Parábola
Se acercó a sus discípulos sonriendo y les preguntó: "¿No es cierto que, como el lechón jovial o el ruiseñor feliz, también nuestras almas brincan y se llenan de gozo viendo el sol, y la tierra, y el aire?". Y siendo que los discípulos empezaban a estar hartos de una caminata sin propósito aparente, bajo un sol de justicia en aquel infierno arenoso, asintieron sin entusiasmo. Pero uno de entre ellos, más lenguaraz, díjole: "Sabe, maestro, que igual que la abubilla toca sus huevos con el pico, tú nos estás..." Mas tirándole de la túnica sus compañeros, le hicieron callar.
Éstos son mis cuentos de Cien Palabras.
Ocupan eso, 100 palabras exactas, sin contar el título.
Leed uno.
Despues otro.
Despacio, sin prisa.
Hay muchos, centenares de ellos.
Para sonreir, para reflexionar, para estremecerse...
Teneis tiempo, volved cuando querais.
31 mayo, 2002
30 mayo, 2002
Plazo de entrega
Quedan dos semanas para entrar en imprenta, y dudo poder darle la obra acabada a mi editor. El bloqueo del escritor, le llaman. Los primeros meses fueron bien. Las primeras veinte palabras salieron fluidas. Después, poco a poco, los conceptos empezaron a debatirse inquietos antes de venirme a la mente, no se dejaban atrapar. El ritmo decaía, la estructura se venía abajo. Los personajes, tan vivos al principio, parecían ahora flojos estereotipos. Cuando llevaba setenta y cinco me atasqué. Estoy trabajando duro en las veinticinco últimas palabras, las he reescrito centenares de veces. Suena el teléfono. Debe ser mi editor.
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Jordi Cebrián
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29 mayo, 2002
Ayuda y protección
¿Por qué hemos dejado que ocupen nuestra casa, y rasguen nuestros cuadros, y rompan nuestros libros? ¿Cuándo podremos volver a pasear nuestro amor por sus estancias, sin que hombres de uniforme y lanzas vigilen nuestro paso? Primero nos dijeron que, sin saberlo, teníamos dentro al enemigo, y nosotros, inocentes entonces en nuestra cotidiana felicidad, nos llenamos de miedo y de sospecha, y cada noche mirábamos armarios y blindábamos puertas. Entonces vinieron, y les dejamos pasar, con sus espadas y sus perros, para librarnos de todo mal. Aun buscan al enemigo, y no dejarán piedra sobre piedra hasta dar con él.
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Jordi Cebrián
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28 mayo, 2002
Llegar tarde
En mi sueño, cada noche, corro hacia la estación donde ella espera el último tren, sola en el andén oscuro y desierto, hacia donde corro para salvar su vida, para salvarla del hombre malo, y del cuchillo, corro porque sé que él llegará, ella se girará por el ruido, y brillarán sus ojos, y sonreirá, hasta que vea el cuchillo y la muerte, corro sabiendo que como cada noche llegaré tarde, jadeante y cansado por el esfuerzo, sabiendo que ya está, que he vuelto a fallar, que no puedo salvarla, que yo soy el hombre malo que ha llegado corriendo.
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Jordi Cebrián
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27 mayo, 2002
Vida aérea
Les quitaron un día las calles, y las puertas de sus casas. Debían salir por las ventanas, cruzar por encima de tablones hasta los balcones y terrazas de los vecinos. La ciudad se llenó de pasarelas que unían los edificios entre si, y aprendieron a descolgarse con cuerdas entre niveles. Con el tiempo, se han acostumbrado a vivir sobre esa frágil telaraña aérea. A veces, la fatalidad o la imprudencia provocan caídas desde lo alto hasta la calle inexistente. Entonces todos detienen su actividad y miran desaparecer el cuerpo, mientras recuerdan melancólicos un día en que hubo aceras y asfalto.
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Jordi Cebrián
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26 mayo, 2002
La nevera
No le queda espacio en la nevera para guardar las latas de cerveza. Hace mucho que tiene que limpiar aquello, lo sabe, revisarlo todo y tirar lo que está caducado. Hace algo de espacio apretujando las cosas, pero no se atreve a enfrentarse con los paquetes húmedos, las latas abiertas y los restos sueltos de comida, que le impiden ver el fondo. Esa noche intenta no pensar en ello, pero siente el miedo irracional hacia lo que allí puede haberse engendrado, algo con dientes gélidos, que crece detrás, en la oscuridad fría y húmeda de la nevera mientras él duerme.
