertidumbres. Lleva una bolsa de piel, o tal vez un ordenador portátil conectado a Internet por satélite. Tal vez te llamará por tu nombre sin conocerte, y en sus libros o en su pantalla barajará símbolos, letras, signos y señales. Y si entonces te mira a los ojos fijamente sabrás que no puedes escapar de tu destino.
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Dejó atrás todo, y ahora hace esculturas extrañas que vende a turistas despistados, y aprende trucos de magia que jamás muestra a nadie. Cree tener cosas que contar, reflexiones nunca dichas, nunca escritas, pero nadie quiere oírlo, ni a él le gusta hablar con gente. Antes, cuando era contable, cada día se parecía a otro día, y soñaba con vivir así, pero sin latas de comida y sin frío. Ahora es libre, o algo parecido, y no tiene que explicarse ante nadie, y come cuando quiere y hace lo que quiere. Pero, incluso ahora, cada día es igual al anterior.
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Homenaje, en estos días, a una buena persona
Murió, ante todo, una buena persona. No fue fácil su infancia, tras una guerra, teniendo que pasar hambre, pero él se preocupó siempre de los suyos, trabajó por ellos, estuvo siempre a su lado. Tuvo que cambiar de país sin dejar de ser humilde, pero el mundo a veces es injusto y él tuvo que abandonar a los suyos de nuevo, ahora para siempre, hasta más allá del horizonte, viajando en patera hacia un lugar desconocido donde trabajar para hacer dinero y volver a casa. Pero esa noche la patera volcó, y no ha habido colas para ver su cadáver.
Te despiertas y sientes el tatuaje, aun quema, la piel se resiste al número, y entonces sientes también que te han robado el nombre, y el rostro que ves reflejado en el agua sucia es el tuyo pero es también centenares de rostros, igual que tu número es tantos números, igual que tu muerte será sólo otra muerte. Muchos como tú vagan difuminados, con las mismas caras y los mismos gestos, sólo las cifras para diferenciar y catalogar. No hay palabras, no hay sonidos, no hay recuerdos; y sales fuera y alrededor sólo hay niebla y alambres y más niebla.
Está en todas las tradiciones de todas las culturas: seres diminutos que aparecen de noche en los hogares y esconden las cosas para que los propietarios no puedan encontrarlas al despertar. En mi casa es también así, como en todas las casas, pero en la mía son más trabajadores. Suelo acostarme tarde y levantarme pronto, así que les queda poco tiempo, pero lo aprovechan bien: llaves, libros, papeles, cuentos maravillosos que escribo por la noche y que no vuelvo a ver ni a recordar por mucho que me esfuerce, y debo conformarme con escribir de día tristes sucedáneos como éste.
El escritor compuso un cuento breve sobre un ciego que vivía en los túneles oscuros del metro. La Asociación de Ciegos se quejó por la imagen negativa hacia los invidentes, como si sólo pudieran arrastrarse entre sombras. El escritor retiró el cuento, y escribió otro sobre una mujer que convivía con monstruos en secreto, pero una organización feminista le amenazó con emprender acciones legales si se publicaba, porque dejaba mal a las mujeres mientras que los monstruos quedaban simpáticos. Harto de complicaciones, escribió sobre una gota de lluvia, tema aparentemente inocuo, pero no tardaron en llamar los meteorólogos, muy enfadados.
Quise convertir una habitación de casa en un jardín zen, ya sabéis, arena, algunas rocas y un rastrillo para arar formas mientras meditas. Yo opinaba que quedaría muy bonito y que relajaría mucho entrar allí, con olor a incienso, esas cosas. Mi mujer, sin embargo, consideraba que haría un montón de polvo, y que pronto tendríamos el pasillo lleno de arena, y que se nos iría metiendo por los zapatos, y que, además, aquello sería un perfecto nicho ecológico para todo tipo de bichos. Y es que es lo que tiene el zen, que no se puede practicar en casa.
