Éstos son mis cuentos de Cien Palabras.
Ocupan eso, 100 palabras exactas, sin contar el título.
Leed uno.
Despues otro.
Despacio, sin prisa.
Hay muchos, centenares de ellos.
Para sonreir, para reflexionar, para estremecerse...
Teneis tiempo, volved cuando querais.
Te despiertas y sientes el tatuaje, aun quema, la piel se resiste al número, y entonces sientes también que te han robado el nombre, y el rostro que ves reflejado en el agua sucia es el tuyo pero es también centenares de rostros, igual que tu número es tantos números, igual que tu muerte será sólo otra muerte. Muchos como tú vagan difuminados, con las mismas caras y los mismos gestos, sólo las cifras para diferenciar y catalogar. No hay palabras, no hay sonidos, no hay recuerdos; y sales fuera y alrededor sólo hay niebla y alambres y más niebla.
Está en todas las tradiciones de todas las culturas: seres diminutos que aparecen de noche en los hogares y esconden las cosas para que los propietarios no puedan encontrarlas al despertar. En mi casa es también así, como en todas las casas, pero en la mía son más trabajadores. Suelo acostarme tarde y levantarme pronto, así que les queda poco tiempo, pero lo aprovechan bien: llaves, libros, papeles, cuentos maravillosos que escribo por la noche y que no vuelvo a ver ni a recordar por mucho que me esfuerce, y debo conformarme con escribir de día tristes sucedáneos como éste.
El escritor compuso un cuento breve sobre un ciego que vivía en los túneles oscuros del metro. La Asociación de Ciegos se quejó por la imagen negativa hacia los invidentes, como si sólo pudieran arrastrarse entre sombras. El escritor retiró el cuento, y escribió otro sobre una mujer que convivía con monstruos en secreto, pero una organización feminista le amenazó con emprender acciones legales si se publicaba, porque dejaba mal a las mujeres mientras que los monstruos quedaban simpáticos. Harto de complicaciones, escribió sobre una gota de lluvia, tema aparentemente inocuo, pero no tardaron en llamar los meteorólogos, muy enfadados.
Quise convertir una habitación de casa en un jardín zen, ya sabéis, arena, algunas rocas y un rastrillo para arar formas mientras meditas. Yo opinaba que quedaría muy bonito y que relajaría mucho entrar allí, con olor a incienso, esas cosas. Mi mujer, sin embargo, consideraba que haría un montón de polvo, y que pronto tendríamos el pasillo lleno de arena, y que se nos iría metiendo por los zapatos, y que, además, aquello sería un perfecto nicho ecológico para todo tipo de bichos. Y es que es lo que tiene el zen, que no se puede practicar en casa.
Compramos el piso aun sabiendo lo de la habitación, y las condiciones, pero es que son tan caros, recien nos hemos casado y ella no trabaja, y con el niño no lo hará de momento, así que dijimos, ¿por qué no?, sólo es una habitación a la que no podemos entrar, y sólo hay que dejar alimento cada noche, a veces cuesta encontrar, y llego tarde mientras ella espera, temerosa y preocupada, y hay que ir con cuidado, eso si, procurar ser metódico, no hacerle pasar hambre ni dejar la puerta abierta, pues no entiende de propiedades ni de hipotecas.
Nos sentamos fuera de la ciudad, junto a sus murallas, y el tenue fuego de la moribunda hoguera nos proporcionaba la mínima luz en aquella noche sin luna ni estrellas. Éramos desterrados, expulsados de la ciudad por traiciones supuestas y aunque pudiéramos huir, y guarecernos, nadie cometería tal deshonor. No hablábamos, no era ya momento de palabras, solo podíamos aceptar callados y dignos el destino que nos esperaba cuando el sol saliera, mientras los habitantes de la ciudad durmieran a salvo de la luz, y nosotros, antes inmortales, viendo por primera vez morir la noche, sentenciados a un horrible final.
Tiré un tabique en casa para juntar dos habitaciones y tener un salón más grande. El edificio, para vengarse de las agresiones a que lo sometía, comenzó a crujir por las noches, como si quisiera amenazarnos con hundirse sobre nosotros en pleno sueño. Restituí el tabique, y todo volvió a la normalidad hasta que cambié las baldosas del baño. Entonces, para defenderse, el edificio empezó a soltar agua sucia por los grifos, así que restituí la antigua cerámica. Ahora es suficiente con que piense en mover un mueble de sitio, para que el suelo empiece a vibrar, pidiéndome un respeto.