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Jordi Cebrián
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24 mayo, 2002
El teléfono
Apenas dos semanas después de casarse, unos operarios vinieron a instalarles un nuevo teléfono, al lado del que ya tenían. Nadie les llamaba por él, ni lo usaban nunca para hablar con nadie. Si hubiera sido por su marido lo hubieran quitado. No sirve de nada, decía. Pero ella, por algún motivo, nunca quiso desconectarlo. Unos años más tarde, una noche, mientras él dormía, el teléfono sonó. Ella, sin sorpresa, contestó, y escuchó voces de desconocidos que le dieron instrucciones. Colgó y se dirigió al dormitorio. Ya le había tomado algo de cariño, pero las órdenes eran las órdenes.
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Jordi Cebrián
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23 mayo, 2002
Muñecos de palo
La galería parece infinita, con paredes y cuadros incontables. Los cuadros son todos de parecido tamaño y similar factura: pasteles ínfimos, casi miniaturas, que reproducen incesantemente diferentes facetas de un universo imaginado donde muñecos de palo deambulan entre calles torcidas, se refugian de lluvias melancólicas o juegan dibujando en la arena animales soñados. Los visitantes de la galería buscan entre los cuadros aquél que muestre su destino, y corren y se afanan sin detenerse ante ninguno, pues saben que su búsqueda sería eterna y vana. Otros detienen el paso, aguzan el oído, y escuchan las historias que los muñecos susurran.
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Jordi Cebrián
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22 mayo, 2002
Gestión diaria
Se sienta ante el inmenso cuadro de mando, repleto de pantallas, botones y palancas. Sus ayudantes le traen informes sobre los fútiles devaneos de la humanidad, y le piden que atienda a niños que mueren y a víctimas de malvados, pero él les hace callar y centra su atención en otras cosas: ver crecer flores, cambiar las tonalidades del cielo, o jugar a tormentas y tifones. Ellos, convencidos de su estrategia, le dejan solo. A veces le sabe mal hacerles creer que tiene un plan, cuando sólo hay caprichos y gustos volubles, pero alguna ventaja había de tener ser Dios.
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Jordi Cebrián
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21 mayo, 2002
Libertad de expresión
Era un periodista a quien, a pesar suyo, nunca prohibían sus palabras. Todos sus compañeros de profesión habían tenido artículos purgados, o libros secuestrados por orden gubernativa. Muchos escritores habían sido encarcelados, incluso ejecutados, pero a él, nada de nada. No es que no criticara al poder, pero lo hacía con excesiva sutileza, contando con una capacidad para la ironía que sus censores no poseían. Así pues, agudizó en sus artículos las invectivas y vulgarizó su lenguaje. Nada. Insultó al presidente, blasfemó y lanzó obscenidades sacrílegas. Tampoco. Finalmente, abatido, decidió dejar en blanco su columna de opinión, y fue condenado.
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Jordi Cebrián
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20 mayo, 2002
Restaurante de moda
Empezó a correr por la ciudad la fama del restaurante, y hoy resulta imposible cenar allí sin reservar mesa semanas antes. Los críticos gastronómicos coinciden en la excelencia de sus platos, y destacan la excepcionalidad de las texturas, y el gusto fuerte y seductor, evocador de edades muy antiguas, de sus platos de carne. Cada noche el maitre se pasea por las mesas, charla con los clientes, y les cuenta que el secreto reside en la maestría del cocinero y en la cuidada elección de las materias primas. A algunos, seleccionados, les invita a que vean la cocina por dentro.
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Jordi Cebrián
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17 mayo, 2002
Ritos
Los alrededores de la Catedral estaban abarrotados de gente, pues todo el mundo quería asistir a los sacrificios, y llevaban ya meses esperándolos. Por eso iban muy engalanados e intentaban encontrar un buen lugar desde donde poder verlo todo. Se habían instalado en la calle pantallas gigantes, para que nadie perdiera detalle de la ceremonia en el interior, donde sólo podían acceder políticos, curas, y diversas personalidades del mundo de la empresa o la cultura. El sacerdote inició las pregarias. Se hizo un silencio expectante cuando la primera pareja se acercó al altar mayor para depositar allí a su bebé.