Compramos el piso aun sabiendo lo de la habitación, y las condiciones, pero es que son tan caros, recien nos hemos casado y ella no trabaja, y con el niño no lo hará de momento, así que dijimos, ¿por qué no?, sólo es una habitación a la que no podemos entrar, y sólo hay que dejar alimento cada noche, a veces cuesta encontrar, y llego tarde mientras ella espera, temerosa y preocupada, y hay que ir con cuidado, eso si, procurar ser metódico, no hacerle pasar hambre ni dejar la puerta abierta, pues no entiende de propiedades ni de hipotecas.
Nos sentamos fuera de la ciudad, junto a sus murallas, y el tenue fuego de la moribunda hoguera nos proporcionaba la mínima luz en aquella noche sin luna ni estrellas. Éramos desterrados, expulsados de la ciudad por traiciones supuestas y aunque pudiéramos huir, y guarecernos, nadie cometería tal deshonor. No hablábamos, no era ya momento de palabras, solo podíamos aceptar callados y dignos el destino que nos esperaba cuando el sol saliera, mientras los habitantes de la ciudad durmieran a salvo de la luz, y nosotros, antes inmortales, viendo por primera vez morir la noche, sentenciados a un horrible final.
Tiré un tabique en casa para juntar dos habitaciones y tener un salón más grande. El edificio, para vengarse de las agresiones a que lo sometía, comenzó a crujir por las noches, como si quisiera amenazarnos con hundirse sobre nosotros en pleno sueño. Restituí el tabique, y todo volvió a la normalidad hasta que cambié las baldosas del baño. Entonces, para defenderse, el edificio empezó a soltar agua sucia por los grifos, así que restituí la antigua cerámica. Ahora es suficiente con que piense en mover un mueble de sitio, para que el suelo empiece a vibrar, pidiéndome un respeto.
Tengo una amiga que ha caído víctima de los libros de autoayuda. Empezó como un pasatiempo inocente, pero pronto empezó a criticar a todos por no sé qué zonas erróneas que tenían. Luego se volvió asertiva, tanto que daba miedo, y así fue perdiendo amistades. La fui a ver ayer, y estaba haciendo taichí, creo, en una posición muy rara, y me dijo que había aprendido a respirar, que hasta ahora no sabía. Como se ha vuelto autosuficiente y segura de si misma, tanto le da todo, sin miedo alguno a decir que no, pero sin nadie a quien decírselo.
Esta noche regresaba sólo, en coche por una carretera de montaña tras algunos negocios que me llevaron lejos. De pronto presentí que a ambos lados de la carretera, tras los matojos y los árboles, ojos amarillos me observaban, así que aceleré, pero sus miradas seguían, escondidas y fijas en mi, y aceleré más, y un derrape absurdo me hizo volcar junto a la carretera. No me he hecho daño, creo, pero el miedo también duele, y sigo acurrucado dentro, con los ojos cerrados para no ver los suyos, muchos, amarillos, tras los cristales, y rezo por que no sepan abrir.
Para este año que empieza me he hecho varias propósitos:
No dejaré que la pereza de escribir pueda conmigo, excepto si estoy cansado o no me apetece.
No me acercaré al agua si veo venir olas gigantes.
No pediré más entrevistas con Dios, pues ya veis a que cosas dedica su tiempo libre.
No dejaré tanto tiempo esta página desatendida, pues estais aquí.
No dejaré que me atrapen los vampiros, y los monstruos, y esas cosas oscuras y dentadas que viven bajo la cama y en los armarios.
No me descontaré en las palabras, y procuraré que siempre sumen cien.
Junto a mi casa hay una tienda extraña. En un principio se dedicaban a la importación y exportación de no se sabe qué, pero ahora el rótulo dice que organizan sistemas de cableado. Yo siempre veo a los mismos, sin clientes, y no puedo dejar de imaginar historias de mafias rusas y reuniones clandestinas. Un día entré en la tienda, pero como no necesito ningún tipo de cableado, me limité a decirles que era vecino, y que sentía curiosidad por su trabajo. El tipo más alto y fornido me miró fijamente sin responderme, así que consideré prudente volver a casa.