Tengo una amiga que ha caído víctima de los libros de autoayuda. Empezó como un pasatiempo inocente, pero pronto empezó a criticar a todos por no sé qué zonas erróneas que tenían. Luego se volvió asertiva, tanto que daba miedo, y así fue perdiendo amistades. La fui a ver ayer, y estaba haciendo taichí, creo, en una posición muy rara, y me dijo que había aprendido a respirar, que hasta ahora no sabía. Como se ha vuelto autosuficiente y segura de si misma, tanto le da todo, sin miedo alguno a decir que no, pero sin nadie a quien decírselo.
Esta noche regresaba sólo, en coche por una carretera de montaña tras algunos negocios que me llevaron lejos. De pronto presentí que a ambos lados de la carretera, tras los matojos y los árboles, ojos amarillos me observaban, así que aceleré, pero sus miradas seguían, escondidas y fijas en mi, y aceleré más, y un derrape absurdo me hizo volcar junto a la carretera. No me he hecho daño, creo, pero el miedo también duele, y sigo acurrucado dentro, con los ojos cerrados para no ver los suyos, muchos, amarillos, tras los cristales, y rezo por que no sepan abrir.
Para este año que empieza me he hecho varias propósitos:
No dejaré que la pereza de escribir pueda conmigo, excepto si estoy cansado o no me apetece.
No me acercaré al agua si veo venir olas gigantes.
No pediré más entrevistas con Dios, pues ya veis a que cosas dedica su tiempo libre.
No dejaré tanto tiempo esta página desatendida, pues estais aquí.
No dejaré que me atrapen los vampiros, y los monstruos, y esas cosas oscuras y dentadas que viven bajo la cama y en los armarios.
No me descontaré en las palabras, y procuraré que siempre sumen cien.
Junto a mi casa hay una tienda extraña. En un principio se dedicaban a la importación y exportación de no se sabe qué, pero ahora el rótulo dice que organizan sistemas de cableado. Yo siempre veo a los mismos, sin clientes, y no puedo dejar de imaginar historias de mafias rusas y reuniones clandestinas. Un día entré en la tienda, pero como no necesito ningún tipo de cableado, me limité a decirles que era vecino, y que sentía curiosidad por su trabajo. El tipo más alto y fornido me miró fijamente sin responderme, así que consideré prudente volver a casa.
A medida que los teclados y los dispositivos para enviar correos fueron siendo más pequeños, la gente fue prescindiendo de vocales, signos de puntuación, ortografía y sintaxis, y aun del más mínimo concepto. La gente se acostumbró rápido, pues nos acostumbramos a todo, y cuando recibían un correo de algún amigo ya no se molestaban en intentar descifrar aquel amasijo de letras, sino que contestaban con uno igual y más abstruso, y a ver quien era el guapo de decir que no era eso, a no ser que realmente quisieran verse para tomar algo, pues entonces se llamaban por teléfono.
Allí, formando una cola ordenada, con los papeles en la mano, y un funcionario que se toma su tiempo y tal vez tengamos que volver mañana, como ya pasó ayer, pues nos dicen que las instalaciones no dan para tanto, aunque esta vez parece que la fila avanza más rápido, el funcionario comprueba los papeles, despacio, a veces se para a fumar un cigarro, y nos mira sin prisa, con desprecio, comprueba la numeración del documento y la compara con la del brazo, le permite pasar y el siguiente se acerca, mientras todos en cola, allí, desnudos, esperando la ducha.
(Este cuento lo publiqué originalmente el 28/04/04. Me permito volverlo a publicar, por motivos evidentes.)
De cada puerta, y cada esquina, y cada tejado, se lanzarán piedras contra el que rompa las puertas de la ciudad. Y habrá llantos, y gritos, y entre los niños miedo y coraje. Y entre las calles antiguas morderá el hierro, y la lluvia de azufre caerá de noche con ira y con venganza, pues nuestro dios es justo y poderoso, y tiene aviación, y es mil veces más justo y poderoso que ese dios de mentira al que ellos cantan. Y la ciudad caerá, y cuando todo acabe el fuego y el hedor serán señores de las casas muertas.