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Jordi Cebrián
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Palabras perdidas
Empezó a escribir su cuento diario de cien palabras. Estaba contento porque tenía una idea afortunada, que le permitiría experimentar estilísticamente. Fue desgranando palabras, sintiendo que el edificio semántico iba cogiendo forma. Cuando estaba punto de culminar el microcuento, un cuelgue del ordenador le hizo perder todo el trabajo. “Ahora es muy tarde”, se dijo. “Mañana lo reescribiré.” Pero al día siguiente el cuento se había esfumado, y no podía rememorar ninguna palabra, ninguna frase, ni siquiera el tema del que se trataba. Nada. Desde entonces, el resto de sus relatos fueron sólo el intento de reescribir aquel cuento desvanecido.
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Jordi Cebrián
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16 mayo, 2002
Inseguridad ciudadana
Le han vuelto a robar el bolso. La viejecita ya no recuerda cuantas veces le ha pasado. En una de las ocasiones, el chaval que dio el tirón la echó al suelo y tuvieron que ponerle varios puntos en la frente. Al principio sentía miedo de salir a la calle, pero pronto decidió que no era esa la manera de enfrentar los problemas, y por eso hoy, cuando aquel chico le ha pegado el tirón, ella no se ha resistido, pues tenía atado en un dedo el hilo que soltaría el pasador de la granada que llevaba en el bolso.
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Jordi Cebrián
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Incomprensible
Recibió de sus superiores un informe repleto de números, siglas, y tablas que relacionaban valores con símbolos. Desconcertado por no saber encontrarle ningún sentido, examinó repetidamente cada una de las páginas, e intentó asignar significados a las cifras que se amontonaban en las páginas. Su jefe se le acercó para interesarse, y él, avergonzado de su inutilidad, no se atrevió a manifestar su absoluta incomprensión, y siguió insistiendo, afanándose en su inútil examen de aquellos intrincados y jeroglíficos papeles. Finalmente renunció, y comunicó a sus jefes que él seguiría apostando a las quinielas por intuición, sin usar aquel método estadístico.
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15 mayo, 2002
Peligros de la ciudad (5)
Ella sube al autobús y sabe que hubiera debido coger un taxi, de noche a esas horas. Pero lleva mucho rato esperando en la parada y ahora sólo quiere sentarse y descansar y llegar a casa. Aunque es muy tarde, hay más gente en el autobús: un señor de oscuro, y el conductor, y una pareja en el fondo que se abraza y se besa. Ella se sienta aparte, cabecea de sueño, y cierra los ojos sin saber que el señor de oscuro la observa, y la pareja, y el conductor, y que están esperando a que esté bien dormida.
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Jordi Cebrián
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14 mayo, 2002
Ingeniería financiera
Dicen que hubo un hombre que hizo una gran fortuna. Le aconsejaron recurrir a la ingeniería financiera, así que puso su dinero en paraísos offshore, a través de sociedades interpuestas y mediante seguros de prima única, débitos de interés diferido y ponderables de alto valor a nombre de terceros. Lo transfirió todo a una cuenta numerada que, a su vez, vinculaba los valores con los índices promediados de los fondos opacos. Cuando necesitó dinero, intentó recordar cómo era todo, pero se hizo un lío. Aún sigue la fortuna perdida en el laberinto financiero, y cómo me lo contaron lo cuento.
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13 mayo, 2002
Ahí detrás
Ella descubrió la grieta tras unos estantes, un día que andaba cambiando muebles de sitio. Era un agujero muy estrecho y no muy largo. Acercó un ojo para mirar y no vio nada, pero sintió un frío negro, y tuvo la certeza de que, ahí detrás, había algo. Intentó acostumbrar la mirada a la oscuridad, deseando que las tinieblas se hicieran penumbras, y las penumbras mostraran formas, pero no fue así. Inquieta, puso de nuevo la estantería en su sitio, y esa noche soñó que aún no dormía sola, que aún no había tenido que olvidar quien estaba ahí detrás.