A medida que los teclados y los dispositivos para enviar correos fueron siendo más pequeños, la gente fue prescindiendo de vocales, signos de puntuación, ortografía y sintaxis, y aun del más mínimo concepto. La gente se acostumbró rápido, pues nos acostumbramos a todo, y cuando recibían un correo de algún amigo ya no se molestaban en intentar descifrar aquel amasijo de letras, sino que contestaban con uno igual y más abstruso, y a ver quien era el guapo de decir que no era eso, a no ser que realmente quisieran verse para tomar algo, pues entonces se llamaban por teléfono.
Allí, formando una cola ordenada, con los papeles en la mano, y un funcionario que se toma su tiempo y tal vez tengamos que volver mañana, como ya pasó ayer, pues nos dicen que las instalaciones no dan para tanto, aunque esta vez parece que la fila avanza más rápido, el funcionario comprueba los papeles, despacio, a veces se para a fumar un cigarro, y nos mira sin prisa, con desprecio, comprueba la numeración del documento y la compara con la del brazo, le permite pasar y el siguiente se acerca, mientras todos en cola, allí, desnudos, esperando la ducha.
(Este cuento lo publiqué originalmente el 28/04/04. Me permito volverlo a publicar, por motivos evidentes.)
De cada puerta, y cada esquina, y cada tejado, se lanzarán piedras contra el que rompa las puertas de la ciudad. Y habrá llantos, y gritos, y entre los niños miedo y coraje. Y entre las calles antiguas morderá el hierro, y la lluvia de azufre caerá de noche con ira y con venganza, pues nuestro dios es justo y poderoso, y tiene aviación, y es mil veces más justo y poderoso que ese dios de mentira al que ellos cantan. Y la ciudad caerá, y cuando todo acabe el fuego y el hedor serán señores de las casas muertas.
He descubierto que el chino no es un idioma. Siempre me lo había temido: esos signos extraños, sospechosos de entrada. El problema, sin embargo, es que ellos hacen ver que los entienden, y les gusta pasearse por el metro con esos libros y diarios escritos en signos que nada significan. Pero sus trazos son sólo para hacer bonito. Lo llevan haciendo así desde hace siglos, y al que quiere aprender a descifrar los ideogramas, le cuentan que es muy difícil, y le tienen años mareado para que nunca se de cuenta de que no son más que garabatos sin sentido.
Tenía algunas dudas existenciales, así que solicité una entrevista a Dios. Su secretario personal, un ángel enorme y justiciero, me puso en lista de espera y me dijo que ya me llamarían. Pasaron días y meses sin noticias de Dios y yo seguía con más dudas y miedos. Finalmente recibí una llamada: Dios no podría atenderme pues le habían salido unos líos en África que se le juntaban con un follón que unos irresponsables le habían montado en la antigua Mesopotamia. Me dijo el ángel que tal vez él podría atender mis cuitas, pero me enfadé y abracé el ateísmo.
Asistí al congreso por obligaciones de trabajo, así que me resigné a pasar un día aburrido entre ponentes absurdos y espectadores aletargados. Me sorprendió, sin embargo, el entusiasmo del público, nada habitual en este tipo de eventos. Me inquietó comprobar que los ponentes eran interrumpidos por vehementes ovaciones apenas balbuceaban cualquier sandez. Señores encorbatados y chicas de diseño tomaban notas con fervor digno de mejor causa. En los descansos, la gente comentaba, con admiración no fingida, las bondades del acontecimiento. Yo, por si acaso, no tomé nada de lo que ofrecían allí, ni café, ni pastas, porque vete a saber.
Mi hija adolescente no quiere que entre en su habitación. Yo pensaba que era para que no le encontrara cartas de amor, o drogas, o armas de fuego, cosas de la edad. Pero pronto empecé a oír extraños ruidos tras la puerta cerrada de su habitación, cuando ella aun no había vuelto a casa. Por no perturbar su intimidad, no quise desvelar el misterio, pero cada vez los sonidos son más extraños, como ladridos, o relinchos, gruñidos que no me atrevo a calificar. De pequeña siempre quiso tener un perro, ponys, y algunos tigres. Pero no, no creo.