He descubierto que el chino no es un idioma. Siempre me lo había temido: esos signos extraños, sospechosos de entrada. El problema, sin embargo, es que ellos hacen ver que los entienden, y les gusta pasearse por el metro con esos libros y diarios escritos en signos que nada significan. Pero sus trazos son sólo para hacer bonito. Lo llevan haciendo así desde hace siglos, y al que quiere aprender a descifrar los ideogramas, le cuentan que es muy difícil, y le tienen años mareado para que nunca se de cuenta de que no son más que garabatos sin sentido.
Tenía algunas dudas existenciales, así que solicité una entrevista a Dios. Su secretario personal, un ángel enorme y justiciero, me puso en lista de espera y me dijo que ya me llamarían. Pasaron días y meses sin noticias de Dios y yo seguía con más dudas y miedos. Finalmente recibí una llamada: Dios no podría atenderme pues le habían salido unos líos en África que se le juntaban con un follón que unos irresponsables le habían montado en la antigua Mesopotamia. Me dijo el ángel que tal vez él podría atender mis cuitas, pero me enfadé y abracé el ateísmo.
Asistí al congreso por obligaciones de trabajo, así que me resigné a pasar un día aburrido entre ponentes absurdos y espectadores aletargados. Me sorprendió, sin embargo, el entusiasmo del público, nada habitual en este tipo de eventos. Me inquietó comprobar que los ponentes eran interrumpidos por vehementes ovaciones apenas balbuceaban cualquier sandez. Señores encorbatados y chicas de diseño tomaban notas con fervor digno de mejor causa. En los descansos, la gente comentaba, con admiración no fingida, las bondades del acontecimiento. Yo, por si acaso, no tomé nada de lo que ofrecían allí, ni café, ni pastas, porque vete a saber.
Mi hija adolescente no quiere que entre en su habitación. Yo pensaba que era para que no le encontrara cartas de amor, o drogas, o armas de fuego, cosas de la edad. Pero pronto empecé a oír extraños ruidos tras la puerta cerrada de su habitación, cuando ella aun no había vuelto a casa. Por no perturbar su intimidad, no quise desvelar el misterio, pero cada vez los sonidos son más extraños, como ladridos, o relinchos, gruñidos que no me atrevo a calificar. De pequeña siempre quiso tener un perro, ponys, y algunos tigres. Pero no, no creo.
Nos convocaron a una reunión en la empresa, para informarnos de las nuevas técnicas de gestión que usaremos a partir de ahora. Los consultores encargados de implantar los cambios nos contaron las ventajas del vudú frente a las metodologías tradicionales. Cada uno de nosotros llevará su propio muñequito y su juego de agujas. No será difícil, dicen, conseguir nuestros objetivos comerciales con este método. Tal vez lo más complicado son los pequeños detalles: si queremos que el cliente nos compre un producto, necesitaremos primero tres pelos de sus cejas y algún objeto personal que haya estado cerca de su corazón.
Orden y concierto
¿A quién llamarás cuando la policía te golpee y te robe? ¿Cómo ocultarás tu intimidad a los vigilantes que te protegen? ¿Que camino seguirás cuando todos sean de peaje, y se llenen de cámaras y restricciones? ¿A quién sorprenderás cuando debas informar de tus intenciones con tiempo suficiente para que se contrasten y autoricen? ¿Abrirás la puerta de tu casa a todos los inspectores, y les mostrarás armarios y cajones? Morirán los juegos: el del escondite, el de contar mentiras, el de traicionar por amor. Deberás consolarte con tu orden de pesebre, con la seguridad que compraste vendiendo tu alma.
Como tenía un rato me acerqué a Manchuria, donde la gente es muy maja y siempre tienen para ti cerveza de arroz y leche de yak. Tras la comida pasé por Tegucigalpa a comprar unas máscaras que vi ayer, y fui para Berlín, al congreso. Mientras los expertos debatíamos, llamaron a un restaurante chino, de Shanghai, para que nos trajeran rollitos. Yo tuve que salir un momento a Zambia a comprar un regalo para mi hija, que está en Reikiavik con unas amigas y no volverá hasta mañana. Al volver mis colegas estaban concluyendo que sí, que la globalización existe.