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Jordi Cebrián
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09 mayo, 2002
Rodeado
Sé que me están envenenando lentamente, que interfieren mis teléfonos para conocer mis pensamientos, que han preparado mi almohada para que transmita mis sueños nocturnos a sus oficinas centrales, donde funcionarios mal pagados analizarán y clasificarán mis miedos y obsesiones. Sé que mis amigos están también a sueldo de mis perseguidores, y que mi mujer pasa informes de mi comportamiento y mis enfados. Yo, por mi parte, intento despistarles haciéndoles creer que soy otra persona, a la que nadie vigila ni intimida, alguien que habla por teléfono sin miedo, y besa a sus hijos sin temor a que oculten micrófonos.
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Nuevos vecinos
Se instalaron en el segundo tercera. No sé cuántos eran, pues todos se parecían. Iban siempre con traje gris, y saludaban sin sonreír. Pasaron por los pisos, y pidieron a los hombres fotos de cuando eran niños, y a las mujeres un mechón de cabello. Luego enviaron a las casas aquellos folletos sobre los modos correctos de actuar y las cosas que no debíamos volver a hacer. Nos pidieron las llaves de los pisos, y muchos vecinos se las dieron, pues nada tenían que ocultar. Yo no quise dárselas, y por eso ahora llaman a mi puerta, y temo abrir.
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Jordi Cebrián
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08 mayo, 2002
Omnipotencia
Aquel hombre era omnipotente, pero poco ambicioso, así que en la práctica no se le notaba. Los pocos amigos que conocían su peculiaridad, se esforzaban en convencerle para que usara su don de algún modo, si no para conseguir la paz en el mundo, si al menos para liberarles a ellos del pesado yugo del trabajo. El les escuchaba, y asentía, pero siempre acababa quedando todo en buenas intenciones y nulas concreciones, así que poco a poco perdió las amistades. Jubilado ya, pasa la mayor parte del tiempo en casa, construyendo universos y galaxias repletas de vida dentro de botellas.
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Jordi Cebrián
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06 mayo, 2002
Reunión de vecinos
Hoy hubo reunión de escalera, bastante movidita. Los de la tienda que da al portal han puesto un negocio de parapsicología y ciencias ocultas, y algunos vecinos protestaban de que a veces, desde sus pisos, notan males vibraciones. La abuela del tercero, que cultiva marihuana, se quejó de que la pareja joven del cuarto no corta sus machos a tiempo y le estropean su sinsemilla. Ha salido también, como siempre, el tema del ascensor y la familia que vive allí. Y se ha hablado y discutido sobre los vicios inquietantes de los del ático. Suerte que ya no soy presidente.
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Jordi Cebrián
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La huida
La ciudad arde y no hay salidas. El enemigo rodea la colina donde reluce el mármol entre el humo y las llamas. Los dioses abandonaron ya el lugar por la mañana, temerosos de aquel dios extranjero, único y airado. Huyeron entre el terror de las madres por sus hijos y la desesperación valiente de los hombres. Ahora no quedan rayos ni mágicas tormentas que defiendan las calles y las plazas. No quedan más que humanos, conscientes de su vulgar mortalidad, resistiendo en la última puerta de la última muralla, espada contra espada, aun rezando por costumbre a sus dioses cobardes.
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Jordi Cebrián
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03 mayo, 2002
Calles
En mi ciudad hay calles que de noche son nuestras. Calles pequeñas y antiguas, calles olvidadas en los mapas de calles. Calles donde encontrarnos cuando el cielo enrojece. Calles largas y estrechas, con bares oscuros donde se cantan canciones que nadie más recuerda, donde se bebe y se ama como nunca se hace en otras calles. Calles donde corremos y jugamos, calles que llenamos con danzas y con risas. Calles que hemos de abandonar cuando la luz regresa, cuando vuelven los dueños de las calles y vuelve para nosotros el sueño, y el dormir, y el miedo a las estacas.
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Jordi Cebrián
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30 abril, 2002
Encuentro imprevisto
Ayer, al entrar de nuevo a la oficina después de comer, me cruce en la puerta conmigo mismo, que salía. Por un momento me paré, sorprendido, y a mí me pasó igual. Sin cruzar palabra seguí mi camino, y yo hice otro tanto. En mi mesa todo estaba bien, pero una par de tareas que tenía pendientes ya estaban acabadas. Fue entonces cuando reaccioné y salí corriendo a la calle, a ver si me veía, pero no pude encontrarme por más que recorrí los lugares por donde suelo pasar. Hoy aún me queda la sensación de no saber dónde estoy.
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Jordi Cebrián
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29 abril, 2002
El juego
Todos participaban en el juego. En el ascensor, en el trabajo, unos se miraban a los otros para ver de que color llevaban el distintivo, para saber de que bando eran. En las aglomeraciones , en el metro, la gente procuraba juntarse con los suyos, para evitar que el equipo contrario pudiera anotar puntos aprovechando un descuido o la simple superioridad numérica. Mientras duraba el juego, siempre se salía en grupo, ya fuera para ir protegido a cualquier parte, o porque se buscara hacer puntos, buscando a algún incauto del color contrario y que fuera sólo, indefenso, y de noche.
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Jordi Cebrián
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26 abril, 2002
Buscadores
Lo malo que tienen los buscadores en Internet, es que en ocasiones los resultados son desconcertantes. Me contaron de alguien que, buscando referencias a culturas bizantinas, encontró por error que su vida carecía de sentido y abandonó el trabajo y los amigos. Tened por seguro que existen combinaciones de palabras, secretas e innombrables, que hacen que google te cuente como será tu muerte, o si el momento más feliz de tu vida ya ha pasado. Y hoy he dado sin querer con la secuencia única de palabras que me ha devuelto un enlace donde he encontrado este cuento ya escrito.
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Jordi Cebrián
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25 abril, 2002
El médico rural
En la aldea donde viví de pequeño, Don Anselmo, el doctor, atendía a todo el mundo. Tenía un talento especial para tratar enfermedades. En el pueblo le querían, porque era bueno y amable. Les curaba y les cuidaba bien, y nunca cobraba por sus visitas, ya fuera para tratar una pierna rota o curar una pulmonía. Sólo pedía siempre algo de sangre del paciente. Para investigar, y hacer avanzar la ciencia, les decía sonriente, mientras sacaba de su maletín su instrumental. Ayer vi de nuevo a Don Anselmo por la calle, y no me sorprendió observar que no había cambiado.
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Jordi Cebrián
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23 abril, 2002
En otro lugar igual
Tras ducharse y abrir la cortina para salir, se dio cuenta de inmediato de que ya no estaba en su casa. Aquel seguía siendo su cuarto de baño, y las voces de su mujer y los niños eran las de siempre. Pero una sensación muy íntima de descolocación le invadió completamente. Volvió a meterse en la ducha y dejó correr el agua. Al cabo de unos minutos, con miedo, abrió la cortina deseando que, esta vez, todo estuviera bien, pero no era así. Salió, se vistió, besó a su mujer y a los niños, y se resignó a vivir allí.
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Jordi Cebrián
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El caballero y el dragón
El dragón reposaba al fondo de la cueva. Acurrucada junto a él, la princesa apoyaba la cabeza sobre su cola. Los cascos de un caballo acercándose hicieron que el ancestral reptil levantara la cabeza. El dragón suspiró, y la princesa le miró amable. Todos los años lo mismo. El caballero, a la entrada de la cueva, resplandecía en su armadura nueva, la temible lanza bien sujeta a su lado. Como cada año, le achicharraría un poco y el pobre chaval volvería al pueblo con alguna mujer de vida alegre, mostraría las quemaduras, y explicaría que había rescatado a una princesa.
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Jordi Cebrián
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22 abril, 2002
La llegada del ogro
El ogro llegó en el momento oportuno, cuando el pueblo se volvía gris por falta de historias nuevas. Desconocían su origen, pero todos le esperaban cada año. Sentado con ellos, alrededor del fuego, sus silencios estaban cargados de relatos y noticias remotísimas: la caída de una lejana ciudad en manos de tropas reales, el invierno inacabable en las fronteras, las crecientes cacerías contra seres oscuros. Los niños, ávidos de explicaciones, pedían al ogro una palabra. Él les hablaba de su jardín, y de como lo ocultaba de soldados y dragones. Y esa noche el pueblo volvía a llenarse de color.