Durante la campaña electoral, uno de los candidatos hechizó al contrario con un encantamiento de confusión, que liaba sus palabras y enajenaba su razonamiento. El público no lo notó demasiado, pero en la tele aprovecharon para editar videos cómicos con sus palabras. Para vengarse, un grupo de presión contrató un hechicero para que cambiara de color al candidato enemigo, y cuando éste se tornó negro, lanzó a su vez un grimorio de halitosis contra su adversario. Muchos electores, hartos ya, el día de las votaciones encantaron sus papeletas antes de meterlas en la urna, para que ganara quien ganase, perdiera.
Para evitar los males, había que ofrecer palabras en sacrificio a los dioses. Se sacrificaron primero palabras menores, de las que sólo servían para nombrar flores extrañas o lugares lejanos. Pero las amenazas continuaban, y los dioses pidieron más palabras, así los sacerdotes sacrificaron muchos sinónimos, pues tenían sustituto, pero los dioses querían más. Pronto dejaron de usarse las palabras que indicaban emociones, por superfluas, y aquellas que nombraban cosas valiosas, pues eran las más queridas por los dioses. Y como los males no acababan, también los nombres propios fueron sacrificados, y los apodos, y hasta el nombre último murió.
Yo no quería comprar esas bombillas modernas, pero mi mujer insistió, y ahora nuestro piso tiene una luz extraña que refleja cosas inexistentes. Mi mujer asegura que es manía mía, que esas bombillas están homologadas para cansar menos la vista. Que diga lo que quiera, pero cuando enciendo la luz en las habitaciones, veo durante un segundo personas y cosas que no están, y que se desvanecen de inmediato. Ya no me atrevo ahora a entrar nunca en mi biblioteca a oscuras, pues temo topar contra alguien a quien no veo y que está hojeando probablemente mis libros de fantasmas.
No puede ser un sueño, con esos colores tan intensos, el dolor tan real. Pero debe serlo, claro, siempre es un sueño cuando eres tu mismo quien te está golpeando e insultando, cuando te ves fuera, mirándote con desprecio, seguro de que no podrás escapar, atado, herido. No sirve hablar, intentar que no te pegue más, convencerle de que él es tu mismo, de que tus labios sangrando también son lo suyos, pues te ves riéndote de ti, de tus absurdas fantasías, el puño, tu puño, cayendo sobre tu rostro, así aprenderás, y no debe ser un sueño, duele tanto.
Probé aquel juego porque me contaron que era muy inmersivo, que te sentías como formando parte de un mundo diferente, con sus propias reglas, aventuras y peligros. Era cierto, pronto el resto de cosas dejaron de interesarme. En cuanto tenía un momento lo dedicaba a seguir explorando. Robaba horas al sueño para seguir recorriendo aquellos laberintos inacabables, buscando símbolos que me permitieran continuar. Ayer, tras mucho esfuerzo, conseguí entusiasmado entrar por fin en la sala del tesoro, pero descubrí que había dejado fuera la llave de salida. Hoy no he podido ir a trabajar. Entrad en el juego, y ayudadme.
Primero se difundió como un rumor cualquiera, uno más sobre el presidente: nadie lo creía, pero todos se afanaban por hacerlo circular. Siempre hay personas dispuestas a creer, y así pasó esta vez, y pronto fueron muchas. Tras los desmentidos oficiales el rumor se hizo más intenso, y se convirtió en noticia potencial, se llenó de detalles y datos que añadían valor y verdad a lo contado. El presidente salió por televisión a desmentirlo, flanqueado de su mujer e hijos, y este detalle llevó a especulaciones, y tuvo que prohibirse que la gente siguiera con aquello, porque no era verdad.
Abandonó la ciudad mientras está ardía, y dejó atrás todo: palabras, deseos e historias no escritas. Luego, desde lejos, viendo como se alzaban las llamas, pensó en recrear su temor y su furia, pero las frases se le volvían huidizas y asustadas, y hubo de conformarse con mirar, oir y sentir. Los días pasaban, extrañamente ajenos, y los cuentos seguían sin crecer, como si hubieran sido arrancados desde la raiz. Liberado del juego, superviviente de la locura ajena, sintió que aquellas historias inexistentes formaban un vacio denso, y temió que cuando pudiera hablar de nuevo ya nadie quisiera oirle.
El consistorio pedía voluntarios para su última campaña de desratización y despalomización. Miles de anuncios en paneles y farolas, spots en televisión, y una cancioncilla pegadiza con el título "Rata, pum, paloma, pam", antecedieron el acontecimiento. Campañas en colegios, donde a los infantes les explicaban los parasitos e infecciones que transmitían, culminaron con la exposición de los dibujos hechos por los escolares: ratas y palomas muertas, niños y niñas persiguiéndolas con palos y piedras, gente feliz viviendo en un mundo sin bichos. No faltaron los voluntarios de todas las edades, todos contentos, cantando juntos, en una inmensa muestra de civismo.
Las viejecitas están conspirando. Se entretienen así, chismorreando, criticando, tejiendo sus planes. Han salido del centro parroquial, hoy han tenido un cursillo de macramé, y luego el cura les ha contado como organizará las celebraciones del santo patrón, pero ellas tenían la cabeza en otras cosas. Ahora están ultimando los detalles. Tienen llaves de la sacristía, y esta noche sería un buen momento. Todas han hecho su parte. Una tiene las sustancias necesarias, otra el cuentagotas, y otra la jeringuilla, para el vino. Sí, esta noche es un buen momento, que quede todo listo para la gran misa del domingo.
No es cuestión de volver, no después de lo que te ha pasado, los gritos, la sangre, no, mejor andar por el barrio, es de noche y no te ven, andar y andar hasta encontrar un agujero donde puedas esconderte, dejarlo todo, olvidar el lugar, el encuentro, los gritos, la sangre, deambular absurdamente sabiendo que nadie te mira, que nadie te reconoce, dejar que poco a poco las horas de la ciudad maten las horas del pasado, y volver a empezar, buscarás a otra chica, la llevarás a algún lugar tranquilo, y otra vez, como siempre, los gritos, la sangre.
La ciudad siempre ha tenido sus mecanismos de selección natural. Para cruzar las avenidas, por ejemplo, había que mirar a ambos lados con una secuencia difícilmente predecible: derecha, izquierda, izquierda, derecha, izquierda. Si no se coordina ese ritmo de observación con el avance rápido, uno muere inexorablemente aplastado por algún coche, tranvía o bicicleta. Tras generaciones los ciudadanos se han adaptado, y nacen con una agilidad y coordinación extraordinarios. El consistorio ha ido elevando la dificultad de las calles: han añadido buzones móviles, sierras dentadas que surgen del suelo y unas espitas por donde salen enjambres de abejas africanas furiosas.
Siempre me desaparecían las cosas. Mi mujer, o mis compañeros, se reían de mí y lo atribuían a que soy un despistado, pero la cosa cada vez va a más. Al principio eran los bolígrafos, o las llaves, o papeles. También los libros dejaban de estar en los sitios donde debían. Pronto me empezó a pasar con el coche, siempre aparcado en un lugar distinto al que lo había dejado. Ahora también mi mujer ha desaparecido, en casa no están sus cosas, y al salir a la calle para buscarla, no había aceras, ni coches, ni asfalto, todo, todo desaparecido.
Los viejos son muy peligrosos. Hace diez años se hundió el sistema financiero, y dejaron de cobrar sus pensiones y fueron expulsados de los asilos donde vivían, así que formaron bandas que desvalijan a los jóvenes y les agreden sin piedad con sus bastones. Cada vez hay más ancianos que asaltan tiendas o bancos, sabiendo que, con la edad que tienen, poca cárcel verán. Si ves en la calle viejecitos de apariencia apacible, formando un corro como si hablaran de sus cosas, no se te ocurra acercarte: cambia de acera y corre, pues eso sí, la mayoría de ellos cojea.
No conoces el barrio, está oscuro y apenas quedan tiendas abiertas, ni casi gente por la calle, así que aceleras el paso, tuerces por un callejón, pues parece que al otro lado está más iluminado y entonces ves a un borracho que se acerca, y, por miedo, entras en una pequeña tiendecita hasta que pase, donde un anciano te muestra frasquitos con aromas, y apenas le haces caso, hasta que decides que ya puedes volver a salir, pero la puerta está cerrada, y al girarte hacia el anciano ves que ya se ha transformado en lo que tu más temes.
Me convirtió en vampiro la del tercero, durante la última junta de vecinos convocada para discutir el presupuesto. Al principio me indigné, y amenacé con impugnar la reunión, pues los estatutos de la comunidad dejan claro que no pueden mordernos durante una asamblea. Pero cuando empecé a notar la transformación me fui calmando, y me di cuenta de las ventajas de la inmortalidad frente a mi aburrida y fugaz vida de antes. Así que soy uno de ellos, y la convivencia con el resto de vecinos es buena, y cuando nos cruzamos nos saludamos y les sonreímos mostrando los dientes.