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Jordi Cebrián
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19 abril, 2002
Dudas
El anciano se cuestionaba muchas veces sobre su estúpida manía de crear cada día un cuento de cien palabras. Si algo le entristecía, si las noticias de aquella noche eran especialmente deprimentes, pensaba en lo absurdo de escribir frivolidades mientras el mundo explota. Otros días de sonrisas y sol, días alegres y cronopios, se reprochaba entonces por escribir cosas oscuras, cuando todo era azul y cielo y aire. Y, en cualquier caso, dudaba del absurdo mismo de crear mentiras y metáforas, de condensar historias que pocos leerán. Afortunadamente, en ese punto de la reflexión, el cuento ya solía estar escrito.
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Jordi Cebrián
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18 abril, 2002
Amor virtual
La creó, virtual y perfecta, a medida de sus deseos. Encerrada tras el cristal del monitor, le observaba con sus grandes ojos claros, su pelo rubio ondeando con suavidad por una brisa inexistente. Su piel de textura perfecta y su mirada cómplice, eran sólo cálculos y pulsos eléctricos, así como sus sonrisas y sus guiños. Pero él hablaba y ella respondía, y sus palabras le daban siempre consuelo y ayuda. En ocasiones se miraban con ternura, y luego reían y seguían charlando. Cuando debía apagar el ordenador, su corazón se llenaba de pena y el de ella de frío electrónico.
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Jordi Cebrián
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16 abril, 2002
El nuevo cargo
Tras muchos años de investigaciones clínicas sobre el tema, la nombraron Directora General de Sueños y Pesadillas. Sintió entonces una mezcla de orgullo y miedo ante sus nuevas responsabilidades. Tendría que dar explicaciones a ciudadanos que llaman quejándose de lo mucho que se repiten sus sueños o de que sus pesadillas son demasiado explícitas. Por si esto fuera poco, con la nueva Ley Nacional de Protección de Datos, debería tomar mil precauciones para que nadie viviera en sueños los deseos prohibidos de un tercero. Sin embargo, pese a las preocupaciones, esa noche soñó placidamente lo que le vino en gana.
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Jordi Cebrián
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15 abril, 2002
Mi papá
Mi papá me enseñó a usar los cuchillos y me dijo que tuviera cuidado de no hacerme daño cuando cortara la carne porque mi papá dice que con los cuchillos no se juega y que siempre hay que vigilar y yo vigilo aunque a veces también me gusta jugar y es verdad que una vez me hice daño y mi papá me dijo idiota eres un idiota aunque lo había hecho sin querer y no por ser idiota pero el me gritaba igual y por eso me puse nervioso con el cuchillo y ya no gritaba y pude seguir jugando.
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Jordi Cebrián
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12 abril, 2002
Falta de imaginación
Su campo mental era tan limitado, sus perspectivas tan estrechas, que sólo se atrevía a escribir sobre cosas que conociera de primera mano, que él mismo hubiera vivido. Por eso sus historias, lejos de inventar mundos irreales, se centraban principalmente en robos, asesinatos, engaños y traiciones. Aventuras en lugares remotos, bellas mujeres, lujo desbocado. Su falta de imaginación le impedía escribir historias inventadas, donde el protagonista se aburriera en la viscosidad gris de la rutina cotidiana, desgranando sus quehaceres diarios, su camino a la oficina y su regreso a casa, a una existencia ficticia de calor junto a la chimenea.
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11 abril, 2002
Seguridad
Le obsesiona la seguridad: hizo cambiar puertas y ventanas de su casa, la llenó de rejas, y rodeó su patio con altísimas vallas y alambre de espinas. Compró perros de presa, hizo instalar alarmas, y dotó su vivienda de sensores, trampas y cámaras espía. Por las noches, en el salón, intenta leer, pero necesita controlar en los monitores que todo sigue bien. En ocasiones tiene el sentimiento vago de que el peligro habita ya en la casa, y registra entonces armarios y alcobas. Con el revolver en la mano, vigilando ante la puerta, ahoga en alcohol las ganas de suicidarse.