En mi ciudad han inaugurado una pirámide enorme y multicultural. Su interior está oculto a las miradas temerosas de quienes estamos fuera, pero los sacerdotes de los nuevos tiempos nos lanzan desde lo alto sus exhortaciones a que seamos buenos chicos, políticamente correctos, y a que reciclemos la basura. Dicen que si entras en sus laberintos sales renovado, con la conciencia limpia, y con ganas de no ensuciar las calles. Nos prometen además músicas y actuaciones, y podremos simular un viaje en pateras por un lago interior con tiburones de mentiras, para que podamos reflexionar sobre cuanto sufren los inmigrantes.
En mi ciudad han cubierto los tranvías de pintura invisible, para que no afeen el paisaje urbano. Es bonito ver a la gente esperar en las paradas y, cuando suena el silbato que anuncia la llegada del tranvía, suben con cuidado, a tientas, y se les ve desaparecer en el aire, en tanto que otras personas parecen haberse materializado. Para evitar la contaminación sonora, el tranvía es muy silencioso, así que hay que estar muy atento a los semáforos, seas peatón o conductor, pues si te pilla será por tu culpa y no podrás decir que no lo has visto.
De cada puerta, y cada esquina, y cada tejado, se lanzarán piedras contra el que rompa las puertas de la ciudad. Y habrá llantos, y gritos, y entre los niños miedo y coraje. Y entre las calles antiguas morderá el hierro, y la lluvia de azufre caerá de noche con ira y con venganza, pues nuestro dios es justo y poderoso, y tiene aviación, y es mil veces más justo y poderoso que ese dios de mentira al que ellos cantan. Y la ciudad caerá, y cuando todo acabe el fuego y el hedor serán señores de las casas muertas.
Mi ciudad tiene una única calle, larga, peatonal, con tiendas a ambos lados. Me gustaba pasear por ella, errante, cambiando mi bar habitual por el de enfrente si el vino que vendían era allí más bueno, o más barato. Un día pusieron una verja en la calle, partiéndola por su eje. Al entrar debías elegir acera, y discurrir por ella hasta el final. Ahora los de cada lado insultan a los del otro a través de las rejas, o se burlan de ellos, y no se dan cuenta de que la verja que nos encarcela a todos es la misma.
El escritor descubrió un día que no quedaban cuentos, que todos habían sido ya contados. Preocupado, fue a ver al emperador para advertir de su descubrimiento. El emperador escuchó sus razones y sus esfuerzos inútiles en busca de nuevas historias. Muy receptivo, sabedor de la importancia que tienen los cuentos y las ficciones para el pueblo, y lo necesarios que son para su bienestar, se decidió el emperador a solucionar el problema. Despidió cortés al escritor, agradeciéndole sus advertencias, e hizo llamar a sus bardos y a sus generales. Ante ellos, solemne e imperativo, señaló un país en el mapa.
Si yo fuera más valiente, me sentaría junto al vagabundo con quien siempre me cruzo al volver del trabajo. Leyendo siempre alguna novela de Karl May o Zane Grey, se sienta al sol junto a un carrito de supermercado repleto de bultos y bolsas. Es un anciano de edad indeterminada, del que sólo conozco ese momento diario de enfrascada lectura, entre buscadores de oro y algún sheriff peleón. Cada día reduzco el paso junto a él, le observo de reojo, e imagino que hablamos de indios y cuatreros. Y algún día descubriré apenado que ha muerto, y que nunca le hablé.
Yo estaba relajado en casa, apalancado en el sofá escuchando música, cuando sonó el teléfono, y molesto por la interrupción cogí el auricular y dije ¿si?, e insistí, pues no contestaban, y entonces una voz grabada de mujer me rogó una y otra vez que esperase y que en breve sería atendido, y sentí miedo, pues me llamaban para molestarme y me pedían que esperase, y de repente me colgaron, sin más ni más, y me quedé como un idiota escuchando los sonidos de la línea muerta, hasta que colgué, despacio, y llevo muchas horas esperando que vuelvan a llamar.