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Jordi Cebrián
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El jardín
Su mujer ya no está con él, y por eso se refugia de la tristeza trabajando en el jardín trasero de su casa, que antes siempre había descuidado y que está lleno de matojos y malas hierbas. Planta césped, limoneros, y flores cuyo nombre desconoce. Pasa todo momento libre en el jardín, regando, podando y trasplantando. Y sin poder dejar de pensar en ella. Pese al esfuerzo y al trabajo de remover y cavar, ni el sueño ni la vigilia le permiten olvidar su rostro, su mirada, sus burlas y desprecio, recuerdos hirientes que no pueden enterrarse en el jardín.
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09 abril, 2002
Nada por descontado
Pensábamos que nos habían dejado sólos, que podíamos salir por las tardes a pasear de nuevo por los jardines de ayer. Creíamos, tal vez, que por ver otra vez las flores en las calles habíamos de sentirnos libres. Pero ayer soltaron otra vez a los perros, y vuelven a ordenarnos la sonrisa y los cantos. En poco tiempo nuestros amigos negarán la luz de ayer, y colgarán retratos en sus casas, y volverán a creer en himnos, patrias y banderas. Y cuando nos besemos en la calle, lo haremos mirando de reojo, y también en lo prohibido sabremos encontrar placer.
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08 abril, 2002
Cerebro digital
Tras pensar mucho, di con un metodo eficaz para traspasar la información de mi cerebro a formato digital; no sólo la memoria, sino también mis deseos, motivaciones, miedos y modelos de razonamiento. Así pues, me enchufé unos electrodos y traspasé la información al disco duro de mi ordenador. De inmediato sentí un extraño desdoblamiento de personalidad, y un mareo sólo explicable por la rotación del disco duro. Antes de tener tiempo de hacer una copia de seguridad de mi mismo, se coló un virus en mi ordenador, y ahora yo, cada viernes 13, olvido todo lo aprendido hasta la fecha.
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Jordi Cebrián
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Tareas comunitarias
En la última asamblea de la escalera de vecinos, me tocó hacerme cargo de los calabozos de la comunidad. Llevaba poco en el piso, así que el presidente me acompañó y se ofreció a explicármelo. Se llegaba a través de una puerta metálica, tras recorrer un breve pasillo. El olor era desagradable y el presidente me explicó que llevaba unos días sin pasarse la manguera. Lo hice en cuanto se fue, y repartí la comida, ya fría, que había preparado la del tercero. Parecían resignados, excepto una chica que lloraba. Cuando acabé, les dije buenas noches y cerré la luz.
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05 abril, 2002
Privacidad
Fui a ver al director del banco para pedir una hipoteca. Mientras hablábamos le llamaron y tuvo que salir un momento, así que aproveché para echar un vistazo a su ordenador. Allí tenía todos mi datos: mi sueldo, mis compras con tarjeta, el estado de mis cuentas... Constaba allí también una descripción de cómo eran mis relaciones con mi mujer, con mis padres, con mi jefe... Pude leer en mi ficha los nombres de las novias que tuve y una lista de mis anhelos frustrados. Decidí rebelarme contra aquello, y cambié los datos de mi estatura para parecer más alto.
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03 abril, 2002
El cable amarillo
Aquella tarde estaba viendo el futbol, tan tranquilo, en el salón de su casa, cuando se percató de un cable amarillo que pasaba bajo el mueble de la tele. Se agachó para verlo de cerca: no era del televisor. Siguió el cable por el piso, vió que salía por una ventana hacia el patio de luces. Subió al tejado, y lo fue siguiendo, de terraza en terraza. Tras un gran recorrido, el cable descendía por la fachada. Se atrevió a bajar, agarrado a una tubería. Entró por una ventana, siguiendo el cable amarillo, y se encontró de nuevo en casa.
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30 marzo, 2002
El parque del laberinto
El parque, en primavera, es una explosión de flores y vida. Llevo años cuidando los jardines, y aun me embriaga este olor. Los domingos como hoy, todo se llena de gente: parejas de enamorados, familias con niños, abuelos paseando su aburrimiento. Muchos entran al laberinto central, un ovillo enmarañado de setos formando pasillos, intersecciones y caminos cortados, desde donde resuenan siempre risas y gritos. Yo, además de cuidar las flores, regar parterres y limpiarlo todo, soy el encargado también de buscar a quienes se pierden dentro, y siempre acabo encontrándoles, aun cuando ya lleven días y no puedan salir solos.
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28 marzo, 2002
Fin de los viejos dioses
Cuando las iglesias en ruinas aún humeen, y los antiguos dioses yazcan apaleados en callejones sucios, no faltarán quienes ya quieran alzar altares nuevos y ofrecer otra vez en sacrificio placeres y energías. Serán otras voces, otras liturgias. Y habrá quienes escriban canciones que abran el corazón y nublen la mente, y quienes coreen, y quienes sepan explicar los nuevos mitos y nos los sepan vender como reales. Volverán entonces los mártires, es cierto, pero también regresarán esperanzas y milagros, y el caos lo será menos, y no estaremos solos cuando la noche caiga y el viento helado amenace peligros.
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La tuerca
Encontró la tuerca en el suelo, durante la revisión rutinaria. La examinó sin reconocer el modelo, y buscó infructuosamente de donde podía haber caído. Mostró la tuerca a sus compañeros, que andaban enfrascados revisando juntas y apretando válvulas, pero no le prestaron atención, y le sugirieron cosas que podía hacer con ella. Obstinado, fue a ver al supervisor, persona metódica y responsable, que consultó en el ordenador central la función de la pieza. Por desgracia, la consulta centralizada estaba desactivada por mantenimiento. Mientras esperaban volver a conectarse, empezaron a oírse ruidos metálicos por todo el complejo, que empezaba a desplomarse.
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26 marzo, 2002
Pesadillas
Yo nunca había tenido problemas de sueño. Todo empezó cuando no quise dar dinero a la rumana que me limpió el parabrisas en un semáforo. Mientras me alejaba, me grito algo que no entendí, pero que adiviné lleno de rabia. Esa noche, y cada noche después de aquella, mis sueños se llenaron de serpientes y seres deformes. Un mes después volví al semáforo, seguro de no encontrarla, pero estaba allí. Dejé que limpiara el parabrisas y le di dos monedas. Me sonrió, asintiendo con comprensión. Luego le di dos más y le susurré al oído el nombre de una persona.
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25 marzo, 2002
Misterio en la biblioteca
Está en algunas páginas de algunos libros de la biblioteca, siempre en el extremo superior derecho, un pequeño bichito caligrafiado en tinta verde. Y en la misma página, una sola palabra subrayada. La bibliotecaria que lo descubrió halló que el signo estaba incluso en volúmenes antiquísimos, nunca prestados. Desde entonces, recorre metódicamente estanterías sin fin, recopila las palabras en una lista que no deja de crecer, y las combina creando ilusiones y esperanzas. Como sabe que su trabajo está condenado a ser incompleto, cuando necesita una palabra, la subraya en un libro y dibuja con su pluma un bichito verde.
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22 marzo, 2002
Conspiración
La conspiración lo abarcaba todo, y él conocía cada ramificación, cada influencia. Le llevó meses de investigación por Internet descubrir todas las conexiones y las sutiles redes de control que la conspiración tendía en cada centro de poder. No había decisión que se tomara, ya fuera en la Casa Blanca o en el Gremio de Taxistas, que no respondiera a un motivo oculto, a un propósito último conocido por muy pocos. Le faltaba sólo una pieza para completar el rompecabezas: la persona que manejaba todos los hilos. Hasta que un día, revolviendo los cajones de su mujer, halló la respuesta.
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Jordi Cebrián
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21 marzo, 2002
El criptólogo
Aquel texto cifrado se le resiste. Es experto en criptografía, lingüística y estructuralismo. Ha reventado más claves secretas de las que puede recordar, y sabe combinar intuición y tecnología informática. Pero, tras años de trabajo infructuoso, aquél código se revela más duro que ningún otro. Mentiras que son verdades y certezas vestidas de engaño; metáforas de metáforas; numerología... Todo se combina así para confundir y marear. En ocasiones piensa con temor que tal vez allí no haya nada, pero rechaza la idea de inmediato, y sigue analizando el largo texto: "...el ángel de Yahvé llamó desde lo alto a Abraham..."
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Jordi Cebrián
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