La vaca detective aceptó el caso con recelo, pues temía que detrás de todas aquellas desapariciones hubiera algo grande, más grande de lo que ella podía manejar. Las investigaciones se estaban complicando, las pistas ocultaban otras pistas, y algunas de las testigos no se atrevían a dar toda la información. Rumiando mansamente, su cerebro lógico iba organizando los datos, haciendo encajar las piezas. Finalmente, todos los indicios apuntaban hacia aquel edificio. Se adentró de noche, cuando no había actividad, y descubrió el horror inimaginable, una auténtica sistematización del asesinato en serie. Y todas allí, tantas, decapitadas, despellejadas, colgando boca abajo.
Su padre intenta convencerla de que no hay monstruos en el armario, y ella le hace creer que lo comprende, que ya es mayor, que si su padre le muestra que tras las puertas no hay cosas con dientes ni ventosas, dormirá tranquila por la noche, soñando esos sueños inocentes que los adultos creen que las niñas sueñan, y su padre la tapa y le da un beso, y ella espera un poco para levantarse y abrir de nuevo el armario, pues claro que hay monstruos, y debe alimentarlos, pues hambrientos podrían devorar a su padre, que no les ve.
Teseo se ofreció voluntario para entrar en el laberinto, pero el rey decidió que sería más efectivo lanzar una operación militar a la que bautizó “Rejoneo”. Helicópteros de combate, a base de misilazos, derribaron gran parte de los muros y pasillos que hasta entonces formaban ese dédalo intrincado e inaccesible. Luego llegó la infantería. Tomaron posiciones entre los escombros y avanzaron, sin dejar de disparar, hacia el interior humeante. La histeria de quienes creían ver cuernos entre las sombras provocaron muchas bajas por fuego amigo. También murieron algunos periodistas griegos aplastados por cascotes. Y el minotauro aun no ha aparecido.
Los cuentos estaban dormidos. Se sentía paralizado, primero por la pereza, luego por el horror, más tarde por la indignación y, finalmente, por la esperanza. Sentado ante la ventana, el anciano veía cristalizar lo que antaño parecían cuentos improbables, tan reales ahora, tan presentes. La sangre y los muertos ya no eran sólo recursos literarios, sino un dolor hondo, compartido. El anciano veía desconcertado discurrir el mundo allí fuera, desorbitado, maldades envueltas en mentiras. Entonces respiró profundamente, cerró la ventana, y retomó la pluma, sabiéndose en inferioridad ante esa realidad autónoma y furiosa que, una vez más, imita al arte.
Le operaron de un quiste en la muñeca, y cuando volvió a casa sintió que le habían dejado algo dentro, algo metálico, pequeño y esférico que emitía señales. Intentaba palparlo, se rascaba la cicatriz hasta hacerse daño, y el miedo en su interior crecía. Fue al hospital: le hicieron radiografías para mostrarle que no tenía nada, pero ni así les creyó. Confiaba más en sus sentidos que en la ciencia abstracta. Le recetaron tranquilizantes y lo mandaron a casa. Al llegar se los tomaría, con mucho whisky, para ahogar el dolor y poder sacarse el emisor, dijeran lo que dijeran.
La doctrina oficial dicta que tras la muralla nada existe. Toda la ciudad está rodeada por la desproporcionada e impresionante pared, que cerca la ciudad sin fisuras, sin puertas, ni túneles, ni escaleras. Sólo algunos jóvenes intentan en ocasiones escalar sus altas paredes, sus muros que se alzan hasta las nubes. A veces se les pierde de vista mientras siguen subiendo, pero no tardan en encontrarse sus cuerpos muertos al pie de la muralla. Hay leyendas de algunos que salieron, y cuentan que más allá hay vida, y más historias, y gente que vive sin miedo en ciudades sin muros.
Lleva ya nueve meses sin fumar, desde que pagó y firmó el contrato. El método era tan eficaz como duro y carísimo. Nunca podía reunir voluntad suficiente para dejarlo, así que probó el sistema. “Ni uno más”, le habían dicho, “ni uno, nunca más”. Le explicaron los términos del acuerdo, y le convencieron de que iban en serio, pero hoy, seguro de que tras tanto tiempo ya no le vigilaban, quiso darse el gusto de un último cigarrillo, que fumó temeroso en un portal. Por la noche ha encontrado la puerta de su casa abierta, y su familia no respondía.